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Full text of "Juan Zorrilla De San Martin Tabare"

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TABARÉ 



0 

Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social 

BIBLIOTECA ARTIGAS 
Are 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 



COMISION EDITORA 



Renán RodrIguez 
Ministro de Instrucción Publica 

Juan E. Pivel Devoto 
Director del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C. Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colbcción de Clasicos Uruguayos 
VoL 18 

Juan Zorrilla de San Martín 
TABARÉ 

Preparación del texto a cargo de 
Angel rama y Antonio Praderio 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



TABARÉ 



ft tn wtqttttattbvs eonceptus svm; 
*t tn peccatis concepit me matf mea". 

EL REY PROFETA. 



Prólogo de 
ALBERTO ZUM FELDE 



MONTEVIDEO 

19 5 6 



PRÓLOGO 



Aun cuando "Tabaré" sea la obra más representa- 
tiva de la poesía épica hispanoamericana, de tema indí- 
gena, escrita dentro del ciclo romántico (si bien en sus 
postrimerías), y por tanto aquella cuya fama ha so- 
brevivido a su época, entre las muchas más o menos 
frustráneas de sus congéneres, es evidente que no 
puede ser ju2gada, a esta altura del siglo, sino en su 
perspectiva de relatividad histórica. Vale decir, que es 
necesario considerarla en gran parte, como expresión 
del gusto literario de una época, así en lo que atañe 
a su concepción como a su estilo; y en cuanto signo 
del estado de alma dominante en su tiempo, que tal 
es, siempre, en el fondo, toda gran modalidad esté- 
tica universal. Pues así como se dan entre tales ex- 
presiones literarias de época, aquéllas, la mayoría, 
que no pueden vivir sino en su propio clima psico- 
lógico, temporal, siendo sólo materia histórica fuera 
de él, se dan también las que perduran, ya por sus 
virtudes intrínsecas intemporales, ya como formas tí- 
picamente representativas de una tradición, por haber 
alcanzado un grado de acendramiento mayor en su 
propio estilo, (sin llegar, empero, a la categoría de 
lo genial, que está fuera y por encima de toda con- 
dición). Tal sería el caso de "Tabaré". 



[VII} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



El criterio de relatividad en el juicio póstumo de 
valor, es tanto más imprescindible tratándose de obra 
de esencia lírica — aun cuando sea épica su materia — 
como ocurre en el poema de Zorrilla de San Martín, 
ya que es en lo lírico donde aquel módulo subjetivo 
de época, que determina el gusto estético* se ejerce 
en modo más directo y por sí. En efecto, dos móviles 
inspiran la creación de este poema: objetivo, histó- 
rico, el uno; lírico, elegiaco, el otro. Por una parte, 
la representación poemática de la conquista del te- 
rritorio indígena por los españoles, el choque del al- 
ma primitiva, selvática, de la raza aborigen, con la 
civilización cristiana de los adelantazgos; por otra 
parte, un canto elegiaco por el destino de aquellas 
tribus oscuras, desaparecidas, entonces dueñas de sus 
comarcas, de "aquella raza que pasó desnuda y erran- 
te por mi tierra" de aquel "pueblo sin redención y 
sin historia, — sin tumbas y sin lágrimas". De ahí 
el doble carácter épico-lírico del poema; de ahí que, 
si en su argumento se formaliza la primera de esas 
finalidades, la segunda prevalezca en su tono. 

Ya su primer crítico importante, don Juan Va- 
lera, en aquellas sus célebres "Cartas Americanas", 
había observado esta doble naturaleza del poema, 
atribuyéndole, por tal, mérito de originalidad. "Lo 
nuevo en Zorrilla de San Martín — decía — es que, 
con ser su "Tabaré" una narración, en parte de ella, 
en la primera parte sobre todo, narra y casi no narra. 
Parece el poema, bella serie de poesías líricas, en las 
cuales la acción se va desenvolviendo". La novedad 
que en ella encuentra el crítico español de la época, 
esa fusión de ambas categorías, intrínsecas y forma- 
les, se refiere a aquello que, en "Tabaré", se aparta 
de la secular tradición retórica del Clasicismo rena- 



CVIII] 



TABARÉ 



centista, por cuya severa norma de objetividad el 
poeta épico mantiene la actitud de un demiurgo 
creador. Comprobemos que, eru efecto, rieoda^clla- _ 
cierto con respecto a la historia de la literatura, con- 
fiere al poema de Zorrilla una innegable originalidad 
genérica, la que es título más al interés en la esti- 
mativa de la posteridad, asignándole lugar propio en 
el cuadro de la fenomenología literaria de América. 
Y ello, sin apartarnos del romanticismo y cuanto, de 
común, tiene, en otros aspectos, con tal modalidad 
de época en estos países. 

Pero, no ha de olvidarse que esa característica 
procede, en cierto modo, de la fuente de Ossian. Per- 
cíbese claramente en "Tabaré" el influjo estético de 
aquella épica brumosa, impregnada de lirismo, que 
trajo al mundo el supuesto bardo celta, la sugestión 
de cuyos "Poemas" fuera tan poderosa en la iniciación 
del movimiento romántico europeo. Zorrilla de San 
Martín amaba a Ossian — vivo aún el culto de su 
genial impostura — y estaba profundamente empa- 
pado de Su grandeza melancólica; tanto que, a tiem- 
po mismo de concebir "Tabaré", vertía al verso cas- 
tellano fragmentos de aquella ficción nórdica, inser- 
tos luego en la "Revista de la Academia Literaria del 
Uruguay", publicación del centro católico así nom- 
brado, que apareció de 1890 a 1892. 

• 

La posición de "Tabaré" dentro de la historio- 
logia literaria americana es de espécimen. Varias fue- 
ron las tentativas emprendidas en la región del Plata, 
durante el siglo XIX, para dar vida literaria inmortal 



JUAN ZORRILLA DE SAN MAJtTÍN 



al tema autóctono. El movimiento romántico traía 
en sí mismo, desde íu propio origen — y aun puede 
Herirse que tai era su ra2Ón de ser, en el sentido 
histórico — la tendencia imperativa hacia el tema de 
carácter y tradición nacionales, apartándose de la mo- 
tivación mítica greco-romana, tanto como del canon 
formal del gusto académico. Puesto que la "revolu- 
ción romántica" — que Mme. de Stael se trajo "de 
I'Allemagne", en sus valijas — fue, en verdad, un 
movimiento de emancipación del genio nacional de 
cada pueblo, con respecto a la uniformidad retórica 
del modelo latino, los románticos hispano-america- 
nos, movidos por tal principio, se esforzaron, ante 
todo y desde el comienzo, por realizar la épica ame- 
ricana, inspirándose en la naturaleza y la historia del 
Continente. 

Así, Esteban Echeverría, iniciador del movimien- 
to en el Plata, da también ejemplo inicial, escribien- 
do "La Cautiva", "Insurrección del Sur", "Avella- 
neda" y otros ensayos de épica nativa. La pauta es 
seguida de inmediato, en el Uruguay, por Adolfo 
Berro y por Juan Carlos Gómez, de la generación 
más joven de la época, que a Echeverría tenía por 
caudillo, con sus breves ensayos poemáticos "Liro- 
peya" y "Figueredo". Poco más tarde, Magariños Cer- 
vantes intenta otra vez en "Celiar", fijar en la inmor- 
talidad del bronce épico — aere perennis — la erran- 
te sombra del genio americano. 

Pero ninguno de esos y de otros generosos em- 
peños — citamos sólo los principales — alcanzó la 
meta literaria a que aspiraban. Gauchos e indios son 
puestos en escena; pinturas de la pampa, de los An- 
des, del Plata, de los bosques, fingen las bambalinas 
de la acción. Pero así estas descripciones de la natu- 

IX} 



TABARÉ 



raleza como las figuraciones de aquellos tipos nativos, 
se resienten de igual falsedad literaria. No son sino 
adaptaciones de los modelos traimriá miiub, y se 
mitan a vestir con las plumas del indio o el chiripá 
del gaucho a los héroes del poema y la novela euro- 
peos. Puede decirse que, fuera de algunas exteriori- 
dades pintorescas: nombres, usos, costumbres, nada 
hay de sustancialmente americano en esa literatura. 
Tratamos ahora de la épica; pero conviene recordar 
que lo mismo, o peor, ocurre en la lírica. Los "Can- 
tos del Peregrino", de Mármol — que, con "Los Con- 
suelos" de Echeverría, asumen la máxima represen- 
tación del alma romántica de aquel período en el 
Plata — no son más que un reflejo, muy pálido, de 
Lamartine o del "Childe Harold", el de las peregri- 
naciones, precisamente. Al igual del noble proscripto 
argentino, el uruguayo Juan Carlos Gómez navega, 
en su lírica proscripción voluntaria, por el mar deso- 
lado y proceloso de las reminiscencias byronianas. A 
tal déficit, es preciso sumar la flojedad del lenguaje 
poético, mortalmente enfermo de trivialidad y de 
ripio, cuya culminación infeliz hállase en los vetsos 
de Magarifios Cervantes. 

El americanismo literario de la promoción ro- 
mántica que llena de sus voces el agitado correr del 
siglo XIX, fue sólo una entusiasta profesión de fe, 
contenida toda en los manifiestos y los prefacios. Se 
frustró en la obra de creación, porque faltó a aque- 
llos varones, de generoso aliento cívico, ese soplo de 
talento intuitivo que inspiró las páginas del "Facun- 
do" — su excepción — , del "Martín Fierro", de "Is- 
mael", a los que es preciso llegar -si se quiere en- 
contrar la genuinidad de lo americano platense. Pero 
Sarmiento, Hernández, Acevedo Díaz, operaron con el 



[xn 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



barro vivo de la realidad que tenían a mano: el 
gaucho, el caudillo, la pampa, los montes, entonces 
- -^todavfaen la plenitud de su imperio autóctono, muy 
luego transformado. Zorrilla de San Martín, en cam- 
bio, tuvo que operar con una realidad ya muy lejana, 
ya muerta en el tiempo e imaginativamente recons- 
truida, por lo que su labor se presentaba más difícil 
y peligrosa. Su peligro mayor era caer en la misma 
falsedad literaria de sus antecesores, transportando al 
escenario indígena del siglo XVI los personajes de 
Chateaubriand o de Hugo. Y peor aún, como ocurrió 
con más frecuencia, moviendo indios de ópera ita- 
liana, en un escenario de cartón. Haber logrado sal- 
var ese mortal escollo literario en el que habían ñau* 
fragado todos, hasta entonces, es su gran mérito. No 
es que su poema esté enteramente libre de esos de- 
fectos; pero lo genuino supera en él a lo falso y lo 
relega. 

■ la 1 rrfrica* española, por la autoridad del ya ci- 
tado don Juan Valera, consagraba a "Tabaré", en 
los días mismos de su aparición, hacia 1890, diciendo 
en rotundo juicio: "Prescindiendo de novelas como 
las de Cooper y descripciones en prosa, en libros cien- 
tíficos y en relatos de viaje, yo creía que, en poesía 
versificada, concisa por fuerza y en que no caben 
menudencias analíticas, los brasileños tenían hasta 
ahora la primacía en sentir y expresar la hermosura 
y la grandeza de las escenas naturales del Nuevo 
Mundo. Leído "Tabaré", me parece que Tuan Zo- 
rrilla de San Martín compite con ellos y los vence". 

Algunos años van transcurridos desde que el 
castizo ingenio español que tan preferente atención 
dedicara a las letras sudamericanas en su tiempo, es- 
cribió ese juicio consagratorio, que fue casi unáni- 



íxn] 



TABARÉ 



memente compartido durante un cuarto de siglo por 
toda la opinión culta del mundo de habla jrastellana, 
citándose el poema del Zorrilla uruguayo cómo la 
producción magistral en su género. Posteriormente, 
el imperio de nuevos criterios literarios, más alejados 
de la atmósfera romántica del XIX (en América), 
han tendido a reconocer primacía — en cuanto^o»- 



ginalidad y vigor del tema amerieancrse refiere — a 
obras como las ya citadas, un tanto invaloradas to- 
davía en los días en que Valera pontificaba; y más 
acordes con los gustos estéticos del siglo, que se han 
ido distanciando de la manera de "Tabaré". 

Pero los gustos y las escuelas cambian; y es 
deber de la crítica esforzarse en superar el plano de 
esas limitaciones temporales, para poder estimar, en 
su medida, aquello que, en las obras, baya de validez 
permanente, es decir, de "clásico". Es lo que inten- 
tamos en estos escolios. 



El mestizo Tabaré, que da nombre al poema, es 
una total ficción del autor; no pertenece ni a la his- 
toria ni a la leyenda. La finalidad del poeta, al con- 
cebirlo, fue encarnar y simbolizar en él, el choque y 
fusión de las dos razas, de las dos almas, la salvaje 
y la cristiana. Tal símbolo, a la par que concilia en 
el sentimiento patrio su doble culto por el pueblo 
aborigen y por la cultura hispana, representa el sen- 
timiento histórico de la fusión de ambos elementos 
en el perfil genealógico de la Conquista. Y como la 
tradición no le daba al autor personaje alguno repre- 
sentativo del tal concepto r tuvo que inventarlo, crean- 




• 



* 



# 



íxnn 



JUAN ZORRILLA DB SAN MARTÍN 



dolo a la manera como el novelista crea sus perso- 
najes, pocxnducción imaginativa y en virtud del pa- 
radígma caracterológico .que ha concebido. Con ello, 
es evidente que el autor se aparta de las normas clá- 
sicas del género; pues la poesía épica, epopéyica, tie- 
_ ne siempre como protagonistas al héroe histórico o 
legendario. — de vida popular — , moviéndose la 
máquina de IaPficdoft en torno a él. Al revés de 
ello, y más de acuerdo con el procedimiento de la 
novela histórica, Zorrilla de San Martín invierte los 
términos: crea su personaje concreto por abstracción 
imaginativa y en torno a él mueve la realidad his- . 
tórica. 

Hay, sin embargo, una diferencia grande entre 
la entidad del personaje representativo creado por el 
novelista y la del protagonista del poema que comen- 
tamos. El novelista tiene siempre, como base íeal de 
su creación imaginaria, los datos concretos aportados, 
ya por la observación directa, ya por la documenta- 
ción 1 histórica, el testimonio de la época. En el mes- 
tizo Tabaré no se da tal fundamento de caracteres, 
pues no existe testimonio ni tradición de un tipo de 
mestizo tal como lo presenta el poeta. Tabaré es, pues, 
íntegramente, un producto imaginativo del autor, que 
ha operado sólo con ideas, con inducciones, y en vir- 
tud de la concepción poético-histórica que es su en- 
telequia. 

Dadas las circunstancias y la anécdota imagina- 
das por el autor — y, en especial, esa reminiscencia 
de su llorosa madre blanca, y de su infancia arru- 
llada por oraciones, flotando en su subconsciente — 
Tabaré es, empero, un personaje verosímil; y esta 
verosimilitud de caracteres salva, en cierto modo, la 
ausencia de aquella verdadera entidad histórica pro- 



[XIV] 



TABARÉ 



cédeme de la tradición en que se basa la poesía épi- 
ca. Pues conviene señalar, además, qug_la acción 
misma del poema, la anécdota central, no es tampoco 
hija de la tradición o de la historia, sino, también, 
puramente imaginaria y concebida por el autor para 
la realización de su designio. El procedimiento no- 
velístico sigue rigiendo. Pero también de_ella~-€ftbc— 
decir que ese rapto de la mu}er-bten£a por el caci- 
que indígena y el nacimiento del mestizo Tabaré, 
híbrido de sus sangres, pudo haber ocurrido, puesto 
que se sabe que ocurrieron casos semejantes en los 
asaltos que los indígenas llevaban a los fortines y 
poblaciones de los españoles, en los primeros años 
de la Conquista. Sólo podría objetarse, tal vez, (por 
menos verosímil) esa presencia y abandono de Mag- 
dalena en la playa, al huir la hueste española derro- 
tada por el ataque indígena. Lo mismo cabe decir del 
segundo y tercer raptos, el de Blanca por Yamandú 
y por Tabaré, aun cuando en éste ya interviene el 
elemento fantasioso puro, como es la actitud senti- 
mental del mesti20 hacia la mujer hispana, en virtud 
de las características biográfico-psicológicas de que 
el autor ha dotado al protagonista. 

Cierto es que la carencia misma de tradición 
épica, en lo que se refiere a ese período de la histo- 
ria uruguaya, obligaba al poeta a inventar su per- 
sonaje y su argumento. Del pasado indígena y de las 
luchas del aborigen con el conquistador, ninguna le- 
yenda quedaba en la tradición popular ni en las pá- 
ginas de los cronistas que no fuese de carácter pura- 
mente militar, exceptuando el episodio de liropeya, 
que narra el Arcediano Barco Centenera en su pe- 
sado cronicón en verso, y que ya había dado tema 
al breve ensayo poemático de Adolfo Berro, en 1838. 



[XV] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Pero el episodio heroico-amoroso de Liropeya no ser- 
yía^al intento de Zorrilla de San Martín; no porque 
en sí y en torno de él no hubieran todos los elemen- 
tos necesarios para dar forma al poema hispano-in- 
dígena, sino porque la idea poemática del autor re- 
quería un personaje que uniera en su alma comradic- 
TOria-y^ttormentada de mestizo los caracteres de ambas 
razas. 

En la realidad histórica, el fenómeno del mes- 
tizaje, en lo que respecta al Uruguay, no da los ca- 
racteres de que Zorrüia dota a su personaje epónímo. 
Pero hay que tener en cuenta que Tabaré es sólo un 
símbolo poético y no una realidad histórica. Tabaré, 
híbrido de ojos azules y de cuerpo de bronce, extraña 
sombra de pelo hirsuto y de corazón blando, es, en 
verdad, un héroe típico de la literatura romántica, 
digno hermano de la progenie similar europea. En su 
alma oscura — imimula vagula — se confunden la 
primitividad salvaje de su tribu y la sentimentalidad 
caballeresca de los héroes cristianos. Eso fue, precisa- 
mente, lo que quiso hacer el autor, aunque en la rea- 
lidad no se haya dado el caso. Los mestizos indo- 
hispanos que conoce la historia, o la tradición re- 
cuerda, fueron rudos gauchos de nuestras guerras y 
de nuestras faenas de estancia, cuando no matreros 
o milicos. Pero la concepción cristiano-romántica del 
poema requería ese personaje esencialmente lírico. 

Tabaré ama a Blanca, la doncella española, con 
ese amor puro, hecho de casta adoración y de sublime 
sacrificio, que es rasgo característico en la literatura 
romántica. Podría observarse que el' autor incurre en 
cierto anacronismo, puesto que dá í un mestizo del 
siglo XVI rasgos característicos del estado de alma 
europeo de trá siglos más tarde, de aqiíél en que el 



{XVI} 



TABARÉ 



autor concibe y escribe el poema, dotando al perso- 
naje creado de su propia sentimentalidad. Sin embar- 
go, y aun reconociendo que lo predominante en la 
concepción de esta figura es su valor simbólico y 
que, por tanto, él representa una verdad poética más 
que una verdad estrictamente histórica, advertiría- 
se que, a la luz de la más avanzada ciencia psico- 
analítica de nuestros días, la casta pasión del mestÍ2o 
por la doncella española puede tener su entera expli- 
cación en aquella profunda reminiscencia de in- 
fancia; "era así como tu la madre mía...". El 
autor sólo quiso encarnar en la individualidad flo- 
tante y un tanto fantasmal de su protagonista el 
conflicto de las dos razas, de las dos almas, pugnando 
dentro del ente fronterizo y errabundo; pero, acaso 
su intuición poética llegó a crear un ente de verdad, 
en el campo ideal de la alegoría. 

• 

Como en todo poema épico por su argumento, 
distínguense en "Tabaré" dos planos de realización: 
el de primer término, en que interviene el protago- 
nista, y configura el argumento propiamente dicho; 
y el otro,, el ambiental, con su descripción de cuadros 
naturales o históricos y sus episodios complementa- 
rios, en los que el* protagonista no interviene. Es pre- 
cisamente en este segundo plano donde el poema de 
Zorrilla acusa una más decidida e incontestable su- 
perioridad literaria sobre todos sus congéneres, por 
la autenticidad del carácter. Todos los elementos que 
en él aparecen — paisajes, figuras, escenas — trasun- 
tan, de modo fiel, la realidad de* la historia y del 



[XVII] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



ambiente, y constituirían por sí solos el verdadero 
poema de la doble conquista del territorio indígena 
por los guerreros y por los frailes españoles; más por 
los segundos que por los primeros, ya que, de los 
hechos^ surge que el sometimiento de estos indios 
— los del Uruguay — y la fundación de las primeras 
poblaciones, fueron obra, más que de la bravura de 
las armas, de la dubura catequística de los misione- 
ros. 

Claro está que esta comprobación no reza con 
los charrúas,- la más belicosa e irreductible de las 
tribus que poblaban este territorio, y a la que, preci- 
samente, se refiere el poema de Zorrilla, por haber 
sido, también, la de más fuerte carácter, la de per- 
sonalidad más acusada dentro de su oscuro salvajis- 
mo. La vida original de esta extraña raza aborigen, 
en el escenario selvático y desierto, con sus sombrías 
supersticiones mágicas acerca del mundo y de la muer- 
te, con sus feroces y lúgubres ceremonias guerreras 
y funerarias, está dada, en 'Tabaré", en su genuinidad, 
y por primera vez en la literatura americana. La otra 
vez, y la última, en que se da lo indio auténtico, 
es en "Martín Fierro". Pero entre el salvajismo 
crudo de los indios que aparecen en el poema 
magistral de la Pampa y los que figuran en éste, 
el de los montes uruguayos, media la diferencia 
de tonalidad que va del realismo del uno al romanti- 
cismo del otro. Es de advertir, sin embargo, que el 
romanticismo poético no resta, en esta parte del poe- 
ma de Zorrilla, ningún valor sustantivo a la verdad 
del carácter; sólo lo envuelve en una atmósfera de 
sueño. 

La pintura de la naturaleza — completando aque- 
llo de "la hermosura y grandeza de las escenas na- 



[XVIII] 



TABARÉ 



rurales del Nuevo Mundo" — , con sus montes vírge- 
nes, sus riberas silenciosas, sus desiertas colinas, su 
flora y su fauna indígenas, pintura a la que se mezcla, 
para darle más típico y original colorido, multitud de 
voces de la lengua gutural charrúa — discreta y opor- 
tunamente empleada — es, en verdad, la más verí- 
dica de la poesía americana de aquel período, en su 
doble veracidad: objetiva y poética. El autor logra 
hacernos respirar aquel aroma virginal y áspero de 
la tierra que "aún vivía su salvaje primavera", y 
guardaba su primitivo soplo anímico, aquella "son- 
risa de Dios de que nacieron", como dice en su verso. 

La descripción del asalto al villorrio español por 
los charrúas, cuya horda mandan sus famosos caci- 
ques; los salvajes funerales del jefe muerto en la 
pelea, entre ho*gueras y alaridos; la aparición de Ya- 
mandú, el brujo, saliendo de la espesura, y su procla- 
mación como nuevo jefe de la tribu; el rapto de 
Blanca, la española, por Yamandú, durante el entre- 
vero y la matanza, y el furor vengativo del capitán 
Gonzalo; estos y otros episodios de vigoroso relieve 
que forman ese segundo plano de la acción, compo- 
nen el verdadero cuadro épico del poema. La vida 
de la raza indígena está en ellos; está, asimismo, 
en ellos, el carácter de la raza conquistadora. 

Para la realización de toda esta parte del poe- 
ma, Zorrilla se documentó concienzudamente acerca 
de los caracteres, costumbres, lenguaje, y demás for- 
mas, así de los hispanos como de los indígenas; sobre 
todo de estos últimos, cosa que no parece haber pre- 
ocupado mayormente a sus antecesores. Se pasó bas- 
tante tiempo, de claro en claro y de turbio en turbio, 
consultando los amarillentos cimelios en que, por 
aquel entonces — cuando aún no existían las reedi- 



[XIX] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



dones vulgares — se guardaban los prolijos cronico- 
nes del tiempo de la Conquista, y en especial los tra- 
bajos de los jesuítas de las Misiones, que fueron, como 
es sabido, los más sagaces y pacientes estudiosos de la 
primitiva vida americana de esta región tupí-guaraní- 
tica Y si algo hay en el {toema de Zorrilla que no 
encaje estrictamente en la verdad histórica, fruto es, 
no de su desconocimiento de los elementos reales de 
la época, sino del arbitrio poético de su imaginación, 
al crear el mito expresivo del propio sentimiento. 

Yamandú es el indio más auténtico de toda la 
poesía hispano-americana, una real encarnación del 
tipo aborigen, de su taciturna fiereza ancestral, de su 
misteriosa hechicería; hirsuto y tenebroso, brilla en 
sus ojos el fuego lúgubre de las hogueras rituales; 
sus pupilas apuntan como flechas mortales entre la 
male2a y su palabra es de una ruda inspiración atá- 
vica. Lástima que su intervención sea sólo episódica! 
Según el plan y espíritu del poema, él, el cacique 
charrúa, debe desaparecer, para dejar su lugar al mes* 
tizo Tabaré, engendro mítico, híbrido de ojos acules 
y dura crencha salvaje, ficción lírica en cuya sangre 
india flotan reminiscencias del cielo cristiano. 

* * 

Dándonos, "Tabaré" una interpretación ro- 
mántica del tema indígena, tenía que ser, nece- 
sariamente, un poema de esencia lírica más que 
épica; y, aún más: dentro de lo lírico, lo elegia- 
co. El tono de la elegía es predominante en 
cuanto se refiere a Tabaré, al personaje y a 
su desventura. En concordancia y unidad con la 



CXX} 



TABARÉ 



concepción y los rasgos del protagonista, el verso 
es, en general, y salvo ciertos pasajes más recios, de 
estructura y modulación blandas, tristes, tendiendo 
más a la dulzura que al vigor. Predomina en su mu- 
sicalidad, de violines y flautas, el tono que corres- 
ponde al sentimiento mismo de la obra; y la estrofa 
tiene, en mayoría, ese contorno leve, suspirante, como 
fugaz, que caracteriza la suave manera becqueriana. 
Bécquer era otro de los cultos poéticos de Zorrilla 
de San Martín, y su influencia es perceptible inme- 
diatamente en toda la versificación de 'Tabaré", casi 
todo escrito en cuartetos, en su mayor parte alter- 
nando los endecasílabos graves con los heptasílabos 
graves y agudos, estrofa ésta favorita de aquél que 
introdujo en la poesía castellana los "suspirillos ger- 
mánicos" (dijera el prosaico dirigente del Banco 
de España, sí que a ratos campanudo versificador), 
y que su influencia puso de moda entre los román- 
ticos hispano-americanos de la época. Tal dulzura de 
tono, predominante en el poema, contrastaría y pa- 
recería inapropiada en un poema épico, si lo enten- 
demos en el sentido de lo heroico y sugerido por la 
naturaleza histórica del tema: la conquista guerrera 
de un territorio, la lucha a muerte de dos razas. Sin 
embargo, corresponde íntimamente al lirismo con que 
el autor sintió y trató el asunto, haciendo de "Tabaré" 
ese poema esencialmente sentimental cuyo pathos 
romántico — que alcanza alta tensión en muchos pa- 
sajes de la obta — culmina en aquel llanto y aquel 
rezo de la última estrofa. 

Es natural que, habiendo nacido "Tabaré" — por 
designio del autor — privado de la presencia y de 
la acción del héroe, como protagonista, el poema 
se resienta, desde luego, en gran parte de la fuer- 



[XXI] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



2a y la grandeza que sólo el heroísmo puede engen- 
drar. Así vemos que te presencia de Yamandú, per- 
sonaje de índole heroica, aunque salvaje, determina 
el momento más enérgico y recio del poema, tanto 
en la acción como en el verso. La fuerza del fiero 
"tubichá" se comunica al poema y vigoriza su es- 
trofa. Son también, de un apropiado, vigoroso tono, 
las escenas de guerra entre indios y españoles, tales 
como el asalto al fortín; y es asimismo, más enérgica 
y majestuosa que en lo general, la Introducción, de 
tono inspirado, con esa inspiración típicamente ro- 
mántica que tiende a la elocuencia, aunque sin caer 
del todo en ella, y no obstante algunos versos flojos 
que la afean en parte. 

Un defecto frecuente en la forma de este poema 
es la impropiedad de ciertas imágenes, en relación 
con la índole del motivo a que se aplican; defecto, 
decimos, aunque pudiéramos decir sólo característica, 
pues que proviene de la disparidad que se produce 
en ciertos momentos entre la naturaleza recia del tema 
y la sentimentalidad excesiva del acento. Ejemplo 
típico de ello nos lo da — en el rapto lírico de la 
última parte del Canto I — cuando compara 'aquella 
rasa que pasó desnuda y errante por mi tierra", con 
"el eco de un ruego no escuchado — que camino del 
cielo el viento lleva". A los dos primeros versos, 
fuertes, de esa estrofa, suceden los otros dos, becque- 
rianos, evidentemente muy dulces e inadecuados. 
Nada menos congruente con la idea de aquella raza 
charrúa, dura y guerrera, que ese aéreo, blando rue- 
go, de modulación tan tierna y vagorosa. No obs- 
tante, todo ese pasaje, como otros, de inspirado ca- 
rácter lírico, es de lo más vibrante del poema. Mas, 
felizmente, como ya anotamos, se mantienen en un 



£XXIIJ 



TABARÉ 



congruente tono épico todos los episodios guerreros; 
lo cual, después de todo, conserva en el poema cieno 
dualismo alterno de estilo, dentro de su modalidad 
épico-lírica. 

Este esbozo de revisión crítica de 'Tabaré*', a 
la luz de la conciencia contemporánea, discerniendo 
lo que en él hay de caduco y de perenne, sólo pro- 
cura fijar su posición de validez entre los "clásicos" 
de la tradición literaria nacional, teniendo en cuenta 
aquella perspectiva de relatividad histórica a que nos 
referíamos al comienzo. 

Julio de 1955. 



Alberto Zum Feldb. 



£ XXIII} 



CRITERIO DE LA EDICIÓN 



Tabaré ha sido impreso numerosas veces en vida del 
auror, siendo las principales ediciones, las siguientes' Monte- 
video, Barreiro y Ramos, 1888, Nueva ed. Montevideo, A* 
Barreiro y Ramos, 1889, 3* ed. Madrid, Libr. de Femando 
Fe, 1892, 5 9 ed México, Libr. Nacional y Extranjera de 
Eusebio Sánchez Terrazas, 1892, Novísima cd México, Buenos 
Aires, Habana, Maucci Hnas., 1905, 5 9 ed Buenos Aires, Libr. 
Nacional y Extranjera, 1911; 5* ed. Buenos Aires, Lib. In- 
ternacional, 1912: Novísima edición corregida por el autor. 
Montevideo, Claudio García, 1918, Novísima edición corre- 
gida por el autor, Montevideo, Libr Nacional A. Barreiro y 
Ramos, 1923, 3 9 ed Barcelona, Ed Cervantes, 1927; 4* ed. 
Barcelona, Ed. Cervantes, 1929, Novísima edición corregida 
por el autor. Montevideo, Imp. Nacional Colorada, 1930. 
(Tomo 2 9 de las Obras Completas) 

Para la presente edición, se ha utilizado el texto de la 
publicada por A. Barreiro y Ramos en 1923 — último que 
registra vanantes de importancia con relación a los anterio- 
res — v que fue luego reproducido en las Obras Completas 
(1930), aunque con varías erratas. 

Se ha seguido fielmente el texto citado, corrigiendo al- 
guna errata o estableciendo la lectura más correcta de ciertos 
versos dudosos, de acuerdo con la lección más reiterada en 
las ediciones anteriores. De él también se ha conservado la 
división en cantos y partes, que señala diferencias, aunque 
de escasa entidad, con la de la primera edición. En materia 
de acentuación, se han aplicado los criterios modernos, supe- 
ditándolos siempre a la medida y acentos del verso* así, se 
respeta mtérvalos, y se acentúa aún en todos ios casos en que 
el verso requiere dos sílabas en esta palabra, sin atender a su 
significado como evidentemente hace el propio Zorrilla de San 
Martín Asimismo se mantiene el acento enfático — reiterada- 
mente usado por el autor — en el adverbio de negación nó 
En cuanto a la puntuación, se ha conservado la establecida en 
1923, introduciendo alguna corrección cuando la claridad del 
texto parecía exigirlo. 

En la portada, se ha restablecido el epígrafe, que luego 
de figurar en las tres primeras ediciones del poema, fue supri- 
mido en las siguientes, para reaparecer en la de 1930 

Como apéndice, se inserta el artículo El libreto de 
'Tabaré", que fue publicado por Zorrilla de San Martín 
en "Mundial Magazine" (París, diciembre de 1912), y más 
tarde reproducido, con variantes, en las ediciones de 1918 
y 1923 Se sigue el texto que figura en la edición de 1923, 
ya que el que recogen las Obras Completas, carece de los dos 
últimoi párrafo* del trabajo. 



\ 



TABARÉ 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Nació en Montevideo el 28 de diciembre de 1855, hijo 
de Juan Manuel Zorrilla de San Martín y de Alejandrina del 
Pozo. Entre 1865 y 1873 cursa estudios en Santa Fe y Mon- 
tevideo En 1877 se licencia en Leyes y Ciencias Políticas en 
Chile Hacia 1872 se inicia en la literatura. Más tarde escribe 
en "La Estrella de Chile", y publica Notas de un himno (1877). r 

Regresa a Montevideo en 1878, contrae matrimonio con 
Elvira Blanco e ingresa en la magistratura. Obtiene la Cátedra 
de Literatura de la Universidad. Funda y dirige "El Bien Pu- 
blico" En 1879, da a conocer el poema La leyenda patna en la 
inauguración del Monumento a la Independencia (Florida). 

Bajo el gobierno de Santos, es perseguido por su 
actividad periodística Emigra a Buenos Aires en 1885 y 
participa en los preparativos de la Revolución del Quebracho- 
Enviuda en 1877 y regresa a Montevideo Es elegido diputado 
para la XVI Legislatura (1888-1891) Publica en 1888 el poema 
Tabaré, del cual había hecho conocer fragmentos en 1883 y 
1886. En 1S89 contrae segundas nupcias con Concepción Blanco. 

En 1891 es designado Enviado Extraordinario y Ministro 
Plenipotenciario ante España y Portugal Con igual jerarquía 
pasa en 1894 a la Legación de París, y desempeña en 1897 
una misión especial ante la Santa Sede Separado de su cargo 
bajo Cuestas, regresa a Montevideo en 1898. Reasume la direc- 
ción de "El Bien", publica Huerto cerrado (1900), y dicta 
la Cátedra de Derecho Internacional Público, hasta 1904. 

Nombrado Jefe de Emisión del Banco de la República 
en 1903, en él actúa desde 1905 como Delegado del Gobierno. 
Este año abandona la dirección de "El Bien", y ocupa la Cáte- 
dra de Teoría del Arte en la Facultad de Matemáticas. En 1907, 
el Gobierno le encarga una memoria sobre la personalidad de 
Artigas, la cual se convirtió en La epopeya de Artigas ( 1910) . 

En 1916 es electo para la Convención General Constitu- 
yente, representando a la Unión Cívica. Publica Detalles de la 
btstorta noplatense (1917) y El sermón de la paz (1924) En 
1925 se le tributa un homenaje nacional. Edita en 1928, El libro 
de Ruth y fallece en Montevideo el 3 de noviembre de 1931. 

Fuera de los títulos mencionados» Zorrilla de San Martín 
publicó en vida las siguientes obras. El Bten Público. Diario 
Catóhco (Mont. 1878); ¡Jesuítas! por Paul Feval y j Jesuítas! 
por Juan Zorrilla de San Martín (Mont. 1879), Ofelia (Mont. 
1880), Descubrimiento y conquista del Rio de la Plata (Madrid, 
1892), Resonancias del camino (París, 1896), Conferencias y 
discursos (Mont 1906); Discurso del Monumento (Mont. 1923); 
Híspano americanismo (Mont. 1925 ) ; Obras completas (Mont. 
1930) Luego de su muerte han apareado: Las Américas (Mont. 
1945), Maris Stella (Mont. 1951) y Discursos, artículos y 
notas de Derecho Internacional Público (Mont. 1955). 



A MI ESPOSA 
ELVIRA BLANCO DE ZORRILLA 



Te dedico TABARÉ . . , ¿Y qué he de hacer? 

Sí fuera a espetar la época en que podré o no pro- 
ducir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satis- 
facción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al 
frente de una de mts obras. 

Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos 
mis prtmeros cantos de amor que aún me parece escuchar 
a la distancia, como una serenata que acaba de pasar por 
mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja 
llena de melancolía. 

Viejo ya, aunque sin canas y quiza sin muchos años, 
siento llegar hasta mi, fundidas en un solo acorde, las 
últimas notas de aquellos mts cantos de adolescente, y las 
primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso 
en la inspiración que ha dado vida, más o menos efímera, 
a este poema; hay r por consiguiente, mucho que es tuyo; 
tu espíntu y el mío palpitan identificados en él 

Sin duda por eso he mirado a TABARÉ con predilec- 
ción; tú lo sabes, pues ha stdo tu nval durante muchas de 
esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupa- 
ciones de mi agitada vida me han deiado Ubres, y que 
hubieran sido tuyas y de nuestros ht¿os, si no me las hu- 
biera reclamado con derecho el pobre indto, soñada per- 



[31 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



soniftcación de una estirpe muerta, que, cuando menos, 
tiene derecho a nuestra compasión. 

¡Cuantas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste 
de mi mesa de labor a nuestra querida y bulliciosa caterva, 
para hacer silencio en torno de la cuna de mi charrúa! 
Quiero devolverte esas horas, dedicándote la obra a que 
ellas fueron consagradas. 

Lee, una que otra vez, a nuestros hijos, algunas de 
las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, 
de esta su hermosa patria uruguaya, que, con tanto tesón, 
les enseñamos a amar después de Dios. Si ellos llegaran 
a advertir que esta pagina íntima está fechada en el des- 
tierrb, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse 
de ello a la patria, y enséñales a preferir siempre el su- 
frimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono 
de su misión moral en la tierra. 

No stn algún pesar me separo de TABARÉ para darlo 
al público Él ha sido mi compañero inseparable y bueno 
durante estos últimos años de tantas amarguras para mi 
espíritu, y, lo que es peor, de tantas desgracias para núes- 
tro país, Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible 
la despedida. 

Que tú quieres también un poco a mi indio; que tú 
lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso 
merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una 
antipatía, y una repulsión invencibles hacia D, Gonzalo de 
Orgaz, porque lo hirió de muerte en el bosque. 

Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi 
poema, yo bien me sé cuál hubieras elegido. 

¡No podía ser! 

No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra 
raza), ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa. 

Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en 
mi poema son los lamentos de la española y la oración del 
monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe; 
la caridad cristiana y la misericordia eterna. 



[4] 



TABARÉ 



El poeta no puede decir mentiras, por más dulces que 
ellos sean. 

¿Te ríes? 

Pues, no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la 
alta verdad inoculada en la ficción, como un soplo vivi- 
ficante y eterno; de ahí que la verdad, lo real en el arte, 
no esté en la forma, como lo eterno del hombre no está 
en el cuerpo, 

Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, 
la excelsa realidad del pensamiento, alma de la creación 
artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes, a través 
de los siglos, obras de formas diversas y hasta radical- 
mente opuestas; formas que recorren un diapasón tan ex- 
tenso corno el que media (te ataré dos obras que tú cono- 
ces), entre LA TEMPESTAD, de Shakespeare, y El QUIJOTE, 
de Cervantes. 

El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al 
mejoramiento sociales, ¿sabes por qué'* 

¿Será porque copia o reproduce lo que existe mate- 
rialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque con- 
sigue despertar en el hombre las mamas impresiones que 
las escenas reales despiertan en él? 

Todo lo contrario. 

El arte contribuye al mejoramiento social porque, por 
medio de él, el común de las gentes participa de la visión 
de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en 
la contemplación de aquello cuya existencia no conocería, 
si el poeta no le dijera* levanta la frente; sube conmigo 
a las regiones de la belleza; la atmósfera es pura, porque 
acaba de atraversarla la tempestad del genio, que, como 
las tempestades de la tierra, purifica el ambiente. 

En una palabra; el arte no es otra cosa que la repro- 
ducción sensible de la vida ideal. 

Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como 
la única de la voluntad es el bien. 

De ahí que la sola fuente de belleza artística sea el 
pensamiento en que el bien se difunde y la verdad es- 



t5] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



plende; de ahí que, como antes te decía t el poeta no puede 
decir mentiras. 

Yo debía, pues } dectr la verdad en TABARÉ; inocu- 
larla en el organismo literario que amasaba con el limo de 
nuestra tierra virgen y hermosa. 

No extrañes que haya elegido una verdad llena de 
inmensa tristeza: las que más aprtetan el corazón, son las 
que mas eficazmente lo exprimen; las que le hacen verter 
su ptgo mas íntimo. 

El de mi alma va en TABARÉ,* por eso te lo ofrezco, 
en una fecha que nos es querida. ( 1 ) . 

JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886, 



( I ) Después de escrita esta página, que respeto hasta en sus 
[ncürrecnones, y antes de darla a la prensa, nn esposa ha muerto 
He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó- he 
ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi 
corazón que Él destrozó Con la absoluta evidencia de la fe, sólo 
veo en el dolor el nuncio de las divinas misericordias. — Sea. 



[6} 



INTRODUCCIÓN 



I 

Levantaré la losa de una tumba; 
e, internándome en ella, 
encenderé en el fondo el pensamiento, 
que alumbrará la soledad inmensa. 

Dadme la lira, y vamos: la de hierro, 

la más pesada y negra; 
esa, la de apoyarse en las rodillas, 
y sostenerse con la mano trémula, 

mientras la azota el viento temeroso 

que silba en las tormentas, 
y, al golpe del granizo restallando, 
sus acordes difunde en las tinieblas; 

la de cantar, sentado entre las ruinas, 

como el ave agorera; 
la que, arrojada al fondo del abismo, 
del fondo del abismo nos contesta. 



[71 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Al desgranarse las potentes notas 

de sus heridas cuerdas, 
despertarán los ecos que han dormido 
sueño de siglos en la obscura huesa; 

y formarán la estrofa que revele 

lo que la muerte piensa: 
resurrección de voces extinguidas, 
extraño acorde que en mi mente suena. 

II 

Vosotros, los que amáis los imposibles; 
los que vivís la vida de la idea; 
los que sabéis de ignotas muchedumbres, 
que los espacios infinitos pueblan, 

y de esos seres que entran en las almas, 
y mensajes obscuros les revelan, 
desabrochan las flores en el campo, 
y encienden en el cielo las estrellas; 

los que escucháis quejidos y palabras 
en el triste rumor de la hoja seca, 
y algo más que la idea del invierno, 
próximo y frío, a vuestra mente llega, 

al mirar que los vientos otoñales 
los árboles desnudan, y los dejan 
ateridos, inmóviles, deformes, 
como esqueletos de hermosuras muertas, 

seguidme, hasta saber de esas historias 
que el mar, y el cielo, y el dolor nos cuentan; 
que narran el ombú de nuestras lomas, 
el verde canelón de las riberas, 



TABARÉ 



la palma centenaria, el camalote, 
el ñandubay, los talas y las ceibas: 
la historia de la sangre de un desierto, 
la triste historia de una ra*a muerta. 

Y vosotros aun más, bardos amigos, 
trovadores galanos de mi tierra, 
vírgenes de mi patria y de mi raza, 
que templáis el laúd de los poetas; 

seguidme juntos, a escuchar las notas 
de una elegía, que, en la patria nuestra, 
el bosque entona, cuando queda solo, 
y todo duerme entre sus ramas quietas; 

crecen laureles, hijos de la noche, 
que esperan liras, para asirse a ellas, 
allá en la obscuridad, en que aun palpita 
el grito del desierto y de la selva. 

III 

¡Extraña y negra noche! ¿Dónde vamos? 

¿Es esto cielo, o tierra? 
¿Es lo de arriba ^ ¿Lo de abajo? Es lo hondo, 
sin relación, ni espacio, ni barreras; 

sumersión del espíritu en lo obscuro, 

reino de las quimeras, 
en que no sabe el pensamiento humano 
si desciende, o asciende, o se despeña; 

el caos de la mente, que, pujante, 

la inspiración ordena; 
los elementos vagos y dispersos 
que amasa el genio, y en la forma encierra. 

C9] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Notas, palabras, llantos, alaridos, 

plegarias, anatemas, 
formas que pasan, puntos luminosos, 
gérmenes de imposibles existencias; 

vidas absurdas, en eterna busca 

de cuerpos que no encuentran; 
días y noches en estrecho abrazo, 
que espacio y tiempo en que vivir esperan; 

líneas fosforescentes y fugaces, 

y que en los ojos quedan 
como estrofas de un himno bosquejado, 
o gérmenes de auroras o de estrellas; 

colores que se funden y repelen 

en inquietud eterna, 
ansias de luz, primeras vibraciones 
que no hallan ritmo, no dan lumbre, y cesan; 

tipos que hubieran sido, y que no fueron, 

y que aun el ser esperan; 
informes creaciones, que se mueven 
con una vida extraña o incompleta; 

proyectos, modelados por el tiempo, 

de razas intermedias; 
principios sutilísimos, que oscilan 
entre la forma errante y la materia; 

voces que llaman, que interrogan siempre, 

sin encontrar respuesta; 
palabras de un idioma indefinible 
que no han hablado las humanas lenguas; 

CIO] 



TABARÉ 



acordes que, al brotar, rompen el arpa, 

y en los aires revientan 
estridentes, sin ritmo, como notas 
de mil puntos diversos que se encuentran, 

y se abrazan en vano sin fundirse, 
y hasta esa misma repulsión ingénita 
forma armonía, pero rara, absurda, 
música indescriptible, pero inmensa; 

rumor de silenciosas muchedumbres; 

tumultos que se alejan . . . 
todo se agita, en ronda atropellada, 
en esta obscuridad que nos rodea; 

todo asalta en tropel al pensamiento, 

que en su seno penetra 
a hacer inteligible lo confuso, 
a enfrenar lo que huye y se rebela; 

a consagrar, del ritmo y del sonido, 

la unión que viva eterna; 
la del color y el alma con la línea; 
de la palabra virgen con la idea; 

todo brota en tropel, al levantarse 

la ponderosa piedra, 
como bandada de aves que, chirriando, 
brota del fondo de profunda cueva; 

nube con vida que, cobrando formas 

variables y quiméricas, 
se contrae, se alarga y se revuelve, 
por sí misma empujada en las tinieblas. 

til! 



JUAN ZORRILLA DB SAN MARTÍN 



Y así cuajó en mi mente, obedeciendo 

a una atracción secreta, 
y entre risas, y llantos, y alaridos, 
se akó la sombra de la raza muerta: 

de aquella raza que pasó, desnuda 

y errante, por mi tierra, 
como el eco de un ruego no escuchado, 
que, camino del cielo, el viento lleva. 

IV 

Tipo soñado, sobre el haz surgido 

de la infinita niebla; 
ensueño de una noche sin aurora, 
flor que una tumba alimentó en sus grietas: 

cuando veo tu imagen impalpable 

encarnar ntifestra América, 
y fundirse en la estrofa transparente, 
darle su vida, y palpitar en ella; 

cuando creo formar el desposorio 

de tu ignorada esencia 
con esa forma virgen, que los genios 
para su amor o su dolor encuentran; 

cuando creo infundirte, con mi vida, 

el sér de la epopeya, 
y legarte a mi patria y a mi gloria, 
grande como mi amor y mi impotencia, 

el más débil contacto de las formas 

desvanece tu huella, 
como al contacto de la luz, se apaga 
el brillo sin calor de las luciérnagas. 



[12] 



TABARÉ 



Pero te vi. Flotabas en lo obscuro, 
como un jirón de niebla; 
afluían a ti, buscando vida, 
como a su centro acuden las moléculas, 

líneas, colores, notas de un acorde 

disperso, que frenéticas 
se buscaban en ti; palpitaciones 
que en ti buscaban corazón y arterias; 

miradas que luchaban en tus ojos 

por imprimir su huella, 
y lágrimas, y anhelos, y esperabas, 
que en tu alma reclamaban existencia; 

todo lo de la raza: lo inaudito, 

lo que el tiempo dispersa, 
y no cabe en la forma limitada, 
y hace estallar la estrofa que lo encierra. 

Ha quedado en mi espíritu tu sombra, 

como en los ojos quedan 
los puntos negros, de contornos ígneos, 
que deja en ellos una lumbre intensa . . . 

¡Ah! nó, rio pasarás, como la nube 
que el agua inmóvil en su faz refleja; 
como esos sueños de la media noche 
que en la mañana ya no se recuerdan; 

yo te ofrezco, ¡oh ensueño de mis días! 
la vida de mis cantos, que en la tierra 
vivirán más que yo. . . ¡Palpita y anda, 
forma imposible de la estirpe muerta! 



[13} 



4" 



LIBRO PRIMERO 



CANTO PRIMERO 



I 

El Uruguay y el Plata 
vivían su salvaje primavera; 
la sonrisa de Dios, de que nacieron, 
aun palpita en las aguas y en las selvas; 

aun viste al espinillo 
su amarillo tipoy; aun en la yerba 
engendra los vapores temblorosos, 
y a la calandria en el ombú despierta; 

aun dibuja misterios 
en el mburucuya de las riberas, 
anuncia el día, y, por la tarde, enciende 
su ultimo beso en la primera estrella; 

aun alienta en el viento 
que cimbra blandamente las palmeras, 
% que remece los juncos de la orilla, 
y las hebras del sauce balancea; 

y hasta el río dormido 
baja, en el rayo de las lunas llenas, 
para enhebrar diamantes en las olas, 
y resbalar o retorcerse en ellas. 

C17) 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



II 

Serpiente afcul, de escamas luminosas, 
que, sin dejar sus ignoradas cuevas, 
se enrosca entre las islas, y se arrastra 
sobre el regazo virgen de la América, 

el Uruguay arranca a las montañas 

los troncos de sus ceibas, 
que, entre espumas y grandes camalotes, 
al río como mar y al mar entrega. 

El himno de sus olas 
resbala melodioso en sus arenas, 
mezclando sus solemnes pensamientos 
con el del blando acorde de la selva; 

y al grito temeroso 
que lanzan en los aires sus tormentas, 
contesta el grito de una raza humana, 
que aparece desnuda en las riberas. 

Es la raza charrúa, 
de la que el nombre apenas 
han guardado las ondas y los bosques, 
para que evoque el alma de un poema; 

nombre que aun reproduce 
la tempestad lejana, que se acerca 
formando los fanales del relámpago 
con las pesadas nubes cenicientas. 

Es la raza indomable, 
que alentó en esta tierra, 
patria de los amores y las glorias, 
que al Utuguay y al Plata se recuesta; 

[18] 



TABARÉ 



la patria, cuyo nombre 
es canción en el arpa del poeta, 
grito en el corazón, luz en la aurora, 
fuego en la vida, y en el cielo estrella. 



III 

La encuentra el pensamiento, antes que el hombre 

antiguo la sorprenda, 
en lucha con la tierra y con el cielo, 
y en su salvaje libertad envuelta. 

Para ella, el horizonte cierra el mundo, 

con un muro de piedra; 
tras él, duermen las tardes y las lunas; 
tras él, la aurora duerme y se despierta. 

Cruza el salvaje errante 
la soledad de la llanura inmensa, 
y el amarillo tigre, como él hosco, 
como él fiero y desnudo, la atraviesa; 

el tigre brama; el indio 
contesta en el silbido de su flecha. 
¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso, 
sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja? 

¿Para él está formada 

esa encantada tierra,, 
que a los diáfanos cielos de diciembre 
retribuye una flor por cada estrella? 

¿Para él, sus grandes ríos 
cantando se despeñan 
los himnos inmortales de sus olas? 
¿Qué fue esa raza que pasó sin huella? 



[19] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¿Fue el último vestigio 
de un mundo en decadencia? 
¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso, 
que surgió obscura de la luz eterna? 

La eterna lumbre sólo engendra auroras. 

La noche, las tinieblas 
son ausencia de luz; la eterna noche 
es sólo del Creador la eterna ausencia. 

En esa raza, de un excelso origen 

aun el vestigio queda, 
como el toque de luz amarillento 
que un sol que muere en los espacios deja. 

Hay lumbre en esos ojos, siempre huraños; 
fuego que encienden sólo las ideas; 
mas la lumbre se extingue, y una raza, 
falta de luz, se extinguirá con ella. 

Nacida para el bien, el mal la rinde; 
destinada a la paz, vive en la guerra. . . 
Hojas perdidas de su tronco enfermo, 
el remolino las arrastra enfermas. 

IV 

A las tribus lejanas 

convocan las hogueras 
que encendió Caracé> sobre las lomas, 
como gritos de fuego y de pelea; 

Caracé, en cuyo cuerpo 

las heridas se cuentan 
como las manchas en la piel del tigre, 
y por eso le prestan obediencia; 



120] 



TABARÉ 



Caracé, en cuyo toldo, 
las pieles y sangrientas cabelleras 
de los caciques yaros y bohanes 
que su brazo arrancó, prueban su fuerza; 

que tiene diez mujeres 
que agu2an las espinas de sus flechas, 
y los fuegos encienden de su toldo, 
y el jugo de las palmas le fermentan. 

Nadie sabe los fríos 
que ha vivido el cacique; pero cuentan 
que, allá en el tiempo de los soles largos, 
al Uruguay llegó, desde la sierra 

lejana, muy lejana, 
que ve salir el sol, cuando las ceibas 
en que hoy anida el águila, sentían 
correr la savia en su primer corteza. 

Ya entonces había visto 
cruzar las lunas en las boros lentas; 
pero aun es joven, cual si <;on sus manos 
contar sus fríos Caracé pudiera; 

aun en sus fuertes dedos, 

es la maza de piedra 
el brazo de la muerte, que, en las tribus, 
derrama el frío que en los huesos queda. 



121] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



V 

¿Por qué el viejo cacique 

a las tribus congrega, 
toma la maza, y apercibe el arco 
que nadie, sino él, cimbrar intenta? 

¿Por qué, bajo sus párpados, 

brilla con luz siniestra 
la pupila, pequeña y prolongada, 
en que se encienden sus miradas fieras? 

¿Acaso los bohanes 

la vencida cabeza 
alzan de nuevo, y su guerrera lanza 
del charrúa clavaron en la selva? 

¿Acaso, al otro lado 
del río como mar, las humaredas 
se ven del indio guerandí, y provocan 
del Uruguay la tribu turbulenta? 

Nó: Caracé no teme 
que los indios se atrevan 
a encender, junto al Hum, un solo fuego, 
mientras seis lunas a brillar no vuelvan; 

lo que hace que el cacique 
ciña a su frenta estrecha 
las plumas de avestruz, y ajuste el arco, 
y, al par del fuego, su mirada encienda, 

es que tendido estaba 

en la playa desierta, 
cuando vio que cruzaba por las islas 
del Parand-Guazúj piragua inmensa, 

[22} 



TABARÉ 



que, como garza enorme, 

flotaba entre la niebla, 
dando a los aires las extrañas alas, 
y volando con rumbo a la ribera. 

El Uruguay en vano 
sale a su encuentro, y ladra bajo de ella; 
en vano, con las olas encrespadas, . 
sus costados, airado, abofetea; 

la nave avanza altiva; 
lan2a un grito del cielo que retiembla; 
llega a la costa, y, agarrando ai río 
por la erizada crin, en él se sienta. 



A Caracé el cacique 
han rodeado las tribus más guerreras; 
y, entre el espeso matorral del río, 
como banda escondida de luciérnagas, 

los ojos de los indios fosforecen, 

al ver, sobre la arena, 
cómo descienden, de la extraña nave, 
los hombres blancos de la raza nueva; 

y cómo, dando al viento 
y clavando en el suelo su bandera, 
se, agrupan en su torno, y, con sus voces, 
la sorprendida soledad atruenan. 

¡Extraños seres! Brillan 
a los rayos del sol. Nada recelan. 
Y las lomas los miran, y el barranco;^— 
y el Uruguay se empina, y los obsec^.^7>í^ 



VI 




JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



y los indios ocultos 
mutuamente se muestran, 
con los brazos desnudos extendidos, 
el grupo extraño que al jaral se acerca. 

vn 

Entre inmenso alarido, 
una lluvia rabiosa de saetas 
parte del matorral y de salvajes 
un enjambre fantástico tras ellas. 

La bola arrojadiza 
silba, y choca del blanco en la cabeza; 
muere el caído, y queda para siempre 
amortajado en su armadura negra, 

y, los que no cayeron, 
huyen despavoridos por las breñas, 
dejando sangre en la salvaje playa, 
y una mujer en la sangrienta arena. 



VIII 

Parece flor de sangre; 
sonrisa de un dolor; es la primera 
gota de llanto que, entre sangre tanta, 
derramó España en nuestra virgen tierra. 

Pálida como el lirio, 
sola con vida entre los muertos queda. 
Caracé, que a su lado se detiene, 
con avidez felina la contempla, 



[24] 



TABARÉ 



mientras los rudos golpes 
de las hachas de piedra, 
del postrado español en la armadura 
y en los cráneos inmóviles, resuenan. 

IX 

M De los guerreros muertos 
vuestra será la hermosa cabellera; 
su blanca piel ajuste vuestros arcos, 
y sus dientes adornen vuestras tiendas; 

y sus extrañas armas, 
que brillan como el astro, serán vuestras; 
y los tipoySj que sus espaldas cubren, 
como las rojas flores a la ceiba. 

Caracé sólo quiere 
en su toldo a la blanca prisionera, 
que de su techo encenderá los fuegos, 
los fuegos del amor y de la guerra". 

Tal hablaba el cacique, 
en sus bra2os llevando a Magdalena 
al bosque solitario de los talas, 
en que tiene su oculta madriguera. 

X 

Hermanos del dolor, bardos amigos, 
trovadores galanos de mi tierra, 
que me seguís en la jornada obscura, 
al través del misterio de la selva: 

ensayad en el alma 
el acorde otoñal . . . la noche llega. 



[25] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



El acorde que suena cuando el ave 
vuelve en silencio al nido que la espera, 
y hasta el lirio más pálido del campo, 
para dormir en paz, su broche cierra, 

y su perfume virgen 
con el amor de otros perfumes sueña. 

Vosotros, los que, al peso de la tarde, 
inclináis tristemente la cabeza, 
y amáis el cielo cuando en él agita 
su ala tremante la primera estrella; 

calzaos las sandalias 
con que hasta el alma del dolor se llega. 

Si el alma vuestra, ¡oh bardos! 
bañada en el Jordán de la tristeza, 
es pura, como la última palabra 
que acaso os dijo vuestra madre muerta, 

llegaos en silencio 
al tálamo sangriento de la selva . . . 
Es ya de noche, los rumores lloran . . . 
¡No despertéis a la española enferma! 



126] 



CANTO SEGUNDO 



I 

¡Cayó la flor al río! 
Los temblorosos círculos concéntricos 
balancearon los verdes camalotes, 
y en el silencio del juncal murieron. 

Las aguas se han cerrado; 
las algas despertaron de su sueño, 
y la flor abrazaron, que moría, 
taita de lu2, en el profundo légamo. . ♦ 

Las grietas del sepulcro 
han engendrado un lirio amarillento; 
tiene el perfume de la flor caída, 
su misma palidez ... ¡La flor ha muerto! 

Así el himno sonaba 

de los lejanos ecos; 
así cantaba el urutí en las ceibas, 
y se quejaba en el sauzal el viento. 

II 

Siempre llorar la vieron los charrúas; 

siempre mirar al cielo, 
y más allá . . . Miraba lo invisible, 
con los ojos azules y serenos. 

C27J 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



El cacique a su lado está tendido. 

Lo domina el misterio. 
Hay luz en la mirada de la esclava, 
luz que alumbra sus lágrimas de fuego, 

y ahuyenta al indio, ai derramar en ellas 

ese blanco reflejo 
de que se forma el nimbo de los mártires, 
la diáfana sonrisa de los cielos. 

Siempre llorar la vieron los charrúas, 

y así pasaba el tiempo. 
Vedla sola en la playa. En esa lágrima 
rueda por sus mejillas un recuerdo. 

Sus labios las sonrisas olvidaron. 
Sólo salen de entre ellos 
las plegarias, vestidas de elegías, 
como coros de vírgenes de un templo. 

III 

Un niño llora. Sus vagidos se oyen, 

del bosque en el secreto, 
unidos a las voces de los pájaros 
que cantan en las ramas de los ceibos. 

Le llaman Tabaré. Nació una noche, 

bajo el obscuro techo 
en que el indio guardaba a la cautiva 
a quien el niño exprime el blanco seno. 

Le llaman Tabaré. Nació en el bosque 

de Caracé el guerrero; 
ha brotado, en las grietas del sepulcro, 

un lirio amarillento. 



t28] 



TABARÉ 



Risa de mi dolor, hijo del alma, 

alma de mis recuerdos, 
lo llamaba gimiendo la cautiva 
al apretarlo en su calor materno, 

y al entonar los cánticos cristianos 

para arrullar su sueño; 
los cantos de Belén, que al fin escucha 
la soledad callada del desierto. 

Los escuchan con fe las alboradas, 

los balbucían los ecos, 
y, en las tardes que salen de los bosques, 
anda con ellos sollozando el viento. 

Son los cantos cristianos, impregnados 

de inocencia y misterio, 
que acaso aquella tierra escuchó un día, 
como se siente el beso de un ensueño. 

IV 

El indio niño en las pupilas tiene 

el a2ulado cerco 
de las flores del cardo, cuando se abren 

después de un aguacero. 

Los charrúas, que acuden a mirarlo, 

clavan los ojos negros 
en los ojos azules de aquel niño 
que se recuesta en el materno seno, 

y lo oyen y lo miran asombrados, 

como a un pájaro nuevo 
que, llamado, al pasar, por los zorzales, 
bajó del viento, para unirse a ellos. 



£291 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Mira el niño a la madre; ésta llorando 

lo mira, y mira al cielo, 
y envía, en su mirada, a lo infinito, 
un amor que en el mundo es extranjero; 

y quiere al árbol, porque da su sombra 

a aquel pequeño cuerpo; 
y es para ella más azul el aire, 
más diáfano el ambiente y más sereno. 

La tarde, al descender sobre su alma, 

desciende como el beso 
de la hermana mayor sobre la frente 
del hermanito huérfano; 

y tiene ya más alas su plegaria; 

su llanto más consuelo; 
y más risa la luz de las estrellas, 
y el ruido de los sauces más misterio. 



V 

¿Adónde va la madre silenciosa? 

Camina, a paso lento, 
con el hijo en los brazos. Llega al río. 
Es la hermosa mujer del Evangelio. 

¡E invoca a Dios en su misterio augusto! 

Se conmueve el desierto, 
y el indio niño siente en la cabeza 
de su bautismo el fecundante riego. 

La madre le ha entregado, sollozando, 

el gran legado eterno. 
El Uruguay, al ofrecerle el agua, 
canta con el juncal un himno nuevo. 



[30] 



TABARÉ 



Se eleva, en transparentes espirales, 

el primitivo incienso; 
una invisible aparición derrama 
el resplandor del nimbo entre los ceibos. 

Se adivinan cantares 
a medio pronunciar, que flotan trémulos, 
y de seres que absortos los escuchan 
se cree sentir el contenido aliento; 

hay sonrisas posadas 
entre los puros labios entreabiertos 
de un invisible coro, que, en el aire, 
bate a compás las alas en silencio. 

Hay contacto del cielo con la tierra ♦ . ♦ 

Y aparece el misterio. 
Vacila el hombre en su presencia, y mudo, 
cierra los ojos, para ver más lejos. 



VI 

Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos 

gotas de llanto veo, 
que humedecen tu voz y tus miradas, 

tus cantos y tus besos; 

con ese llanto siempre 

al despertar te encuentro. 
¿Quién lleva, por qué lleva tantas lágrimas, 
hasta el mismo silencio de tus sueños? 



131] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¡No llores más! Porque no llores nunca 

yo, madre, siempre rezo 
la oración que despierta en mis mañanas, 
y se duerme conmigo cuando duermo. 

¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden. 

¿Oyes? Están muy lejos. 
Beben sangre de palmas y algarrobos, 
y después dormirán; no tengas miedo. 

En la cruz que recibe las plegarias, 
en esa que has clavado entre los ceibos, 
a hacer su nido bajarán los ángeles, 
y a recoger mis ruegos. 

No llores; que la virgen invisible 
que me enseñas a amar, vendrá por ellos, 
y a ti también te besará en la frente, 
y a nuestro lado velará tu sueño. 

La madre sollozaba; 
apretaba su hijo sobre el seno, 

y sus miradas húmedas 
escalaban los mundos ascendiendo. 

Huían de la tierra, hasta posarse 

en el regazo eterno; 
pero del cielo ansiosas descendían 
el indio niño a acariciar de nuevo. 

VII 

Cayó la flor al río, 
y, en el obscuro légamo, 
derramó su perfume entre las algas. 
Se ha marchitado, ha muerto. 



132] 



TABARÉ 



Las algas la estrecharon 
en sus brazos de hielo . . , 
Ha brotado, en las grietas del sepulcro, 
un lirio amarillento. 



VIII 

Duera^, hijo mío* mira, entre las ramas 

está dormido el viento; 
el tigre en el flotante camalote, 
y en el nido los pájaros pequeños. 

Ya no se ven los montes de las islas: 

también están durmiendo. 
Han salido las nutrias de sus cuevas; 
se oye apenas la voz del teru-tero. 



Las tribus embriagadas 

aullaban a lo lejos; 
el aire, con los roncos alaridos, 
elaboraba quejas y lamentos. 

Tras la salvaje orgía, 

vendrá el cacique ebrio; 
vendrá a buscar a su cautiva blanca, 
que a su hijo esconderá tras de los ceibos. 

IX 

Cayó la flor al río. 
Se ha marchitado, ha jnuetto. 
Ha brotado, en las grietas del sepulcro, 
un lirio amarillento, 

C331 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



La madre ya ha sentido 
mucho frío en los huesos; 
la madre tiene, en torno de los ojos, 
amoratado cerco; 

y en el alma la angustia, 
y el temblor en los miembros, 
y en los brazos el niño que sonríe, 
y en los labios el ruego. • 

Duerme, hijo mío. Mira: entre las ramas 

está dormido el viento; 
el tigre en el flotante camalote, 
y en el nido los pájaros pequeños. . . 

Los párpados del niño se. cerraban. 

Las sonrisas entre ellos 
asomaban apenas, como asoman 
las últimas estrellas a lo lejos. 

Los párpados caían de la madre, 

que, con esfuerzo lento, 
pugnaba en vano por que no llegaran 
de su pupila al agrandado hueco. 

Pugnaba por mirar al indio niño 

una vez más al menos; 
pero el niño, para ella, poco a poco, 
en un nimbo sutil se iba perdiendo. 

Parecía alejarse, desprenderse, 
resbalar de sus brazos, y, por verlo, 
las pupilas inertes de la madre 
se dilataban en supremo esfuerzo. 



[34} 



TABARÉ 



X 

Duerme, hijo mío. Mira, entre las ramas 

está dormido el viento; 
el tigre en el flotante camalote, 
y en el nido los pájaros pequeños; 

hasta en el valle 

duermen los ecos. 

Duerme. Si al despertar no me encontraras, 

yo te hablaré a lo lejos; 
una aurora sin sol vendrá a dejarte 
entre los labios mi invisible beso; 

duerme; me llaman, 

concilia el sueño. 

Yo formaré crepúsculos azules 
para flotar en ellos: 
para infundir en tu alma solitaria 
la tristeza más dulce de los cielos. 

Así tu llanto 

no será acerbo. 

Yo empaparé de aladas melodías 

los sauces y los ceibos, 
y enseñaré a los pájaros dormidos 
a repetir mis cánticos maternos . . . 

El niño duerme, 

duerme sonriendo. 



La madre lo estrechó; dejó en su frente 
una lágrima inmensa, en ella un beso, 
y se acostó a morir. Lloró la selva, 
y, al entreabrirse, sonreía el cielo. 



135) 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



XI 

¿Sentís la risa? Caracé el cacique 

ha vuelto ebrio, muy ebrio. 
Su esclava estaba pálida, muy pálida . ♦ . 
Hijo y madre ya duermen los dos sueños. 



£36) 



LIBRO SEGUNDO 



CANTO PRIMERO 



I 

¿Quién ata las pasadas sensaciones 

en haces de quimeras 
que, al roce de un recuerdo no buscado, 
juntas en el cerebro se despiertan, 
y, nadando en un medio indefinible, 

con nuestras almas piensan? 

Las notas ignoradas que, en la noche, 

hasta nosotros llegan, 
¿por quién son recogidas, y ajustadas 
a un ritmo misterioso, a una cadencia, 
para formar el himno prolongado 

con que las sombras ruegan, 

esa flotante ebullición sonora 

que, en el aire, semeja 
de mil voces distintas y lejanas 
los ayes, las palabras o las quejas 
que, a extinguirse temblando a nuestro lado, 

como heridas se acercan? 



139] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¿Quién llora con la luna en los sepulcros, 

y ríe en las estrellas, 
y respira en las auras otoñales, 

y anima la hoja seca, 
y es perfume en la flor, gota en la lluvia, 

y en la pupila idea? 

Acaso en los espacios infinitos, 

que el hombre no penetra, 

la vida y la armonía se difunden 
en cuyas formas entran, 

como elemento indispensable y justo, 

los ignorados llantos de la tierra, 

los ayes de las razas extinguidas, 

su soledad eterna, 
los destinos obscuros, los suspiros, 

las lágrimas secretas, 
los latidos que el mundo no comprende, 
y en la eterna armonía se condensan. 



Vosotros, los que amáis los imposibles; 
los que vivís la vida de la idea; 
los que sabéis de ignotas muchedumbres 
que los espacios infinitos pueblan; 

los que sentís quejidos y palabras 

donde el silencio reina, 
y algo más que la idea del invierno 
os sugiere el rodar de la hoja seca, 

escuchad el acorde arrebatado 
al rumor misterioso de la selva; 
la vo2 de aquella noche sin aurora 
que difunde su sombra en mi leyenda. 



[40} 



TABARE 



II , 

La corriente del tiempo, 
en bmos del pasado, 
como el cadáver de otros tantos hijos, 
ha dejado los años. 

Al tramontar las lomas 

del Uruguay, el astro 
deja envuelto en la sombra de las islas 
un villorrio español, que fue fundado 

en la desierta margen donde el río 
San Salvador, copioso tributario 
del Uruguay, se ensancha, al derramarse 
entre tupidos sauces y guayabos* 

El pueblo aquél, sentado en el desierto 
como un aventurero temerario, 
¿es algo más que una visión de gloria? 
¿brotó del suelo, o descendió de lo alto? 

Sus cimientos han sido, varias -veces, 
con sangre de dos razas amasados; 
sus techos, convertidos en hogueras, 
varias veces el campo iluminaron; 

y ya, más de una vez, en la colina, 
quedaron sus escombros solitarios, 
como los negros miembros de un gigante 
por la zarpa del tigre hecho pedazos. 

Desde el fondo del bosque, los charrúas 
observan los bastiones castellanos, 

las rudas estacadas 
de troncos de algarrobos y quebrachos, 

[41} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



antemural sin fosos ni poternas, 

remedo de baluarte, que, hacia el campo, 

defiende el caserío, 
cuyos techos se asoman al barranco. 

Techos pajizos de bambú, con hebras 
de la raíz del ñapindá amarrados; 

muros de tierra negros, 
entre despojos de bateles náufragos, 

que rodean la casa construida 

por Juan de Ortiz, el viejo adelantado, 

con sillares de piedra 
que el tiempo y los incendios respetaron, 

tal es la población conquistadora 

en que aun tremola el pabellón hispano, 

sereno, como siempre, 
el desierto sin nombre desafiando, 

en una tierra, madriguera hermosa 

del indio más bizarro 
de los que aullaron y aguzaron flechas, 
en el salvaje mundo americano. 

Como el cachorro oculto bajo el cuerpo 

del tigre provocado, 
así se esconde la uruguaya tierra 
de su indómito rey bajo los arcos. 

El indio ruge, al escuchar la planta 

del extranjero blanco, 
con rugidos de rabia y de deseo, 
siempre en acecho, cauteloso, huraño. 



142] 



TABARÉ 



Brilla el ojo del indio en la espesura; 

suena por todos lados 
su alarido feroz: brotan rabiosos 
de entre las flores sus agudos dardos, 

¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento 

sus gritos ignorados; 
donde esconde la muerte las lumbreras 
que enciende sobre el haz de los pantanos. 

Allí donde tan sólo se ve un grupo 

de chircas o de cardos, 
hay rostros escondidos en la sombra, 
siempre despiertos, sangre olfateando. 

Allá en el matorral algo se mueve. . . 

¿Quién trepa en el barranco? 
¿Sentís un grito en la lejana orilla? 
Es la muerte ... si vais, veréis su rastro. 

¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto, 

quizá lo sobrehumano; 
algo más que la muerte, más obscuro . , . 
¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo? 

España va, la cruz de su bandera, 
su incomparable hidalgo; 
la noble raza madre, en cuyo pecho 
si un mundo se estrelló, se hizo pedazos. 

El pueblo altivo que, en la edad sin nombre, 

era el cerebro acaso 

del continente muerto, 
ya sumergido en el abismo atlántico, 

(43] 



JUAN ZORRILLA. DE SAN MARTÍN 



que, no teniendo en sí, para el cadáver 

de aquel coloso espacio, 
dejó asomar, sobre la vasta tumba, 
miembro insepulto, el mundo americano. 

Sólo España, ¿quién más? sólo ella pudo, 

con paso temerario, 
luchar con lo fatal desconocido, 
despertar el abismo y provocarlo; 

llegarse a herir el lomo del desierto 

dormido en el regazo 
de la infinita soledad su madre, 
y en él clavar el pabellón cristiano; 

y resistir la convulsión suprema 
del monstruo aquél, al revolverse airado, 
sin que el pavor le acongojara el alma, 
ni el resistir le desarmara el bra2o. 

III 

En las torcidas calles del villorrio, 
la guarnición se ve diseminada: 

quién aguza en la piedra 

el hierro de su lanza, 

quién enluce un mohoso 

capacete, o remalla 
alguna vieja cota, o busca en vano 
sobre la gola encaje a la celada; 

quién las piezas ajusta 

de sus gastadas armas, 
espaldares o antiguas escarcelas, 
de coseletes varios arrancadas; 



i 



TABARÉ 



mientras allá, a la sombra 

tendido de una acacia, 
algún soldado arrulla sus recuerdos 
con un cantar querido de la patria. 

El brazo desfallece, 
sin que por eso desfallezca el alma, 
de aquellos hombres recios y velludos, 
que, para dar la postrimer lanzada, 

persiguen, y no encuentran, 
el corazón de la invencible raza, 
que prolonga el honor de su agonía, 
más allá de su vida legendaria. 

En el cobrizo pecho de algún indio 

postrado en la batalla, 
las escamas grabadas y arabescos 
se hallaron de las cotas y corazas 

de los blancos guerreros, que el charrúa, 

con fuerza extraordinaria, 
estrujaba en el nudo de sus brazos, 
que tan sólo la muerte desataba; 

y en los dientes de muchos, 
o en sus manos crispadas, 
trozos sangrientos de enemiga carne 
con vestigios de vida palpitaban; 

pero jamás un ruego, 
nunca una sola lágrima 



plegó los labios, ni anubló los ojos 
del dueño de las selvas uruguayas. 

[451 




JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



IV 

Sapican, el cacique más anciano, 

ya cayó en la batalla, 
después que por Garay, en la llanura, 
vio deshechas sus tribus más bizarras. 

Sopló la muerte, y apagó en sus ojos, 

sedientos de venganza, 
el último fulgor. Pero aun la muerte, 
desde aquellas pupilas amenaza, 

cuando las tribus, con clamor inmenso, 

del combate separan 
el cadáver, envuelto en los vapores 
de la caliente sangre que derrama. 

Murió; pero en la noche, cuando el astro 

no alumbra las barrancas, 
y se duermen las víboras, y agita 
solo el ñacurutú las lentas alas; 

cuando las sombras salen de los árboles, 

y con los vientos andan, 
y la nutria nadando cruza el río, 
y canta el grillo oculto entre las matas, 

el cacique aparece; lo ven siempre 

las tribus espantadas 
buscar en vano su arco entre los juncos, 
o su maza de pórfido en las aguas. 

Cuando, como jauría 

de lebreles con alas, 
vientos de tempestad cruzan rabiosos, 
aullando entre las ramas; 



146} 



TABARÉ 



cuando las nubes negras 

se ven amontonadas 
un momento, no más, sobre el relámpago 
que por el iondo de los cielos pasa, 

y las gotas de lluvia 

en las hojas restallan, 
y golpean el lomo de los tigres, 
que encandilados y encogidos braman, 

la sombra silenciosa 

cruza en los aires pálida, 
en medio al resplandor de la tormenta, 
que refleja en los ojos sin mirarla. 

Ésa es su frente estrecha, 

su cabellera lacia, 
y su salieme pómulo, y sus ojos 
pequeños, de pupila prolongada, 

al acecho dispuesta 

y a devorar distancias; 
a encenderse, a apagarse entre la sombra, 
y a comprinir relámpagos de rabia. 

El viento que, en su torno, 
los centenarios ñanduhats descuaja, 
no mueve ni un cabello del cacique, 
que a través de los árboles resbala; 

y si acaso dispersa 
los miembros de la sombra alguna ráfaga 
de los vientos del sur, vuelven al punto 
a reunirse y cobrar la forma humana. 



U7] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



El rayo no lo ofende, 
aunque a liarse a su cabeza vaya, 
o, silbando, en su cuerpo se retuerza, 
y lo ilumine con su lumbre cárdena. 

El indio sigue mudo, 
buscando siempre su guerrera maza, 
y a su paso los tigres se espeluznan, 
y las tribus se esconden espantadas. 

Las plumas erizando, 
dando graznidos, el fulgor apagan 
de sus redondos ojos las lechuzas, 
que huyen a guarecerse en las barrancas; 

hasta que, al oir el indio 
la primera canción que anuncia el alba, 
en el aire sutil pierde sus formas, 
se diluye en la luz, se va, o se apaga. 

V 

¡También Abayubá cayó en la lucha! 

Abayubá, a quien llaman 
en vano, con sus grandes alaridos, 
las tribus que el cacique acaudillaba. 

Era el joven amado 
del viejo Sapicán; con sus palabras 
encendía el valor de los charrúas, 
y con su paso y su actitud gallarda. 

Aun contaba sus fríos 
por sus manos, que, hiriendo con la maza, 
eran rudas y fuertes, como el viento 
que sopla al Uruguay desde las Pampas. 

148} 



TABARÉ 



¡Cómo cayó! Al sentirse 
pasado por el hierro de una lanza, 
trepó por ¿sta, hasta morir, cortando, 
con el diente afilado de la rabia, 

la rienda del caballo, en cuya grupa 

el español acaba 
con el pufi.il, la destructora brega 
que la ocupada lanza comenzara. 

VI 

¿Y Añagualpo el gigante, y Yandinoca? 

Tairbién sus sombras vagan 
en la noche sin lunas, y se envuelven 
en el triste vapor de las montañas. 

¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto. 
Buscaba en el combate la venganza 
de Abayubá, cuando del sueño frío 
sintió en los huesos la corriente helada. 

El fiero Magaluna, 
ligero como el tigre, se abalanza 
al cuello de l corcel del enemigo, 
al que los dientes y las uñas clava; 

se a^ta, grita, ruge, 
mientras el jinete el pecho le traspasa, 
sólo la muerte lo desprende, y, yerto, 
el cuerpo sólo se desploma, y calla. 

No solverá a tenderse 
el arco de algarrobo que ajustaba 
la mano de Yací, del joven indio 
que daba muerte al yacaré en las aguas; 

[49J 



4 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



no encenderá sus fuegos 
en los bosques del Hum, ni en sus barrancas, 
el valiente Terú; las sombras negras 
gimen, cuando se posan en sus armas. 

¡Maracopd y Abaroré no existen! 

¡Gualconda ya es esclava! 
Ya no reirá la esbelta Uropeya, 
la virgen más hermosa de la playa, 

hija del tiempo de los soles largos, 

que brillan en las ramas, 
cuando el botón del ceibo se revienta 
como urna de sangre. Por llevarla 

a sus toldos de pieles, muchos indios 

se hendieron con sus hachas; 
venció Yandubayú; pero la virgen 
en vano llora y ai cacique aguarda. 

Murió Yandubayú, ¡también ha muerto! 

Jamás en su piragua 
vendrá a buscar a Uropeya; nunca 
se oirá su voz en medio a la batalla. 

Los hijos valerosos 
de muchas indias, cuando no contaban 
haber visto diez veces hojas nuevas 
abrir en el penacho de las palmas, 

han caído en la lucha, 
dando débiles gritos de venganza; 
sus brazos no eran fuertes, y sus flechas 
eran temidas sólo de las gamas. 



£30] 



TABARÉ 



Los viejos que habían visto 
nacer la primer luna, y, en los talas 
en que hoy las uñas el leopardo afila, 
habían visto correr la primer savia, 

también hicieron arcos, 
y aguzaron las puntas de las lanzas, 
y fueron al combate lentamente, 
apoyados en ellas, o arrastrándolas. 

Y todos han caído, 
uno tras otro, en la desierta pampa; 
y nadie abrió sus párpados; la noche 
bajo de ellos quedó, la noche larga, 

triste, sin lunas, la del viento negro, 

en la que nunca aclara» 
Ya no se mueven los caciques indios, 
no encienden fuegos; para siempre callan . . . 

VII 

¡Héroes sin redención y sin historia, 

sin tumbas y sin lágrimas! 
¡Estirpe lentamente sumergida 
en la infinita soledad arcana! 

¡Lumbre expirante que apagó la aurora! 
3 Sombra desnuda, muerta entre las zarzas! 

Ni las manchas siquiera 
de vuestra sangre nuestra tierra guarda, 

¡Y aun viven los jaguares amarillos! 

¡Y aun sus cachorros maman! 
¡Y aun brotan las espinas que mordieron 
la piel cobriza de la extinta raza! 

£51] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¡Héroes sin redención y sin historia, 

sin tumbas y sin lágrimas! * 
Indómitos luchasteis . . . ¿Qué habéis sido? 
¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia? 

Como el pájaro canta en una ruina, 

el trovador levanta 
la trémula elegía indescifrable, 
que, a través de los árboles, resbala, 

cuando os siente pasar en las tinieblas, 

y tocar con las alas 
su cabeza, que entrega a los embates 
del viento secular de las montañas. 

Sombras desnudas, que pasáis de noche, 

en pálidas bandadas, 
goteando sangre, que, al tocar el suelo, 
como salvaje imprecación estalla: 

yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso 

mártires de una patria, 
monstruoso engendro a quien feroz la gloria 
para besarlo, el corazón arranca? 

Sois del abismo, en que la mente se hunde, 

confusa resonancia; 
un grito, articulado en el vacío, 
que muere sin nacer, que a nadie llama; 

pero algo sois. El trovador cristiano 
arroja, húmedo en lágrimas, 
un ramo de laurel en vuestro abismo. . . 
¡Por si mártires fuisteis de una patria! 



[52} 



CANTO SEGUNDO 



I 

¿Qué queda entonces de la tribu errante 
del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza? 
Aun resta su agonía; asida al suelo, 
la fiera agita la convulsa zarpa. 

Quedan indios aún para la muerte, 
que cautelosos por los bosques andan, 
cual rebaños de tigres, que, en el pueblo, 
siempre encendidas, las pupilas clavan. 

De noche, por las lomas o entre el bosque, 
como gritos de luz, se ven las llamas 
de señales charrúas que se cruzan, 
se avivan, se repiten o se apagan; 

y alguna vez, el temeroso aullido 
que algún consejo al terminar levanta, 
al pueblo llega, en ráfagas del aire, 
como rumor de tempestad lejana. 

Un temor imprevisto y repentino 
entonces suele atravesar las mallas; 
los soldados se miran, y suspenden 
la ardiente relación de sus hazañas; 



[53} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



parece que» en los labios animados, 
tropezase un momento la palabra; 
mas pronto, cuando advierten con despecho, 
que, sin quererlo, ha vacilado el alma, 

las risas y burlescas maldiciones 
en el silencio momentáneo estallan, 
y, al amor de la lumbre, se reanuda 
con nuevo ardor la interrumpida plática. 

II 

Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro, 

es jefe de la plaza; 
la cimera encarnada de su yelmo 
marcó siempre el peligro en la batalla; 

olvidó muchas veces, en la lucha, 

el toque a retirada; 
era noble y valiente, noble y bueno, 
bueno y celoso de su estirpe hidalga. 

III 

¿Por qué el valiente aventurero trajo 
consigo a Doña Luz la castellana, 
y a su mujer expone a los peligros 
que ambicionó para lustrar sus armas? 

¿Qué hace a su lado, qué hace de sus días, 
en esta vasta soledad, qué aguarda 
esa otra niña, la jde tez morena, 
Blanca, la hermosa, la inocente Blanca? 

154) 



TABARÉ 



¿Para quién brillan esos ojos negros, 
profundos hasta el alma, 
en que la luz del sol de Andalucía 
rillo de estrellas presta a las miradas? 

Exprimió el mismo seno que Gonzalo; 
lloró la misma madre, y solitaria, 

riendo con el cielo, 
en que su madre se perdió llamándola, 

quedó en el mundo, sin más sombra amiga 
que la armadura de su hermano hidalga; 
allí recuerda su niñez reciente, 
y espera el porvenir allí sentada, 

¿Qué impulso los condujo 
a la salvaje tierra americana? 
¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso 
que une las notas que en el aire vagan, 

en prolongado acorde 

de transparentes arpas, 
que suenan en el viento, en los recuerdos, 
en los vagos crepúsculos del alma; 

que, en las noches serenas, 
y en los rayos de luna columpiadas, 
se acercan, y se alejan, y, en los aires, 
las lentas trovas del dolor ensayan; 

ese impulso secreto 

que, aun de entre las lágrimas, 
hace brotar a veces las sonrisas, 
como luces que rielan en las aguas; 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



que el polen encendido 
lleva de palma a palma, 
y hace nacer los lirios en las tumbas, 
y en el dolor abriga la esperanza. 

Quizá la niña, en cuyos grandes ojos 

se mueven las miradas 
como insectos de luz aprisionados 
en urnas de cristal negras y diáfanas, 

allí, en la tierra en que una raza expira, 

es la nota con alas 
que, mezclada a un acorde moribundo, 
de gritos de dolor hará plegarias. 

El Uruguay, al verla en sus orillas, 

palpitaba en sus aguas, 
y temblaba en los juncos, y en la arena 
dejaba notas, quejas y palabras. 

El astro que pasea las colinas, 
con su abierta mirada 
seguía a la española, que, en la tarde, 
paseaba tristemente por la playa; 

y buscaba sus ojos cuando, sola, 

sentada en la barranca, 
quedaba confundida en las tinieblas 
que sus líneas esbeltas esfumaban. 

Parece que este mundo americano 

a aquella niña aguarda, 
porque en sus ojos brillen sus estrellas, 
porque su viento pueda acariciarla; 



[56} 



TABARÉ 



porque sus flores tengan quien recoja 

la esencia de sus almas, 
y las corrientes de sus grandes ríos 
quien oiga y sienta sus canciones vagas. 



IV 

Era una hermosa tarde; 
huía la sonrisa de los cielos 
en los labios del sol, que la llevaba 
a iluminar la faz de otro hemisferio. 

De su excursión al bosque 
tornan Gonzalo y diez arcabuceros. 
Fue eficaz la batida: un grupo de indios 
viene sombrío, caminando entre ellos. 

Otros muchos quedaron 
tendidos en el campo; el viento fresco 
la sangre orea en las hispanas armas, 
y en la piel de los indios prisioneros. 



No son tigres, aunque algo 

del ademán siniestro 
del dueño de las selvas se refleja 
en el andar de aquellos hombres. Vedlos. 

Son el hombre-charrúa, 

la sangre del desierto, 
¡La desgraciada estirpe, que agoniza, 
sin hogar en la tierra ni en el cielo! 

[573 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Se estrechan, se revuelven, 
las frentes sobre el pecho, 
en los ojos obscuros el abismo, 
y en el abismo luz, luz y misterio. 

Parece que, en el fondo 
de esos ojos, a intervalos, 
un monstruo luminoso se moviera, 
sus anjllos flexibles revolviendo; 

con rápidos espasmos 
se sacuden sus miembros; 
sus músculos, elásticos y duros, 
al salto y la carreta están dispuestos; 

la sangre apresurada 

circula bajo de ellos, 
como corre callado, entre las breñas 
un rebaño de fieras que va huyendo; 

no hay en su rostro inmóvil 
ni siquiera un reflejo 
del espíritu extraño y concentrado 
que, al parecer, lo anima desde lejos; 

se advierte en su mirada 

un constante ^recelo, 
y una impasible languidez, que tiene 
algo de triste, mucho de siniestro. 

Son esbeltas sus formas, 
duros sus movimientos, 
la tez cobriza, el pómulo saliente, 
negros los ojos, como el odio negros. 

Í5S) 



TABARÉ 



Sobre los fuertes hombros 

se derrama el cabello, 
en crenchas lacias, rígidas y obscuras, 
que enlutan más aquel huraño aspecto; 

pupila prolongada 
que prolongó el acecho; 
dilatada nariz, y estrecha frente 
a que se ajusta, enhiesto, 

un erizado matorral de plumas 

de colores diversos, 
que parecen brotar de la cabeza, 
como brotan de un tronco los renuevos. 

Jamás mira de frente; 
jamás alza la voz, muere en silencio; 
jamás un signo de dolor se posa 
entre sus labios pálidos y gruesos. 

Ni aun el suplicio borra 
su ademán de desprecio; 
sólo el combate, en su fragor, arranca 
estridente alarido de su pecho. 

Entonces, semejantes 
a los colmillos del jaguar sediento, 
brillan, entre los labios taladrados, 
los dientes blancos, con horrible gesto. 

Son el hombre-charrúa) 

la sangre del desierto, 
la desgraciada estirpe que agoniza, 
sin hogar en la tierra ni en el cielo. 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



V 

El grupo de indios, como viva masa 

de apeñuscados cuerpos, 
adelanta, rodeado de arcabuces, 
entre las casas del pajizo pueblo. 

Salen de sus viviendas las mujeres 

y los hombres a verlos; 
ni una impresión se nota en sus semblantes: 
todos caminan impasibles, fieros. 

Ah, . . todos nó; no todos. ¿Quién es ese 

que se detiene trémulo? 
¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda» 
¿Qué hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo? 

¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas 

a ese organismo esbelto? 
Hay en su cráneo hogar para la idea, 
hay espacio en su frente para el genio. 

Esa línea es charrúa; esa otra. , . humana. 

Ese mirar es tierno. . . 
¿No hay, en el fondo de esos ojos claros, 
un ser oculto con los ojos negros? 

La blanda piel de un tigre 

ha ceñido a su cuerpo; 
no se ha pintado el rostro, ni en su labio 
ha atravesado el signo del guerrero. 

Es pálido, muy triste; en su semblante 

y en su azorado aspecto, 

hay algo misterioso 
que inspira amor, o desazón, o duelo. 



[60} 



TABARÉ 



¿Por qué se ha desprendido de su grupo? 

¿Se ha apoderado un vértigo 
de ese salvaje enfermo, que venía 
entre los otros indios prisionero? 

La onda de un suspiro 
se ha notado quizá sobre su pecho, 
y se hubiera creído, al observarlo, 
que ha roto entre los dientes un lamento. 

No es ira, no es encono, ¿qué es entonces 
ese temblor extraño de sus miembros? 
¡Así sacude su prisión el alma 
cuando estallan en ella los recuerdos! 

VI 

Es que Blanca, al pasar, lo está mirando 

con inocente empeño, 
y él clava en ella los azules ojos, 
cual poseído de un pavor intenso. 

La mira absorto, fijo, con el labio 

inmóvil y entreabierto; 
parece interrogar algo invisible, 
a sí mismo, a su sombra, a su recuerdo. 

Diríase que alumbra sus pupilas 

el cercano reflejo 
de algo como una aparición radiosa, 
sensible sólo para el indio enfermo, 

y por la lumbre intensa de una idea 

que viene desde adentro; 
que arde en el alma, y llega hasta los ojos, 
y con la otra visión se funde en ellos. 



[61] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Esperando a Gonzalo, estaba Blanca 
en el umbral de su morada; al verlo, 
corrió hacia él, y distinguió al salvaje 
que allí venía entre los otros presos . • . 

Ved cómo tiembla el indio 
de ojos extraños de color de cielo . . . 
Blanca esa noche se encontró llorando, 
al acordarse del salvaje enfermo. 

VII 

Cayó una flor al río. 
Los temblorosos circuios concéntricos 
balancearon los verdes camalotes, 
y entre los brazos del juncal murieron. 

Las grietas del sepulcro 
han engendrado un lirio amarillento. 
Guarda el perfume de la flor caída. 

La flor no existe: ha muerto. 

Así el himno cantaban 

los desmayados ecos; 
así lloraba el urutí en las ceibas, 
y se quejaba en el sau2al el viento. 

VIII 

¿Quién es ese charrúa que suspira? 

¿Quién es el prisionero 
que es capaz de alumbrar, con luz del alma, 
esos su ojos de color de cielo? 



{62} 



TABARÉ 



Tabaré lo apellidan los charrúas, 

o el btjo de los ceibos. . „ 
Hijo de mi dolor, una española 
le decía llorando, ha mucho tiempo. 



Las grietas del sepulcro 
han engendrado un lirio amarillento; 
tiene el hálito triste de la muerte, 
su extrema palidez y su misterio. 

IX 

El pánico del indio 

duró sólo un momento; 
sombrío, confundido entre los otros, 
se ha alejado de Blanca; pero entre ellos, 

entre el grupo cobrizo, se destacan 

las líneas de su cuerpo, 
de una amarilla palidez, La niña 
lo sigue con los ojos largo tiempo. 



X 

— ¿Quién es, Gonzalo, ese indio que trajiste, 

el de la frente pálida, 
que me miró de un modo tan extraño 
cuando venía entre tus hombres de armas? 

¿Está enfermo? ¿Qué tiene? 

¡Me ha dado tanta lástima! 

¿Qué tiene en esos ojos? 
¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? 



{63} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



— ¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio, 

todo misterio, Blanca. 
Al cruzar aquel bosque, lo encontramos 
en actitud de duelo o de plegaria. 

Y es el mismo, lo es, estoy seguro, 
que he visto, en las batallas, 
reir con el peligro y con la muerte, 
bravo como el aliento de su raza. 

¡Y qué! ¿Tiene algún crimen? 
¿No lucha por su hogar y por su patria? 
¿No defiende la tierra en que ha nacido, 
la libertad que el español le arranca? 

Cuando a él nos llegamos, 
no sintió nuestros pasos a su espalda, 
ni demostró sorpresa, al verse solo, 
rodeado de arcabuces y de adargas. 

Tendrá el pueblo por cárcel . . . 

Él ha de respetarla. 
Yo probaré, en ese hombre, si se encuentra 
capaz de redención su heroica raza. 

¡Qué! ¿Sólo duelo y muerte 
ha de obtener América de España? 
¡La sangre de esos hijos del desierto, 
más que el orín, deslustra nuestras armas! 

— Gonzalo, no te olvides 
de la española sangre derramada, 
le dijo doña Luz; esos salvajes 
hombres no son; la redención cristiana 

{64] 



i 



TABARÉ 



no alcanza a redimirlos, 
pues para ellos no fue: no tienen alma; 
no son hijos de Adán, no son, Gonzalo; 
esta estirpe feroz no es raza humana. 



XI 

Duermen los indios prisioneros; duermen 
tendidos en el suelo, como masa 
de bronce, que se mueve y que palpita, 
con aliento vital en las entrañas. 

Sobre aquellas cabezas, que, en los brazos, 
y entre cabellos rígidos descansan, 
no se siente pasar un solo ensueño; 
nada invisible por los aires anda. 

Pero, entre el grupo de dormidos cuerpos, 
despierta una figura se destaca, 
inmóvil, con los ojos encendidos, 
clavada en el vacío la mirada. 

Las horas, una a una, k encontraron, 

como una sombra vana: 
la vio la noche, la abrazó el insomnio, 
y así la halló la claridad del alba. 



{65] 



CANTO TERCERO 



I 

Ahí va . . . callado, cual lo miran siempre 

discurrir por el pueblo: 
extraño, taciturno. El indio loco 
le llaman los soldados; pero, al verlo 

pasar entre ellos pálido, absorbido, 

lo miran en silencio, 
lo siguen con los ojos, y, mostrándose 
ai salvaje entre sí, dicen: ¿Qué es esto? 

— ¿Qué dices tú? 

— Que es loco rematado, 
a estar a lo que veo. 
— Rematado, bien dicho; ved sus ojos; 
ese indio tiene barajado el seso. 

— Moscardón que no gruñe se me antoja 

en sus mudos paseos. 
— ¡Y parece que sufre! 

— ;Ca! Esa gente 
no es capaz de dolor . . . ¡muere en silencio! 

Ved qué pálido está, qué desmayado. 

Sus pasos son inciertos; 
parece que su cuello no pudiera 
sostener la cabeza por el peso. 



166] 



TABARÉ 



— Es que algo habrá perdido, 

y piensa que ha de hallarlo por el suelo. 

— ¡Y también en el aire! 

— ¡Cierto! El loco 
anda buscando en él pájaros negros. 

—¿Y si os dijera que ese insano duerme 

con los ojos abiertos? 
—¡Oiga! 

— Coma os lo digo. Lo he observado 
más de una noche, y me asustó su aspecto. 

¡Si parece un cadáver que nos mira! 

— ¿Tendrá el diablo en el cuerpo? 
— Todo es posible» Si, en las altas horas, 
vais a observar los indios allá dentro, 

entre el grupo cobrizo, allí entregado 

a su profundo sueño, 
siempre tropezará vuestra mirada 
con dos ojos diabólicos, despiertos. 

Son los de ese indio; no se cierran nunca; 

sentado, inmóvil, yerto, 
lo veréis siempre, hasta en la media noche, 
tal cual lo estamos ahora mismo viendo. 

" *í -* 

— Loco, no hay más. 

— O poseído acaso. 
— ¿Qué dices? ¿Le hablaremos? 
— Háblale tú, que entiendes de latines, 
a ver si te contesta. 

— No lo creo. 

[67] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Un mes hace que vive entre nosotros; 

ni su voz conocemos. 
— ¿No será mudo? 

— Nó: con Fray Esteban 
ha hablado alguna vez, según entiendo. 

— Vedlo, allá va; cuando en aquella loma 

aparezca el lucero, 
frente a nosotros pasará de vuelta; 
puedes salirle entonces al encuentro. 

— Pero háblale con tino, con mesura; 

cuida de no ofenderlo; 
sabes que el capitán tiene ordenado 
que al Señor Don Charrúa no irritemos» 

— ¿No es aquella la hermosa Doña Blanca? 

— La misma* El prisionero 
va a pasar a su lado. 

— ¡Ved qué hermosa! 
Todo lo alumbra con sus ojos negros. 



II 

Tabaré sigue; se detiene a veces> 

cual si escuchara atento; 
sumerge la mirada en los espacios, 
o la revuelve en torno coa recelo. 

Inclina nuevamente la cabeza, 
y sigue a paso incierto, 
como el que va temiendo, a cada instante, 
ser sorprendido por oculto riesgo. 



TABARÉ 



Blanca lo observa; sigue del charrúa 

los tristes movimientos; 
espera la ocasión de ver sus ojos, 
pues sabe que algo ha de encontrar en ellos; 

Pero es en vano; el prisionero pasa, 
sin mirarla jamás, nublado el ceño, 
y, al cruzar frente a ella, se apresura, 
y se aleja temblando, casi huyendo. 

Es que cierra los ojos, y, no obstante, 
ve su forma flotar, entre los velos 
de una aurora confusa, muy remota, 
que ilumina el nacer de sus recuerdos. 

¿Es ella la que flota en su pasado? 
¿Es la blanca visión de sus ensueños? 
A una mujer tan blanca como aquélla 
oyó cantar los cánticos maternos. 

El indio siente confusión ignota; 

vacila, tiene miedo; 
busca a la nifia, y huye al encontrarla; 
huye de la ilusión y del misterio. 



III 

Así pasaba Tabaré aquel día 
frente a la virgen, que, con dulce acento,' 
¡Vaya el indio con Dios! ¿Por qué así corre? 
dijo por fin, ¿me tiene acaso miedo? 



[691 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Él se detuvo, sin alzar la frente, 
cual llamado a lo lejos; 
cual si la vo2 tardara largo espacio 
en ir, desde el oído, al pensamiento. 

Y allí fijo quedó, como tocado 

por un conjuro; trémulo, 
como el corcel que, en su carrera, escucha 
el bramido del tigre en el desierto. 

Así como una piedra, 
al fondo del abismo descendiendo, 
despierta temerosas resonancias, 
voces lejanas, quejas y lamentos, 

la voz de la española 
descendió al alma del salvaje enfermo, 
y en el abismo despertó la vida, 
la queja, el grito del dolor y el tiempo. 

El indio alzó la frente; miró a Blanca 
de un modo fijo, iluminado, intenso. 
Había, en su actitud indescifrable, 
terror, adoración, reproche, ruego. 

IV 

" — ¡Tú hablas al indio! ¡Tú, que de las lunas 

tienes la claridad! 
¿Por qué lo hieres con tu voz tranquila, 
tranquila como el canto del sabtá? 

Si tienes, en los ojos, de las lunas 

la transparente luz, 
¿por qué tu alma para el indio es negra, 
negra como las plumas del urú? 



170] 



TABARÉ 



¿Por qué lo hieres en el alma obscura? 

¡Deja al indio morir! 
Tú tienes odio negro para el indio, 
para el triste cacique guaraní'*. 

Blanca sintió una lágrima en los ojos, 
y una amargura insólita en el pecho. 
— Yo no tengo odio para ti, charrúa, 
dijo al cacique, con acento ingenuo. 

Las pupilas azules del salvaje 
brillaban asombradas; en sus nervios 
vibraba el alma. Tabaré sentía 
el abismo sonar en su cerebro. 

Habla por vez primera a la española; 
sus palabras, sin orden ni concierto, 
brotan de entre sus labios, como informe 
tropel de sombras, luces y reflejos: 

n — ¡Oh, sí! Yo sé que acechas 

mis horas de dolor; 
sé que remedas alas de jilgueros 

donde yo estoy. 

Yo sé que tú el secreto 
conoces de mi sér, 
y sé que tú te escondes en las nieblas . . . 
¡Todo lo sé! 

Que gimes en el viento, 
que nadas en la luz, 
que ríes en la risa de las aguas 
del Iguazá; 



[71] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



que miras en las altas 
hogueras de Tupa, 
y en las lunas de fuego, fugitivas, 
que brillan al pasar. 

Tú, como el algarrobo, 
sueño das a beber; 
y das la sombra hermosa que envenena, 
como el ahué. 

Yo, temiendo tu sombra, 
tiemblo y huyo de ti, 
y tú, en el despertar de mis memorias, 

vas tras de mí. 

Mis nervios, que eran fuertes, 
fuertes cual ñandubay, 
blandos como el retoño más temprano 

del ombú están. . . 

No ha pasado una luna 
después que yo te vi . . . 
¡Mira cómo está enfermo el indio bravo, 
sólo por ti!" 

La súplica, el reproche, 
la imprecación, el ruego, 
se sucedían en la voz del indio, 
y en su ademán nervioso y altanero; 

él, que se había alejado, 
con la frente inclinada sobre el pecho, 
como impulsado por interna fuerza, 
hacia la niña se volvió de nuevo; 

[72] 



TABARE 



la miró un breve espacio, 
y señaló sus ojos con el dedo, 
cual si, del fondo obscuro de su alma, 
envuelto en luz, brotara un pensamiento. 

" — Era así como tu. . . blanca y hermosa; 

era así. . . como tú, 
miraba con tus ojos, y en tu vida 
puso su luz; 

yo la vi, sobre el cerro de las sombras, 

pálida y sin color; 
el indio niño no besó a su madre . . . 

¡No la lloró! 

Las avispas de fuego de las nubes, 

ellas brillaron más; 
pero el hogar del indio se apagaba, 

su dulce hogar. 

Han pasado más fríos que dos veces 
mis manos y mis pies. . . 

Sólo en las horas lentas yo la veo, 
como cuerpo que fue. 

Hoy vive en tu mirada transparente, 

y en el espacio azul . . . 
Era así como tú, la madre mía, 
blanca y hermosa..» ¡pero no eres tú!". 



Por ocultar el llanto 
que, sin mojar sus párpados, acerbo 
como lluvia de hiél, se derramaba, 
y empapaba del indio los recuerdos, 

[73] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



el infeliz charrúa, 
en convulso y mortal desasosiego, 
se alejaba sombrío, y se volvía 
a la española, en ademán violento: 

— Así, como tu mano, 
blanca como la flor del guayacán, 
es la que he visto en la batalla siempre 
mi sudorosa frente refrescar. 

La misma mano blanca 
de mi desnudo pecho separó 
el rayo que arrojaban tus hermanos, 
más rápido que el vuelo del halcón; 

la he visto, entre los dedos, 
romper la flecha que a esconder llegó 
en mis venas el sueño de las sombras, 
ese pálido sueño del dolor . . . 



Pero. . . i no era la tuya' 
era otra aquella mano ;no es verdad? 
¡Di le al charrúa que esos ojos tuyos 
no son los que en sus sueños ve flotar! 

Düe que no es tu raza 
la que vierte esa tenue claridad 
que, en el alma del indio, reproduce 
aquella luz de su extinguido hogar; 

aquella luz que el astro de los muertos 

nunca sabrá copiar, 
más pura que el reír de las mañanas, 
y el llorar de las tardes, ¡mucho más! 



174) 



TABARÉ 



Oh, nó, tú eres la sombra . , . 

Tú no vives la vida como yo. 
¿Por qué has dé arrebatarme mis recuerdos 
y vestirte ante mí de su color? 

¡Déjame! ¡No me sigas! 

¿No sientes? ¿No lo ves? 
¡El corazón del indio está muy negro! 
¡Triste como la sombra del obué! 



V 

Con movimiento brusco, 
se ha separado de la niña el indio, 
volviendo la cabeza, cual si huyera 
temiendo la agresión de un enemigo. 

Un eco largo y triste 
quedó de Blanca en el absorto oído. 
Tabaré atravesó entre los soldados. 
Ninguno lo detuvo en su camino. 

Ella siguió con pena, 
con los ojos, al indio fugitivo. 
Aquel extraño sér en sí tenía 
la atracción de lo obscuro. Era el abismo. 

VI 

En ese estado en que, movida el alma 
por fuerza superior, en lo infinito 
medita, sin conciencia de sus actos, 
como otro yo de nuestro sér distinto; 

(75} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



y conoce los hijos de regiones 

en que vaga desnuda de sentidos, 

sin traernos, de vuelta de su viaje, 

nada que de otros mundos nos dé indicios; 

y al despertar la sensación de nuevo, 
rompe de un sueño el transparente hilo, 
quedó la niña, hasta que oyó a su espalda 
que alguien decía: — ¿Qué te hablaba el indio? 

— ¿El indio? . , . Nada. ¿En qué estaba pensando? 

¡Ah! Luz, no te había visto. 
¿Qué me dijistes? ♦ . . Ahora lo recuerdo; 

nada, nada me dijo. 

Y agregó Doña Luz: — ¡Pero aquí hablando 

lo hemos visto contigo! 
y Blanca: — ¿Sabes, Luz, que ese salvaje 
amó a su madre? Él mismo me lo ha dicho. 

— ¿Y no le temes, Blanca? 
— ¡Temerle! Puede sen Lo que al oirlo 
mi espíritu sintió, fue un algo raro, 
muy parecido al miedo de los niños. 



Con terror, la mirada 
clavó en su hermana, Doña Luz. 

¿Qué ha visto 
o creído advertir en sus pupilas? . . . 
le aconsejó que huyese de aquel indio. 



C76] 



CANTO CUARTO 



I 

En la limpia armadura 
de un grupo de guerreros, 
dejaba el sol, al trasponer las lomas, 
su resplandor postrero. 

Las flotantes cimeras 
de los ferrados yelmos, 
al viento de la tarde, se agitaban, 
con blando movimiento. 

Como españoles, bravos, 

como soldados, crédulos, 
siempre el brazo a la lucha apercibido, 
y el alma a las consejas y a los cuentos, 

los del corro escuchaban 

a un camarada viejo, 
en su adarga los unos apoyados, 
y sentados los otros en el suelo. 

II 

— ¿Dices que es un fantasma 
eso que anda de noche por el pueblo? 
— No es otra cosa, a mi sentir: la sombra 

de algún cacique muerto. 

£77} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



— Que es un indio, no hay duda; 
lleva en la frente plumas, y su cuerpo . . . 

— ¡Su cuerpo! ¿Acaso piensas 
que esa sombra impalpable ha de tenerlo? 

— ¡Será posible! 

— ¡Y tanto! 

No es el primer espectro 
que, haciendo yo la guardia en los bastiones, 
se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo. 

La noche en que Garay venció a los indios 
en aquel llano que se ve a lo lejos, 

vi muchas de esas sombras 
que cruzaban gimiendo entre los muertos. 

La flor y nata de indios y caciques 
cayó en el lance aquel. ¡Si los espectros 
no se hubieran entonces presentado, 
no sé cuándo lo hicieran, voto al cielo! 

No es de extrañar, por ende, 
que ese fantasma que de noche vemos, 
viniera a presagiar ruinas o males, 
y es fuerza le arranquemos su secreto. 



ni 

Más que con los oídos, 
con los ojos oyeron 
los soldados absortos, las consejas 
del camarada viejo; 



[78] 



TABARÉ 



no quisieron los unos 
habérselas con muertos; 
pero los más serenos y esforzados, 
no sin algún recelo, 

en velar esa noche 
se pusieron de acuerdo, 
para tender una emboscada heroica 
al vagabundo espectro. 

IV 

El último soldado 
de los que por las calles discurrieron, 
se perdió en la penumbra de las chozas 

del villorrio desierto. 

Cayó la noche, y embozado en ella 
quedó San Salvador. El viejo Tiempo 
sobre las altas horas se adelanta, 
con paso soñoliento. 

Todos duermen: las aves en el nido, 

los niños en el cielo, 

en las cunas los ángeles, 
y en las ramas inmóviles el viento. 

Sólo vela el soldado 
que está de guardia en el bastión del pueblo, 
y algún perro que ladra, se levanta, 
y sobre el musgo tiéndese gruñendo* 

Tranquila está la noche; las estrellas 

se ven brillar muy lejos; 
como una sombra que entre ruinas anda, 
la luna entre las nubes va en silencio. 



[79] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



V 



Alguien también está, sin duda, en vela, 

allá, en un aposento 
de la casa del jefe, en cuyos vidrios 
se proyecta una sombra por intérvalos. 

Es la del Padre Esteban, 
encarnación de aquellos misioneros 
que, del reguero de su sangre, hacían 
la primer senda en medio del desierto, 

y marcaban el sitio 
hasta el cual penetraba el Evangelio, 
, con el cadáver, solo y mutilado, 
de algún mártir sin nombre y sin recuerdo. 

La lumbre, en las paredes 

del aposento estrecho, 
dibujaba, con mano temblorosa, 
las formas sin color de los objetos; 

y la negra silueta 
del pensativo monje, sobre el suelo, 
obediente a la luz, se estremecía 
con un imperceptible movimiento. 

Meditaba el anciano 

los destinos secretos 
de aquella pobre raza moribunda 
que el abismo atraía hacia su seno. 

Miraba el Crucifijo, 
símbolo y prenda del amor eterno; 



y a su labio expirante y entreabierto, 




[80] 



TABARÉ 



y entonces recordaba 
al indio de ojos de color de cielo; 
miraba en él su estirpe redimida, 
y el clarear de un horizonte nuevo. 

Quizá advirtió en la frente del salvaje 

el imborrable sello 
del bautismo del bosque; en su alma, acaso 
vio brillar algo vacilante y trémulo. 

¡Cuántas veces, sentado 
junto al indio infeliz, de sus recuerdos 
el enjambre dormido despertaba, 
con sólo una palabra o un consejo! 

¡Cuántas veces, el indio 
la mirada clavó en el misionero, 
pugnando por secar, entre los párpados, 
gotas de llanto, con esfuerzo interno, 

y bebió sus palabras, 

inmóvil y suspenso, 
cuando su oído absorto recogía, 
como un recuerdo, los cristianos rezos! 

Cuando el Padre, mostrándole la altura, 
le hablaba de una madre que tenemos, 
los hombres todos, madre de los indios, 
Madre de Dios, amparo de los buenos, 

Tabaré se agitaba, 
se incorporaba, y del anciano al cielo, 
y del cielo al anciano, escrutadoras, 
pasaban sus miradas. En el viejo 

[81] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



por fin ponía los azules ojos, 

con triste desaliento, 
y, hundiendo la cabeza entre los brazos, 
se tendía clamando: ¡No la encuentrol 



El fraile meditaba, meditaba 
con desolado empeño. 
Cuando creía su ilusión cumplida, 
tocaba lo imposible y el misterio. 

VI 

De pronto, penetró por la ventana 

algo como un lamento 
que el monje ya otras noches había oído, 
a una vana ilusión atribuyéndolo; 

pero en aquella noche, claramente 

al oírlo de nuevo, 
se llegó a la ventana presuroso, 

y la abrió con estrépito. 

Una sombra medrosa, entre los árboles, 

se levantó del suelo, 
y, esquivando la lufc, huyó hacia el río, 
como empujada por extraño vértigo. 

Las plumas de la frente, 

movidas por el viento, 
denunciaron la forma de un charrúa, 
que conoció al instante el misionero. 

Miró a la alcoba en que dormía Blanca, 

miró en seguida al cielo, 
y una oración cruzó, sin hacer sombra, 
la inmensa soledad del firmamento. 

[82} 



TABARÉ 



¿Quién es ese charrúa? Es el fantasma 
que han visto los guerreros, 

7 que acertaron al mirar en ella 
una sombra, un espectro: 

es Tabaré que, cuando todo duerme, 

huye de sus ensueños; 
vaga en lo obscuro, huyendo de sí mismo, 
y llevando la fiebre en el cerebro, 

hasta caer, guiado, noche a noche, 

por un instinto ciego, 
allí, frente a la casa de Gonzalo, 
donde hasta el alba permanece yerto. 

De la casa del ¡efe 

tendido junto al cerco, 
¡cuántas noches lloraron su rocío 
de aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo! 

Allí el ñacurutú lo contemplaba, 

con los ojos de fuego, 
y, sin temor, las alas agitando, 
muy cerca de él, pasaba el teru-tero. 

Allí el aire del río 

penetraba en sus huesos, 
y la luz de la luna lo miraba 
con amor impotente desde el cielo. 

Allí estaba, la noche 
en que oyó el Padre Esteban su lamento, 
y, al verse sorprendido, huyó sin rumbo, 
sobrecogido de un pavor intenso. 



(831 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



De su amor imposible, 
de su desconocido sentimiento 
volaba ante la sombra, que sentía 
correr tras él, asida a sus cabellos; 

las carnes erizadas, 
temblorosos y rígidos los miembros, 
dilatadas y ardientes las pupilas, 
corría, tropezando y sin aliento. 

Las sombras de los árboles, 
que la luna trazaba sobre el suelo; 
las zarzas, que sus pies ensangrentados 
mordían, al romperse con estrépito; 

los ladridos agudos 
de los perros despiertos; 
las aves que, a su paso, levantaban, 
de aquí y de allá, su sonoroso vuelo; 

todo atronaba el exaltado oído, 
todo enconaba el vértigo 
de Tabaré el charrúa, que seguía 
su carrera sin rumbo y sin objeto. 

VII 

Los soldados que el golpe concertaron, 
a su paso febril se interpusieron, 
asestando sus picas y arcabuces 
a su desnudo pecho. 

Los dilatados ojos 
clavó el salvaje en ellos, 
escondido en la sombra proyectada 
por un grupo de ceibos. 



(84] 



TABARÉ 



La fiebre le oprimía la cabeza 
con los dedos de acero, 
y un temblor convulsivo sacudía 
sus ateridos miembros. 

— ¡Dinos quién eres! 

— ¡Háblanos! 
— Si eres fantasma bueno, 
¡habla, en nombre de Dios! 

— SÍ no respondes, 
espíritu infernal te juzgaremos! 

— ¡Dale tu con la lanza, 

veremos si habla; hiérelo! 
Y, por si fuere espíritu maligno, 
el signo de la cruz haz en el hierro. 

— Cuida que no te esquive, 

porque mucho me temo 
que nos haga cegar. Este fantasma, 
al irse o estallar, puede ofendemos. 

— ¡Cá! No tiene bastante 
potestad para eso. 
¿No ves que está temblando? ¿No lo sientes? 
¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo! 



Cual tigre acorralado, 
volvía el indio su mirar de fuego, 

todo el furor salvaje 
sintiendo en su alma y en sus duros nervios; 



185} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



y el asta de la lanza 

dirigida a su pecho, 
como por un zarpazo arrebatada, 
crujió, y saltó, en astillas, de sus dedos. 

Aunque el asombro embarga a los soldados, 

no vacilan por ello, 
y, con creciente ardor, sus alabardas 
buscan herir al infernal engendro. 

El indio, sacudido por la fiebre, 

siente que ya su cuerpo 
va a desplomarse, pues sus piernas trémulas 

se doblan a su peso, 

cuando, a espaldas del grupo, 
clamó una voz cansada: ¡Quedos! ¡Quedos! 
Y con la frente cana descubierta, 
se vio llegar jadeante al misionero. 

Se abrió paso hasta el indio, 
tendiéndole los brazos; éste, al verlo, 
se aferró a su sayal, dobló la frente, 
y en tierra dio con su extenuado cuerpo. 



VIII 

Del seno de una nube, 
sus desflocadas orlas encendiendo, 
salió la luna, que alumbró piadosa 
la yerta faz del infeliz enfermo. 



{86} 



TABARÉ 



—¡Tabaré! prorrumpieron los soldados» 
— ¡El indio de los ceibos! 

— ¡El indio loco! 

— ¡El de los ojos verdes! 
— ¡El fantasma del cuento! 



El fraile, la cabeza 
de Tabaré apoyó sobre su pecho . . . 
¡Los soldados entonces se engañaban, 
al creer que el indio aquel ... no era un espectro! 



t87} 



CANTO QUINTO 



I 

Desléida en las tintas de la aurora, 
se ha disuelto la luz de las estrellas; 

la risa de los cielos 
ha despertado el himno de la tierra. 

El ombú, solitario de las lomas, 
la copa verde apenas balancea; 

el sauce besa al río, 
y el talle esbelto cimbran las palmeras. 

El carnoso ropaje verdinegro 
sacude el canelón de las riberas; 

la flor del camalote, 
morada y blanca, en la corriente juega. 

Como gotas de sangre que sonríen, 
las margaritas rojas se despiertan, 

despiertan las azules, 
y esas hijas sin nombre de la yerba, 

de un amarillo y blanco deslumbrantes, 

que, en el campo, se cuentan 
como, en las claras noches de diciembre, 
se cuentan en el cielo las estrellas. 



TABARÉ 



Todas las hojas brillan; una savia 

joven y turbulenta 
circula por las cañas y los juncos, 
da ternura a los brazos de la yedra, 

desabrocha las flores de los talas, 

del guaviyú y la cetba, 
y alegra el corazón de los palmares, 
y los estambres húmedos revienta. 

Los cardos, agrupados o dispersos, 

levantan las cabezas, 
con las corolas frescas, muy azules, 
sobre el tallo espinoso descubiertas; 

y, cual ropas tendidas por la noche 

a secar en la arena, 
desparramados vense, entre espadañas, 
flamencos, y gaviotas, y cigüeñas. 

De dos en dos, dispersos y pesados, 

o en obscuras hileras, 
se posan en la orilla los chajaes, 
lanzando a ratos su estridente queja. 

Pasea cadenciosa, entre los juncos, 
con su rítmico andar, la garza esbelta, 
o asoma entre ellos el nevado cuello, 
mientras abre el biguá las alas negras; 

y corren, por la arena de la playa, 

esas aves pequeñas, 
de largas patas y afilados picos, 
que en su base sutil se balancean, 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



cual si intentaran emprender el vuelo, 

y de ello desistieran, 
para correr de nuevo por la orilla, 
allí dejando sus ligeras huellas. 

Como vapor, en tanto, sonoroso, 
que en el espacio ondea, 

los pájaros, las arpas que la aurora 
de las ramas descuelga, 

dan el cantar del día, 
que, en temblorosa ebullición, se eleva; 

nadan en luz las notas, 
y el alma de la luz palpita en ellas. 

El día las recoge, 
y las ajusta al ritmo de una idea, 
y así elabora el salmo de alabanza, 
que eleva a Dios, al despertar, la tierra. 

Las islas van brotando, lentamente, 

del seno de las nieblas 
disueltas en la luz; los horizontes, 
a través de los árboles, se alejan. 

La claridad naciente va ganando 

colinas y laderas; 
tras ella, el sol dispara, victorioso, 
a través de los aires, sus saetas. 

II 

¿Quién no siente en el alma 
la fresca sensación de la belleza, 
el descansar feliz de los sentidos, 
el instintivo amor a la existencia? 



[90] 



TABARE 



¿Quién no siente, en los labios, 

las sonrisas serenas 
en que la luz y la quietud del alma, 
y el escondido amor se transparentar 

y esas lágrimas puras, 
de luz y encanto llenas, 
que humedecen los ojos, sin dejarles 
huella alguna de llanto? ¿Quién no reza? 



III 

Él: Tabaré, el cacique, 
a quien las sombras cercan, 
y abren abismos a sus pies, honduras 
en que sus propias tempestades ruedan. 

Vedlo. Es el indio puro; 
es el charrúa de la frente estrecha. 
Su sangre afluye al pómulo saliente, 
su labio tiembla, su pupila humea. 

La lucha sostenida 
en la noche anterior, y la sorpresa; 
las armas asestadas a su pecho, 
que aun cree astillar entre las manos yerras, 

todo le encona el alma, 

todo despierta en ella 
el instinto dormido, el ansia viva 
de libertad, y destrucción, y guerra. 



191] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Como del fondo obscuro del abismo 
vuelan las aves negras, 

del fondo de su alma se levantan 
las fierezas ingénitas, 

que cruzan por sus ojos, 
en el suelo clavados, y reflejan 
en ellos repentinas llamaradas, 
que en sus pupilas encendidas tiemblan. 

En vano, de sus labios, 
solícito pretende el Padre Esteban 

oir una palabra, que revele 
un eco al menos de su lucha interna; 

en vano, las memorias 
que otras veces al indio conmovieran 

ha llamado en su ayuda, 
para tocarle el corazón con ellas: 

la mano del recuerdo 
esa arruga del ceño no despliega, 
ni separa esos dedos, que serpientes 

enroscadas semejan. 

Oye gritos de. muerte y de victoria, 

silbidos de saetas, 
aullidos de una guerra inextinguible, 
que su enconado pensamiento atruenan. 

Sólo sangre charrúa 
siente andar en sus venas . ♦ . 
Pero asoma a sus ojos azulados 
el alma de su madre Magdalena, 



[92] 



TABARÉ 



y la mortal congoja 
del indio se apodera, 
y la lucha de un átomo con otro 
se renueva potente en sus arterias, 

y silba en sus oídos, 
y anubla su cabeza, 
y afluye al corazón, y en él estalla, 
y recorre su carne y sus potencias. 



IV 

Doña Luz suplicaba 
al noble capitán, que, ensimismado, 
escuchaba a su esposa, con los ojos 
clavados, sin mirar, en el espacio. 

— Sólo he visto en ese hombre 
un misterio infeliz, un ser extraño; 
no hallo peligro en él; mas ... tú lo quieres . . . 

Tabaré partirá, dijo Gonzalo. 

— ¡Partirá!, dijo Blanca. 
¿Y adónde ha de ir el indio desgraciado? 
¿Qué será de él, en el desierto bosque, 
enfermo y solo? ¡No hagas tal, hermano! 

¿Y qué mal nos ha hecho? 

¿Por qué así abandonarlo? 
El pobre Tabaré no nos ofende, . . 
¿Qué vais a hacer? ¿Es una fiera acaso? 



C93} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



— Blanca: tú siempre niña, 
le dijo Doña Luz. ¿ Estás pensando 
que son capaces de pasiones buenas 
esos hombres, nacidos para esclavos? 

¿Piensas, Blanca, que anoche 
no meditaba un crimen ese bárbaro, 
cuando, en las altas horas, felizmente, 
en vela lo encontraron los soldados? 

— ¡Un crimen! Nó, por cierto. 
¡Un crimen Tabaré 1 ¿Qué estás hablando? 
Tú no has oído, como yo, al charrúa; 
si lo oyes, Luz, tú no podrás odiarlo. 

¡Oh! No arrojéis al indio. 
¡Lanzarlo para siempre! ... ¡Es inhumano! 
Llamad al Padre Esteban; que él os diga 
si Tabaré el charrúa es un malvado. 

— ¡Oh! ¡El Padre, el Padre Esteban! 
¡De masa de indios quiere hacer cristianos! 
¡Inocente ilusión! Él no imagina,., 
¡No puede ser! Despídelo, Gonzalo. 

Si aun crees que no es culpable, 
después que anoche se le halló velando, 
no le hagas mal; pero, por Dios, despídelo, 
dale la libertad; no lo veamos. 

Mientras él está aquí, tu bien lo sabes, 
yo vivo en un continuo sobresalto; 
yo no puedo dormir; ese salvaje 
en sueños me persigue; no descanso. 



[94} 



TABARÉ 



V 

Tabaré entró sombrío . . ♦ 
Don Gonzalo, que solo lo esperaba, 
busca, al verlo llegar, mas busca en vano, 

del indio la mirada, 

que chispea, en el fondo 
de la órbita ceñuda, como llama 
que, con espesa obscuridad en lucha, 
se extingue, reaparece, y se dilata. 

— ¿Por qué el indio charrúa 
fue sorprendido anoche por la guardia? 
¿Qué buscaba a esas horas? 
¿Qué intento lo llevaba? 

El indio queda inmóvil en su sitio, 

con la cabeza baja. 
Repite su pregunta Don Gonzalo, 
e igual respuesta: el prisionero calla. 

El jefe continuó: — Cuando el cacique 

rompió ante mí su lanza, 
en señal de amistad, le di la mía. 
¿No he sido fiel a la amistad jurada? 

Diga el indio charrúa si el cristiano 

a sus promesas falta. . . 
] Conteste Tabaré! ¿Qué es lo que intenta?. . . 
Todo es en vano: el prisionero calla. 

— En cambio, el indio amigo 
en la alta noche por el pueblo vaga; 
y en la sombra revela de su frente 
que en su espíritu hay sombras, sombras malas. 



C953 



JUAN 20RRILLA DE SAN MARTÍN 



¿Qué plan revuelve en ellas? 
¿Nada, en su abono, que decirnos halla? 
¡Raza maldita! ¿No es capaz, entonces, 
de amor y gratitud? ¿Todo es venganza? 

Una terrible lucha 
de Tabaré en el alma se desata, 
y, como el eco de la lucha interna, 
suena un ronco gemido en su garganta; 

pero calla. Temblor imperceptible 
discurre por su carne. Onda del alma 
llega a su cuerpo enfermo, como mueren 

las olas en la playa. 

Compasivo, sin odio, 
el capitán al indio contemplaba; 
mas, recordando el ruego de su esposa, 
— Pues bien, gritó, con expresión airada, 

ya que el indio charrúa 

nuestra amistad rechaza, 
vuelva a sus bosques, a enconar sus flechas. 
Vuelva a buscar las fieras, sus hermanas. 

El español no quiere 
violar un punto la amistad jurada; 
pero verá en el indio a su enemigo, 
al eterno enemigo de su raza. 

Vaya libre a su selva, 
pues no hay amor ni gratitud en su alma; 
pero jamás, donde el cristiano aliente, 
torne a posar la sigilosa planta. 



[96} 



TABARÉ 



Don Gonzalo partió. Quiso en la boca 
de Tabaré asomar una palabra; 
alzó la frente ... ¡y la inclinó de nuevo! 
Mudo y sombrío, abandonó la estancia. 



£97} 



CANTO SEXTO 



I 

Tras los bosques de acacias de las islas, 
se esconde el sol; en las más altas ramas 
deja un toque de luz anaranjado, 
y polvo de oro en las dormidas aguas. 

Tiemblan en los vapores, al perderse, 
de los cuerpos las líneas esfumadas; 
cruzan, hacia las islas, las bandurrias, 
los cisnes, y los patos, y las garzas, 

que, ya a lo largo del bruñido río, 
casi rozando el agua, se adelantan, 
o forman, en la altura que atraviesan, 
simétricas y largas caravanas. 

El Uruguay se envuelve en su neblina; 
llega al nido en silencio la calandria; 
buscando su nocturno alojamiento, 
aletea la tórtola en las ramas. 

Los flexibles y esbeltos sarandíes, 

en su alfombra de juncos y espadañas, 

abrigan al dormido camalote, 

cuyas hojas se extienden sobre el agua. 

Los zorzales se esconden; a lo lejos, 
gritando, el teru-tero se agazapa; 
sale a pacer la nutria, y el carpincho 
deja su cueva al pie de la barranca* 



[98] 



TABARÉ 



Cual sobre dos abismos reflejados, 
en la orilla, los sauces y los talas 
sobre un cielo proyectan las cabezas, 
y en otro cielo las raices bañan. 

II 

Entretanto, la frente sobre el pecho, 

y el caos en el alma, 
Tabaré cru2a el pueblo lentamente; 
vuelve a su selva, a su salvaje patria. 

Va sombrío, y huraño, y silencioso. 

El monje lo acompaña. 
¿Por qué esa sombra, cuando va a ser Ubre, 
libre como el venado de la pampa? 

¿No es Tabaré charrúa? 
¿No son la libertad, el cielo, el aura, 
y la selva nativa, y los combates, 
la pasión del charrúa y la esperanza? 

¡Ay del indio imposible! 
Ya una mujer, de la enemiga raza, 
es libertad para él, y cielo, y nubes, 
y hogar nativo, y selvas, y batallas! 

ni 

Cruza entre los corrillos de soldados, 
que hablan, tendidos en la yerba, o cantan, 
al ritmo de los golpes que aderezan 
los coseletes y maltrechas armas. 



£993 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Al ver pasar al indio con el monje, 
suspenden la labor, y se levantan. 
¡El indio loco! dicen por lo bajo, 
¡Ya lo hallaremos! ¡Ese no me engaña! 

— ¿Qué pensará, decid, de esa trahilla 
nuestro buen capitán? ¿Acaso aguarda 
a que nos mate aquí, como a conejos, 
en la noche mejor esa canalla? 

¡Darles la libertad! ¡Valiente idea! 
¡Cual si nada costara darles caza! 
¡Hierro y fuego les diera, hierro y fuego! 
— ¡Hierro, bien dicho, exterminar la plaga! 

— ¿Pues no ha dado en creer, el buen hidalgo, 
que el indio de estos bosques tiene una alma 
como la nuestra, y es vasallo y subdito 
del Rey Nuestro Señor? 

— ¡Oiga! 

— ¡No es nada! 

— Como lo oís. El padre franciscano, 
¡es claro! lo aconseja, lo acompaña; 
y aquí estamos ¡pardiez! mirando siempre 
al señor indio como a gente honrada. 

— ¡Los vasallos del rey! 

— ¿No es una ofensa 
que se infiere, decid, al gran monarca? 
¿Qué dices tu, Rodrigo? Tú eres viejo. . . 
— A ver qué dices tú; deja esa adarga. 

— Pues yo. . . ¿qué he de decir? Veinte años hace 
que ando en estas diabólicas andanzas; 
por cierto que era yo de la partida 
cuando encalló la nave capitana. 



[100] 



TABARÉ 



Fue allí, sobre esa arena ¡triste noche! 
¿Veis esa loma? ; Distinguís la playa 
que se ve más allá? Tras de aquel árbol, 
¿lo veis bien? tras de aquél, va la barranca. 

Pues bien: allí. Cayeron los charrúas 
sobre nosotros, como avispas bravas; 
incendiaron las tiendas, y diezmaron 
nuestra gente más firme y más bizarra. 

¡Buena la hubimos, por San Jorge, buena! 
¡Por poco allí los indios nos acaban! 
Estábamos sitiados en las naves, 
oyendo sus aullidos y amenazas, 

mirándolos llegar hasta la orilla 
con gritos e insolentes musarañas, 
y citar al más bravo de nosotros 
para retarlo a singular batalla. 

Las pieles o cabellos de los nuestros 
que en el campo quedaron, enastaban 
en sus picas, aullando, los malditos, 
y dando saltos en siniestra danza. 

Así pasamos las eternas horas, 
aguardando la muerte, como ratas, 
hambrientos y desnudos; dando al río 
tributo de cadáveres; sin armas, 

pues ni un grano de pólvora teníamos 
que dar al arcabuz; sin esperanza, 
pues una tempestad hacía imposible 
de recursos humanos la llegada. 



[101] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¡Ah, Don Juan de Garay! Sin él, os juro 
que no llevamos este cuento a España; 
en los barcos hallamos nuestra tumba, 
sin su arribo, con tropas bien armadas. 

]Y no era la primera, ¡voto a Sanes! 
ni la última será' ] Maldita raza! 
Luchan como demonios, no como hombres. 
¿Digo bien? 

— i Bien, muy bien! 

— Entonces, ¡nada! 

¡Bien los conoces! Mientras quede uno, 
capaz de alzar la endemoniada lanza, 
no hay que andar con escrúpulos; al indio, 
lanzada firme; nada de palabras. 

— Lo propio digo yo. 

— Pues yo otro tanto. 
¿Qué hacemos ¡vive Dios! en esta plaza? 
Sin un caballo, expuestos noche y día 4 . . 
— Noche y día, bien dicho, desde el alba. 

Y el capitán, en tanto, se entretiene 
en dar la libertad a esa canalla. 
] Buena les diera yo! 
— Mirad al indio: 

allá va con el Padre; a ése mañana 

acaudillar acaso lo vetemos 
alguna -turba de esos perros. 

— ¡Cáspita! 
¡Que vengan, voto al diablo! 

— ¡Que me place! 
¡Tiempo hace ya que no tenemos danza! 



[102] 



TABARÉ 



— Yo os juro que, en las noches, a mi lado, 
bosteza mi arcabuz de holganza tanta. 
— Bien dicho, ¡el arcabuz! 

— jOiga! ¿Qué esperan 
el indio y el anciano? ¿Qué les pasa? 

IV 

Tabaré ya se aleja; 
ya lo despide el monje, con palabras 
de consuelo y de amor; indiferente 
lo escucha el indio, que a su lado marcha, 

terrible, duro» con el ceño torvo, 
fiera cual nunca la actitud y huraña. 
Lleva la noche, la infinita noche, 
sin un rayo de luz, en las entrañas. 

De pronto, se detiene, 
en un punto clavada la mirada 
¿Qué lo agita? ,Qué ve? Temblor de muerte 
por sus rígidos miembros se derrama. 

¿La víbora, silbando, 
casi invisible, en el chircal se arrastra? 
¿O es el jaguar, despierto en la maleza, 
que hacia el charrúa silencioso avanza? 

Nó. Tabaré no teme 
a la amarilla fiera, que, a sus plantas, 
ya muchas veces vio, cuando su flecha 
hasta a morderle el corazón llegaba; 

no es fiera lo que ha visto; 
una mujer lo mira entre las ramas; 
mirándolo, se acerca al Padre Esteban, 
y esa mujer que se aproxima es Blanca. 



[103] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Ya no puede dudarlo; 
nó, no es una ilusión, no es un fantasma: 
han crujido, a sus pies, las hojas secas; 
ha hecho mover las ramas, al tocarlas. 

El viento de la tarde 
viene a agitar, con sus movibles alas, 
su cabello en desorden, y, en su rostro, 
a orear la huella de recientes lágrimas. 

Es ella: trae un ramo 
de margaritas en la falda blanca; 
ella, con sus estrellas en los ojos, 
sus alas invisibles en la espalda. 

Viene la frágil niña, 
como un rayo del alba 
que en la profunda obscuridad penetra, 
y el seno negro de la noche aclara; 

la trae el mismo impulso 
que conduce los besos de las palmas; 
que despierta sonrisas en los labios, 
y de los ojos lágrimas arranca, 

cuando el alma sonríe, 
y el espíritu llora, sin más causa 
que esas ansias de llanto o de ternura 
que, en ciertas horas, nuestro sér asaltan. 

Besó la mano al Padre, 
que con muda sorpresa la observaba; 
alzó tímidamente la cabeza, 
y bañó a Tabaré con la mirada. 



[1043 



TABARÉ 



Al verlo, sacudido 
por la lucha que su alma despedaza, 
el ceño torvo, ardiente la pupila, 
convulso y presa de mortales ansias, 

en terror y amargura 
el corazón sintió se le inundaba, 
como si, al borde de ignorado abismo, 
después de un corto sueño despertara. 

Dio un grito; las azules margaritas 
rodaron hasta el suelo por su falda; 
se acogió horrorizada al Padre Esteban, 
y escondió en su sayal la frente helada, 

— ¿Entonces es verdad, ¡verdad, Dios santo! 

que el indio nos odiaba? 
¿Es verdad que en su pecho no hay latidos, 
y que jamás su corazón se ablanda? 

¡Oh, Padre! . . . ¿Por qué entonces de esos hombres 

el amor me enseñabais? 
Padre, no me dejéis, volvamos pronto. . . 

Mirad: la noche baja. 

Huye del indio esclavo, me decían, 

sólo hay odio en su alma; 
no tuvo hogar, ni madre; de ternura 
su raza es incapaz: todo lo ultraja. 

Yo nunca lo creí: yo vi en sus ojos 

dolor... ]le tuve lástima 1 
Venía a consolar su desventura! . . . 
Y no más. . . ¿Hice mal? No lo pensaba. 



[103 3 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



No quise nada más, nada, os lo juro, 

vine por consolarlo. 
Lo sabe Dios muy bien. . . Pero ¡qué tarde! 
¡Qué tarde es ya! ¡Cómo la niebla se alza! 

Y el indio, Padre Esteban, me da miedo. 

¿Qué tiene? ¿Qué le pasa? 
Vedlo . . . Volvamos, por favor, volvamos . . . 
¿Por qué vine hasta aquP ¡Quién lo pensara! 

Indio . . . Adiós, Tabaré. Terror y pena 

me inspira tu desgracia. 
¡Qué tarde es ya! . . . ¡La Virgen te proteja! 
¡Anda con Dios a tu salvaje patria! 

V 

Ya huyendo temblorosa hacia la villa, 
Blanca exhaló sus últimas palabras. 
La tarde la arropaba en sus vapores, 
y ella, en su seno, al parecer, flotaba. 

El charrúa la vio tenue, impalpable; 
la siguió con estúpida mirada; 
la vio volver de nuevo la cabeza, 
y ocultarse, por fin, entre los talas. 

Cuando la vio perderse para siempre, 
sintió la soledad. Toda su rata 
en él moría; muda, sin quejarse, 
hundíase en la noche de su alma. 

En brazos del anciano misionero 
se arroja el indio; su contacto abrasa. 
Solloza « . . Sus sollozos, cual rugidos 
de fieras moribundas, se dilatan. 



U06} 



TABARÉ 



Al sentir en los párpados el llanto, 
exhala un grito de dolor o rabia. 
Un grito que, a lo lejos, al perderse, 
se transforma en lamento o en plegaria. 

De pronto, con un brusco movimiento, 
se desprende del monje; la mirada 
clava en el punto en que, la vez postrera, 
sobre el fondo del cielo, miró a Blanca, 

y huye, como la fiera perseguida, 
y se interna en la selva solitaria. . . 
Largo tiempo se oyeron sus quejidos, 
como si un tigre herido se alejara. 



VI 

Sobre el sayal del monje, 
del charrúa quedó la primer lágrima; 
el supremo dolor, entre los dedos, 
una raza exprimió, para arrancarla. 

Las horas de la noche, 
ya vestidas en luto, se adelantan; 
y entran al bosque, y sus cendales negros 
van colgando, en silencio, de las ramas. 

Sobre el sayal del monje, 
del charrúa quedó la primer lágrima . . . 
¡Para llorar, la moribunda estirpe 
una pupila azul necesitaba! 



£107} 



LIBRO TERCERO 



CANTO PRIMERO 



I 

Genios de las riberas, 
invisibles espíritus del bosque, 
que convertís en moscas o en reptiles 
a los indios que vagan por la noche; 

seres que, en las tinieblas, 
gastáis el tiempo en ajustar los broches 
de la dormida flor, mientras su ovario 
abre su amor al encendido polen; 

que elaboráis en ella 
el dulce néctar que la abeja sorbe, 
y los frescos aromas que, sedientos, 
los labios de los céfiros recogen; 

o, en la mortal cicuta, 
vivís acurrucados, de los hombres 
acechando el secreto de la vida, 
y destiláis la hiél de los dolores; 

y agriáis la crespa yerba 
que ni el carpincho ni la nutria comen, 
y envenenáis al avestruz dormido 
los huevos, bajo el ala, sin que os note. 



[ÍU] 



JUAN ZORRILLA DB SAN MARTÍN 



II 

Vírgenes transparentes 
que os colgáis en las ramas de los molles, 
y os columpiáis, con vuestros pies trazando 
rayas de luz sobre la linfa inmóvil, 

y en esas lacias hebras 
con que acaricia el sauce al camalote, 
subís y descendéis, llevando al río 
rayos de luna, en haces brilladores; 

o, hundidas en el lecho de espadañas, 
os reclináis en los desiertos bordes, 
a escuchar el secreto de las olas, 
que transformáis en trémulas canciones; 

pobladores del aire, 

leves y multiformes, 
hijos de los crepúsculos azules, 
que con las alas embozáis los montes; 

que taladráis el diente 

de la víbora, en donde 
derramáis los licores ponzoñosos 
que, al infiltrarse, el corazón corroen; 

que, en los ojos del tigre, 
encendéis vuestra antorcha, y las visiones 
preparáis a su luz disparatadas, 
y las vaciáis en sus extraños moldes; 

que, en la blanca osamenta, 
hacéis brotar los fuegos fatuos dobles, 
esos que, sobre el haz de los pantanos, 
ebrios, inquietos e impalpables corren, 



[112} 



TABARÉ 



suben, bajan, se arrastran, se persiguen, 

se agitan y se rompen, 
y se apagan los unos a los otros, 
sin que el aire los mueva ni los sople; 

almas de los murmullos, 
espíritus errantes de las flores 
que, al murmurar, hacéis más perceptible 
el solemne silencio de los orbes; 

invisibles remeros, 
que empujáis blandamente al camalote 
en que navega incorporado el tigre, 
que, dormido en la orilla, descuidóse; 

engendros de los ríos, 
que recortáis la escama y los arpones 
del dorado, debajo de las islas 
que, en vuestros hombros, sostenéis a flote, 

meciéndolas en ellos, 
sin que el río en que nadan se desborde, 
ni el movimiento imperceptible y blando 
las húmedas barrancas desmorone; 

seres que, como llamas apagadas, 

sois, de un pasado informe, 
la vida actual y eterna, cuyo velo 
la fuerza del espíritu descorre; 

testigos que no mueren, 
que acompañasteis a las tribus nómades, 
las visteis desprenderse de su tronco, 
y viajar, sumergiéndose en la noche: 

[1131 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



brotad de entre los tiempos, y escuchadme. 
Yo os nombraré por vuestros propios nombres. 
En la forma, en la voz y el movimiento, 
mi espíritu sutil os reconoce. 

Cabalgando en las horas que pasaron, 

que el tiempo enfrena, y en su noche esconde, 

desatad vuestras alas puntiagudas, 

en legiones aéreas y deformes. 

# ¡Horadadme esa tierra! 
¡Sacudidme ese monte! 
Como caen los cabellos de un anciano, 
como el cardo desgrana sus plumones, 

de la muerta cabeza 
en que pensó una raza, acaso logre 
ver desprenderse el pensamiento oculto 
sobre mi frente, cuando yo os invoque. 

¡Dad un vuelco a ese río! 
Salid, desde su légamo a sus bordes, 
con secretos del agua y de la arena, 
de los huesos de piedra, que se esconden 

en el profundo limo 
en que tienen las algas sus amores, 
se arrastra el yacaré, duerme la raya, 
y la tortuga sus nidadas pone. 

Infundid, en ese indio 
que ahora penetra en el callado bosque, 
los latidos postreros de una raza, 
que a vuestro acento viven y responden; 



(H4) 



I 



TABARÉ 



latidos de esperanzas imposibles, 

rudo y último acorde 
de las arpas malditas, que sonaron 
pulsadas por la muerte y los dolores. 



III 

Es Tabaré. Penetra nuevamente 

en su nativo bosque, 
cuyos añosos árboles lo miran, 
y, a su paso, los troncos interponen. 

Y le tienden los brazos descarnados, 

con raras contorsiones, 
como fantasmas que, en inmóvil danza, 
cruzan y se retuercen por el monte, 

y en torno de él se agrupan a mirarlo, 

y así que lo conocen, 
después de herirlo con los brazos negros, 
se dispersan en todas direcciones. 

Y los duros lagartos, al sentirlo, 

hacia sus cuevas corren, 
y asoman las cabezas puntiagudas, 
y el largo cuerpo sin calor encogen; 

y las ranas se callan un instante, 
mientras pasa, y sus voces, 
como largos quejidos, a su espalda, 
cuando ha pasado, nuevamente se oyen; 

y los nocturnos pájaros, lo siguen 

en negras procesiones: 
el chajá dando saltos por el suelo, 
chirriando esos murciélagos enormes, 

[115] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



que, como manchas de la misma sombra, 

la obscuridad recorren, 
persiguiendo los átomos, o huyendo, 
atolondrados, de invisible azote. 

Detrás de cada tronco, acurrucada, 

parece que se esconde 
alguna cosa, que, al pasar el indio, 
sigue tras él, con movimiento torpe. 

Él siente, a sus espaldas, ese mundo 

que su alma sobrecoge; 
mas no se vuelve, y apresura el paso, 
y sigue, y sigue sin saber adónde. 

¿Anduvo mucho? El indio no lo sabe. 

Era la media noche 
qui2á, cuando, rendido por la fiebre, 
detúvose entre rudas convulsiones, 

pues la luna, en lo alto de los cíelos, 

los transparentes bordes 
de las nubes plomizas encendía, 
franjeándolas de tenues resslandores. 

De las que ante su disco se atraviesan, 

parecen los jirones 
las siluetas de negros cocodrilos, 
que la infinita soledad recorren; 

palidecen lejanas las estrellas 
que, desde lo alto, vuelan hacia el norte; 
la Cruz del Sur se inclina esplendorosa, 
con los brazos tocando el horizonte. 



[116} 



TABARÉ 



Tabaré escucha. En el profundo hueco 

de sus ojos inmóviles, 

introduce los dedos el delirio, 

que atruena su cabeza con sus voces. 

Y ora fugaces, ora persistentes, 

comenzaron entonces 
a hablar, y cobrar vida, los espacios, 
la tierra, el aire, el corazón del bosque. 

IV 

Y, a los pies del charrúa, 

la tierra daba gritos. 
Retorcían los árboles sus troncos, 
como animados de un airado espíritu. 

— ¡El genio de la tierra 
ha de morder tus pies, con los colmillos 
de sus víboras negras, que se arrastran 
silbando como el viento! ¡No eres indio! 

— ¡Pasa! ¿Por qué me huellas? 
La sangre brota de tus pies heridos. 
¿Por qué me manchas? De tu sangre, nacen 
malas serpientes, negros cocodrilos. 

— ¡No te detengas! ¡Huye! 
Aquí en mi seno no hallarás abrigo: 
ya, para ti, la patria es un recuerdo. 
¿No te sientes llamar? Eres tú mismo» 

Tabaré oyó la voz, cual si brotara 
de las grietas del suelo removido; 

lejanas muchedumbres 
a sus pies agitaban el vacío; 



£117} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



crujían las raíces de los árboles, 

como si extraño fluido 
las retorciera, al circular en ellas, 
dándoles movimientos convulsivos. 



Y, del añoso ceibo, 
cayó, volteando en animados giros, 
una hoja seca, que miró al charrúa, 
que a su vez la miraba. Y ella dijo: 

yo rodaré a tus pies ensangrentados, 

realidad de mi símbolo; 
el viento me ha arrancado de mi rama; 
a ti te empuja el viento del destino. 

Yo vivo con la vida de tu estirpe, 

con tu fiebre palpito; 
y mi polvo, y el polvo de tus huesos, 
van a formar el légamo del río. 

Vamos, charrúa; sigúeme, salvaje. 

Nos llama el torbellino. 
Tus lunas han pasado; el sueño negro 
anda en tus venas, derramando frío. 

Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente; 

vente, sigue conmigo. 
¿No sientes el aliento de otra raza, 
que te sopla del suelo en que has nacido? 

Es la raza de vírgenes tan pálidas 

como la flor del lirio; 
hermosas cual la luna, cuando se hunde 
entre las aguas trémulas del río; 



£118} 



TABARÉ 



y tienen luz de aurora en la mirada, 

y sus ojos tranquilos 
miran con odio al indio de los bosques, 

y le llaman maldito. 

Vamos, charrúa; sigúeme, salvaje. 

[Mira aquel remolino! 
Vientos de tempestad vienen de lejos, 
aullando, como perros fugitivos. 

Las sombras que recorren la maleza 

lanzan agudos gritos; 
esas llamas sin luz marcan la ruta 
por donde corren los que fueron vivos. 



Los impasibles ojos del charrúa 

siguen los vanos giros 
de la hoja, en cuyas venas circulaba 
la vida de un espíritu cautivo, 

que en pie la sostenía, 
y la empujaba contra el viento mismo, 
y la llevó, saltando y retorciéndose, 
siempre mirando y señalando al indio. 

V 

Oye entonces al aire de la noche, 

que a su lado respira, 
jadeante, con penosa intermitencia, 
como el hálito de alguien que agoniza. 

¿Te ahogas?, le gritaba. Es que, en tu bosque, 

la muerte sólo habita; 
está poblado el aire por las sombras, 
por las sombras charrúas que te miran. 

[119] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Vengo empapado en llanto de las tribus 

que mueren fugitivas; 
vengo cargado de vapor de sangre, 
que forma sobre el campo una neblina. 

¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre 

tras de las madres indias, 
que huyen sin hijos. Ellos no se mueven: 
tendidos allá están en las colinas. 

Son tus hermanos, muertos en su tierra 

por la raza maldita. 
¿Ves esa virgen que en tus sueños anda? 
Está empapada de tu sangre. ¡Mírala! 

VI 

El indio está de pie. Todos sus miembros 

ateridos tiritan; 
le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo, 
en actitud violenta y convulsiva; 

la fiebre, en su cabeza espeluznada, 

hunde la mano rígida, 
y, en sus ojos atónitos, llamean, 
con fosfórica lumbre, las pupilas. 

Todo es extraño para él: el viento, 

los árboles, que imitan 
seres desnudos, negros, que en su tomo 
se han detenido, y cuyos ojos brillan 

entre cabellos que hasta el suelo bajan, 

y lentamente oscilan; 
brillan, marcando el sitio en que se encuentran 
cabezas que, sin verse, se adivinan. 



Í120} 



TABARÉ 



Los rumores que pasan, van dejando, 

por la extensión vacía, 
como esos remolinos que las barcas 
hacen surgir del fondo de las linfas, 

resonancias que brotan en la sombra, 

tumultos que se agitan, 
silencios prolongados, que, de nuevo, 
estallan en confusas vocerías, 

o dan paso a una voz, triste y aislada, 

voz que parece amiga, 
y dice algo al oído, en una lengua 
inteligible pero nunca oída. 

VII 

Por fin, cual si las vagas sensaciones 

que el indio aun percibía 
sufrieran, en la nada tenebrosa, 
una inmersión violenta y repentina, 

Tabaré se desploma. Un ruido extraño 

produce su caída. 
¿Se queja el suelo? /Quién impone al bosque 
esa actitud de asombro o de atonía? 

** 

Las notas que pasaban, 

los rumores que huían, 
las ramas que, inclinadas por el viento, 
a levantarse nuevamente iban, 

suspensos han quedado. Es que el charrúa 

está en la selva antigua 
del indio Caracé; es que ha caído 
sobre el sepulcro de su madre extinta. 



[121] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



La cruz abre los brazos a su lado; 

la cruz de la cautiva. 
Parece que, inclinando la cabeza, 
al indio inerte en su regazo abriga. 

✓ Qué habló con el salvaje, aquella noche 
el alma errante que en la cruz palpita? 
Es el secreto de la sombra eterna . . . 
Empieza a amanecer; casi es de día 



[122} 



CANTO SEGUNDO 



I 

¿Quién grita, por allá, que tiembla el bosque, 

y hasta los aires tiemblan? 
Un vago resplandor, allá a lo lejos, 
sobre el obscuro cielo se proyecta; 

destaca el bosquecillo, cuyas formas 

vacilantes revela, 
y alumbra aquel ombú que, solo y negro, 
está en pie, durmiendo en una cuesta. 

Parece que se mueven un instante 

las lomas soñolientas 
que en la turbada obscuridad estaban, 
y que asoman por entre las tinieblas. 



De nuevo el alarido temeroso 

en los aires revienta. 
¿El hambre, acaso, tiene congregadas, 
en esos matorrales, a las fieras? 

Nó: las fieras, miradlas: en rebaños, 

tendidas las orejas, 
saltan de acá y de allá; sobre las lomas 
se detienen, volviendo las cabezas; 



{123} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



emprenden nuevamente, amedrentadas, 

su rápida carrera; 
alargando los cuerpos, se deslizan, 
con sigiloso paso, entre las breñas; 

enarcando los lomos amarillos, 

acurrucadas quedan, 
y, en la profunda obscuridad del soto, 
sus dos ojos de fuego centellean. 

El avestruz, corriendo en la llanura, 

va con las alas sueltas; 
se siente el aleteo de los pájaros 
que abandonan los nidos, y se alejan; 

y se oyen las carreras del venado, 

que salta en la maleza, 
y el rumor de manadas de carpinchos, 
que corren a buscar sus madrigueras. 

II 

¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo 

van entre las tinieblas, 
e indican, con los brazos extendidos, 
el resplandor de la lejana hoguera? 

Son los indios charrúas. Han brillado 

los fuegos de la guerra, 
en las lomas del Hum; fuegos de muerte 
lucen del Uruguay en las riberas. 

Y el indio que al venado perseguía 

■ en las pampas desiertas; 
y el que encendía el tronco de algarrobo 
en el hogar del valle, y a las flechas 

[124] 



TABARÉ 



ataba, con los nervios del carpincho, 

el colmillo de piedra, 
o la cuerda del arco retorcía, 
formada de flexible enredadera; 

y el que miraba, más allá, tendido 

con su eterna indolencia, 
a sus mujeres fermentar la chicha, 
y levantar las pieles de la tienda, 

todos vieron los fuegos de las lomas, 

y alzaron las cabezas, 
y, señalando el resplandor, gritaron: 
¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! ¡Fuegos de guerra! 

Todos caminan; han tomado todos 

sus lanzas y sus flechas; 
se han pintado las caras y los cuerpos 
con rayas muy azules y muy negras, 

inyectando en la piel los jugos agrios 

de las silvestres yerbas 
que el venado no come ni la nutria, 
y que crecen de noche entre las piedras, 

bajo las cuales, en las altas horas, 
ladra el zorro en su cueva, 
y se esconde la iguana perseguida, 
y anidan la lechuza y la culebra. 

Todos caminan; llevan en los cuerpos 

arreos de pelea: 
las plumas de ñandú sobre la frente, 
en las lanzas, humanas cabelleras* 



[125] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



¿Adónde van? Donde los llama el fuego, 

el fuego de la guerra; 
el que anuncia la muerte del cacique, 
allá en el bosquecillo de las ceibas. 

¡Ahú, ahú, ahú! Corren los indios, 

gritando en las tinieblas, 
y el turbado silencio de la noche 
huye a esconderse en la inmediata selva. 

III 

Las nubes de humo denso iluminado, 

que en el aire se elevan 
sobre la masa negra de los árboles, 
marcan el sitio en que las tribus velan; 

desde lejos, se ven, de los charrúas 

las obscuras siluetas, 
que, cruzando y saltando entre los troncos, 
sobre el rojizo fondo se proyectan. 

IV 

¡Extraño funeral! ¡Los indios, ebrios, 

avivan diez hogueras 
encendidas en torno de un cadáver 
tendido sobre un lecho de maleza. 

Es un viejo cacique. El sueño frío 

se ha entrado por sus venas; 
nadie pudo arrancarlo con la boca 
de la piel del anciano; quedó en ella, 



[126] 



TABARÉ 



dejándole el color amarillento 

que entristece a las ceibas, 
cuando el viento se enfría, y, de las ramas, 
las hojas bajan a morir encierra. 

Los médicos el vientre del cacique 

han chupado con fuerza, 
por arrancarle el dardo y el gusano 
que le causaban mal. Inútil brega. 

Vedlo tendido inmóvil, taciturno, 

tan largo como era; 
los indios gritan, en su torno corren, 
y las abiertas bocas se golpean. 

El arco de urunday tiene el cadáver 

entre las manos yerras; 
han colocado en orden, a su lado, 
su lanza, y sus macanas, y sus flechas, 

y pieles de venados, y vasijas 

en que el zumo fermenta 
de guaviyús silvestres y algarrobas, 
y de la miel que forman las abejas. 

V 

Las tribus cuidan de que tenga el muerto 

las pupilas abiertas; 
bien atadas le han puesto, en la cintura, 
las silbadoras bolas de pelea; 

y, porque espante entre los negros toldos, 

a Añang y a Macacbera, 
con jugos de urucú le han embijado 
todo el cuerpo, y la cara que amedrenta. 



[127] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Tiene azules los pómulos salientes; 

amarillas y negras 
son las rayas que cruzan sus mejillas, 
y su pecho, y sus brazos, y sus piernas. 

El deformado rostro del cadáver 
hace una horrible mueca, 
que infundirá terror, cuando el cacique 
de los genios del aire se defienda. 

VI 

¡Ahú! ¡ahú!, ¡ahú! Por todos lados 

los indios atraviesan; 
aullan, corren, saltan jadeantes, 
dando al aire las rígidas melenas; 

hacen silbar las bolas, agitadas 
en torno a las cabezas; 
chocan las lanzas, los cerrados puños, 
con feroz ademán, al aire elevan, 

y forman un acorde indescriptible, 

que en los aires revienta: 
ebullición de gritos y clamores, 
golpes, imprecaciones y carreras. 

Ya hiriéndolos de lleno, ya, a lo lejos, 

bañándolos a medias, 
según que a las hogueras se aproximan, 
o de ellas, con el vértigo, se alejan, 

la lumbre hace brotar, como arrancados 

del medio en que voltean, 
cuerpos desnudos, rostros que aparecen, 
y se hunden nuevamente en las tinieblas. 



TABARÉ 



VII 

¿No son mujeres esas, las* que ahora 

alumbran las hogueras, 
esas, que danzan en redor del muerto, 
y sus pequeños en los- brazos llevan? 

Sí; son madres de indios. Sus cabellos, 

en obscuras guedejas, 
flotan sobre las mórbidas espaldas, 
ceñidos en la frente; mas no velan 

los cuerpos palpitantes y desnudos, 
en que los fuegos tiemblan, 
dando relieve a los redondos senos, 
que sudorosos de cansancio ondean. 

Tienen sus movimientos convulsivos 

cierta ruda cadencia, 
y sus formas turgentes, a las formas 
de la hembra del venado se asemejan; 

sus ojos negros brillan empapados 

en la luz, y chispean; 
se cimbran sus elásticas cinturas, 
en plumas grises de avestruz envueltas; 

los collares de piedras de colores 

en sus gargantas suenan, 
y los cintillos de brillantes plumas 
lucen en sus tobillos y muñecas. 

El que ajustado llevan en la frente, 

al erguirse sobre ésta, 
da a la figura la esbeltez del pájaro, 
que su penacho en el sauzal ostenta. 



U29] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Las indias van cantando; sus cantares 

son una extraña mezcla 
de alaridos y gritos quejumbrosos, 
que en un ritmo monótono se estrechan. 

Las ruidosas bandadas de gaviotas 
que sobre el agua vuelan, 
gritan como esas indias, y, en el aire, 
como ellas se revuelven y atropellan. 

La turba de los indios las empuja, 

y las mujeres ruedan, 
heridas, dando gritos, que al vagido 
se unen de sus hijos. No se arredran: 

de nuevo se levantan, y prosiguen 

en su danza frenética, 
y en los cantares bárbaros que entonan, 
en torno del cadáver, dando vueltas. 

VIII 

En redor de aquel fuego, y en cuclillas, 

ved a esas indias viejas; 
casi con las rodillas sobre el pecho, 
revuelven sus vasijas, y bostezan. 

Sobre sus rostros penden los cabellos, 

que el tiempo no blanquea, 
como retoños lacios y marchitos, 
que aun de sus troncos vacilantes cuelgan. 

No se adornan los cuerpos angulosos; 

sus mandíbulas secas 
mastican algo, que al brebaje arrojan 
que en las silvestres cascaras fermenta; 



£130} 



TABARÉ 



Gritan de vez en cuando, y se levantan, 

y de nuevo se sientan. 
Hay en sus voces algo de chirrido, 
que acaso el grito del chajá recuerda, 

IX 

¿Y esos indios, de bruces en la sombra? 

¿Por qué dan esas quejas? 
¿No es sangre lo que brota de sus manos, 

que destrozadas muestran? 

Se han cortado los dedos. Son parientes 

del cacique que velan; 
se han cortado los dedos, con el filo 

de sus hachas de piedra. 

Así, de que lloraron al anciano 

dan elocuente prueba. 
¿Quién pondrá en duda su dolor, que, a voces, 

en coro manifiestan? 

X 

Nadie que, a media noche, aquellos gritos 

y clamores oyera, 
evitaría que el terror helase, 
con un frío de muerte, hasta sus venas. 

Los llantos de los niños y mujeres 

en el aire se mezclan 
con los gritos, palabras y alaridos 
de los indios, que airados vociferan, 



{131} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



y con el choque de armas, y el silbido 

de las bolas de piedra, 
y los golpes de cuerpos desplomados, 
que, heridos, en el suelo se revuelcan» 

XI 

¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren? 

¿Qué ven en las tinieblas? 
¿A quiénes amenazan en el aire, 
y dirigen sus bárbaras arengas? 

¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras 

que, en bandadas, se acercan 
al indio muerto, a cerrarle los ojos, 
y apagarle los fuegos. Ved: son esas, 

esas que, con las alas de carancho, 

entre las ramas vuelan; 
Curupira las sopla y las revuelve, 
el negro Añanguazú viene con ellas. 

Son los hijos del aire y de la noche, 

que andan en las tormentas, 
encendiendo sus fuegos en las nubes, 
los grandes ruidos derramando en éstas; 

son los perros que roen a las lunas, 

y apagan las estrellas, 
y lanzan los ladridos prolongados 
que suelen escucharse en las cavernas; 

los que afilan los dientes de las víboras 

dormidas en sus cuevas, 
y, en la yerba que pisan los charrúas, 
las arañitas de la muerte siembran. 



{132} 



TABARÉ 



Son las sombras malditas, que al cadáver 

del cacique se acercan, 
para cerrar sus párpados, quedando 
bajo de ellos ocultas; allí esperan 

que se apague del indio la mirada, 

y hacia adentro se vuelva. 
Entonces lo persiguen, y lo acosan 
en la noche sin lunas que comienza. 

Y allí, escondidos en sus toldos negros, 

le disparan sus flechas, 
fingen rostros horribles en lo obscuro, 
y soplan como el viento en sus orejas. 

XII 

El viento se ha calmado; algunas voces, 

en medio a la incoherencia 
de la grita salvaje, con esfuerzo 
acaso se comprendan. 

Oíd a esos que cruzan: sus palabras 

claras allí resuenan; 
también a aquellos, que, con duros gestos, 
amenazando el aire vociferan: 

— ¡Ahú! ¡Dejad al muerto! 
¡Dejad al tubkhá? 
¿Por qué sopláis las llamas de sus fuegos? 
¡Dejad al muerto, Añang! 

— ¡No le cerréis los ojos! 
— ¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! 
— ¿Sentís ladrar las sombras que han salido 
del tronco del ombú? 



1133] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



— ¡Corred, seguid aquella 
que se revuelve allá! 
Sacude la maleza con las alas, 
y agita el ñapindá. 

¿A quién lleva el fantasma 
de rápido correr? 
Va fugitivo, y en sus hombros lleva 
al cacique que fue. 

— i Cómo gritan los árboles! 
¡Ahú! jahú! ¡ahú! 
— El aire zumba; son los moscardones 
que corre Añanguazií. 

— ¡Persiguiendo la luna, 
los perros negros van! 
— ¡Los perros negros, que a beber comienzan 
su tibia claridad! 

¡Cómo mira esa sombra 
con sus ojos de luz! 
— ¡Y cómo se retuercen, y se alargan, 
sus alas de ñandú! 

— ¡El viento! ¡El viento negro! 
¡Allá va! ¡allá va! 
¿Quién zumba en él? ¡Las moscas, que conduce 
gruñendo el mamanga! 

XIII 

Las sombras de la noche 
vienen volando, en caravana aérea, 
y luchan con las llamas, las sacuden, 
y, en torno del hogar, revolotean. 



[134] 



TABARÉ 



Las llamas las rechazan, 
y las detienen en aureola negra, 
en cuyo seno, los añosos árboles 
cobran formas variables y quiméricas. 

Los ojos del cadáver, 
horriblemente abiertos, parpadean; 
parece que sus miembros se estremecen 
al avivarse el fuego que lo cerca, 

o que el rígido cuerpo 
nada en el aire, flota en las tinieblas, 
y se hunde, y reaparece, y se transforma, 
cuando la inquieta llamarada amengua, 

formando un fondo negro, 
lleno de lineas vagas y revueltas; 
un medio en que se esfuman y se mueven 
formas abigarradas e incompletas. 

XIV 

El viento se ha callado entre los aires. 

Los salvajes jadean, 
se apoyan en las lanzas o en los troncos, 
o se dejan caer sobre la yerba. 

La grita se enrarece; por el aire 

las voces se dispersan. 
Suenan acá los llantos de mujeres; 
allá, los magullados aun se quejan. 

Los fuegos, no avivados, languidecen; 

sus oscilantes lenguas 
se mueven, como el indio que, borracho, 
lleva de un hombro al otro la cabeza 



[135) 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Corre, entre aquellas voces, un silencio - 

semejante al que reina 
sobre la onda del río, cuando acaba 
de pasar por el aire la tormenta . . . 

XV 

Lo rompe un joven indio, que, saltando, 

desaforado llega; 
da un grito clamoroso, y, con su lanza, 
pasa de un viejo tronco la corteza. 

Habla a voces, furioso sacudiendo 

la cabellera negra; 
sus palabras parecen alaridos, 
de una ruda y fantástica elocuencia; 

y salta como el tigre, y, con la maza, 

el cuerpo se ensangrienta, 
y, sobre el negro matorral de plumas, 
la bola agita atada a su muñeca. 

Son de hierro sus miembros; nadie excede 

su talla gigantesca; 
ramas de sauce negro, los cabellos 
sobre el rostro y los hombros, se despeñan, 

y, en sus ojos, pequeños y escondidos, 

las miradas chispean, 
como las aguas negras y profundas, 
tocadas por el rayo de una estrella. 

XVI 

Es el cacique Yamandú. Los indios 

se alzan, y lo rodean, 
¿Qué quiere Yamandú? Reclama el mando, 
mostrando sus heridas y su fuerza. 

{136} 



TABARÉ 



Nadie como él se descompone el rostro, 

con espantosa mueca, 
ni lanza el alando que, en la lucha, 
brota del hueco de su boca abierta; 

nadie como él, en el hinchado labio, 

la señal atraviesa 
que distingue a los indios de las tribus 
que más espanto infunden en la guerra. 

¿Quién, si no él, entonces, a la gente 

llevará a la pelea? 
¿Quién, si no él, que, de enemigos muertos, 
cien cabelleras en su toldo ostenta, 

y adorna su garganta con collares 

de los dientes y muelas 
de aracbanes vencidos, cuyas pieles 
forman de su arco la flexible cuerda? 

Jamás el gamo, huyendo en la llanura, 

pudo esquivar su flecha, 
ni el avestruz el golpe de su bola, 
que silba como víbora sedienta. 

¡Ahú! grita, con grito prolongado. 

Aquí, en el urunday, 
el indio Yamandú clavó su lanza . . . 

] Nadie la arrancará! 

Yo he peleado, con ella, entre las tribus 

que ven salir el sol; 
no la he roto jamás en la rodilla, 

ni en mi brazo tembló. 



CU7) 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



La he clavado en el bosque donde encienden 

los caciques chañas, 
y los mámanos* tapes y bobanes, 

los fuegos del hogar. 

Yo arranqué la sangrienta cabellera 

del fiero Tubicbá 
cuya piragua atravesó las ondas 

del río como mar. 

¡Ved mi pellejo! Tiene más heridas 

que plumas el ñandú, 
y que lunas han visto los ancianos 

salir del guaycuré. 

Yo derramo la sangre de mi cuerpo, 

de la que, en el chircal, 
brotan los yacarés, que, entre los juncos 

duermen del Uruguay. 

Los rayos de los blancos no penetran 

en mi curtida piel, 
más dura que la piel de la tortuga, 

y del jaguareté. 

Mirad mis ojos: brillan en la sombra. . . 

Son de ñacurutú. . . 
¿Cuál de los indios tiene la mirada 

de mis ojos de luz? 

XVII 

Un murmullo de asombro se difunde 

por aquella asamblea; 
la tribu, fascinada y aturdida, 
nuevo cacique en el salvaje encuentra. 



[138] 



TABARÉ 



Ya en algunas gargantas, comprimido, 

está el grito de guerra, 
la aclamación al indio cuyos ojos, 
al moverse en la sombra, centellean. 

Entreabiertos e inmóviles los labios, 

los otros lo contemplan; 
sobre aquel grupo de desnudos cuerpos 
las rojas llamaradas se reflejan. 

Ellas solas se mueven, y el cacique, 

cuya ruda elocuencia 
es algo como un vértigo que estalla; 
una danza fantástica y siniestra. 

Sólo él se agita, salta, se retuerce, 

con espantosa fuerza. 
Inmóvil lo demás; todas las almas 
en los ojos absortos se concentran. 

¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo 

la turba con la voz, 
nadie, la lanza que clavó mi brazo 

de su tronco arrancó! 

Llega a mi toldo, sin morder mis piernas, 

el malo añanguazú; 
yo penetro, de noche, al más obscuro 

bosquecillo del Hum. 

Las sombras de los viejos de mi tribu, 

que viven con Tupa, 
van, en sus nubes, a enseñarme el grito 

que lanzan los chajds; 



[139] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



los perros que devoran a las lunas 

no ladran como yo; 
el viento negro de la noche calla, 

cuando siente mi voz. 

¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién, su fuerza 

mide con Yamandú, 
el indio de los brazos como el tronco 

del viejo guaviyú? 



¿No oís el río? Suena en sus barrancas. 

¡oíd al Uruguay! 
El río de los indios ... ¡Y los blancos 

en su ribera están! 

Los blancos, que vinieron de allá lejos, 
t de donde sale el sol; 

los que matan los indios, con los rayos 
que el astro les prestó, 

y les cortan las negras cabelleras, 

y les quitan la piel; 
y les roban la tierra en que nacieron, 

y en que posan los pies. 

Sólo esclavos del blanco, allá en su toldo, 

el indio engendrará, 
y, en sus ^bosques, el fuego de la guerra 

no encenderá jamás; 

dando un quejido, morirá el charrúa 

que nunca se quejó; 
y sus mujeres correrán, lanzando 

sus gritos de dolor. 

1140} 



TABARÉ 



¿Queréis matar al extranjero? Entonces, 

seguid a Yamandá. 
Yo sé matarlo, como al gato bravo 

de los bosques del Hum. 

Los cráneos de los pálidos guerreros 

al indio servirán 
para beber la chicha de algarrobas, 

y el jugo del palmar. 

Sus rayos no me ofenden; en su sangre 

se hundirán nuestros pies; 
sus cabelleras, en las lanzas nuestras, 

el viento ha de mover; 

vírgenes blancas, que en los ojos tienen 

hermosa claridad, 
encenderán, en nuestros libres valles, 

nuestro salvaje hogar. 

En esos días de las horas largas, 

en que canta el sabia, 
y, al pie de la barranca, está el bañado 

dormido en el juncal; 

en esas noches en que, a ratos, se oye 

el canto del urú, 
las vírgenes esclavas del charrúa 

brillarán con su luz. 

Sus cuerpos son más blandos que el venado 

que acaba de nacer, 
y tiemblan, como tiembla, entre la yerba, 

la verde caicobé. 



[1411 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Sus cabellos parecen los renuevos 

más tiernos del sauzal; 
sus bocas se abren como el dulce fruto 

que da el mburucuya. , . 

¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme, 

duerme en el Uruguay! 
¡El sueño, que en sus ojos se ha sentado, 

no se levantará! 

¿Veis? La luna de fuego de las lomas 

no se distingue aún; 
aun se siente a lo lejos, en las ramas, 

el canto del uní. . . 

XVIII 

Un feroz alarido, y pavoroso, 

en los aires revienta; 
nadie, a fauces humanas, esos gritos, 
a escucharlos de noche, atribuyera. 

Un águila tranquila, que pasaba 

sobre la selva aquella, 
el vuelo aceleró, torció su rumbo, 
y se perdió en la soledad inmensa; 

y el tigre, bajo el párpado apagando 
de su enorme pupila la lumbrera, 
y barriendo la tierra con la cola, 
y tendiendo hacia atrás la aguda oreja, 

a largo paso y con temor, cambiando 

de sitio en la maleza, 
se revolvió tres veces, para hundirse 
y quedar más oculto entre las breñas. 



[142] 



TABARÉ 



XIX 

¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende 

ios fuegos de la guerra! 
¡Al río! ¡Ai río! ¡El extranjero blanco 
tendido duerme en su cerrada tienda! 

¡Ahú! ¡ahú! ]ahú! Vamos, cacique, 

lanza al aire tu flecha, 
para que al astro de los indios, llegue, 
y, con presagios de victoria, vuelva! 

Y la flecha del indio, por el aire, 
tiende las alas muertas . . . 
¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro, 
volvió del astro y se clavó en la tierra. 

¡Recta como las palmas de las islas! 

¡El astro habló con ella! 
¡AI río! ¡Al río! ¡Al Uruguay! ¡Al río! 
¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra! 



XX 

En pos de Yamandú corre la tribu. 

Su negra silueta 
se ve, a lo lejos, tramontar las lomas, 
como obscuro rebaño de culebras. 

Los gritos, y los choques de las armas, 
se perciben apenas; 
las mujeres, los niños, los heridos, 
en todas direcciones se dispersan. 



1143} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Se escuchan sus quejidos algún tiempo, 

que en el bosque se internan; 
el silencio que huyó, de nuevo vuelve 
a echarse, fatigado, entre la yerba. 



XXI 

Todo está en calma: el viento está callado; 

han vuelto las estrellas 
a brillar, a través de sus vapores, 
y siguen, en silencio, su carrera. 

El cadáver del indio, abandonado, 

flota entre las tinieblas; 
las hogueras, a punto de extinguirse, 
lo alumbran, con penosa intermitencia, 

bañándolo en las tenues llamaradas 

que, oscilantes y trémulas, 
sacan, de entre las cálidas cenizas, 
las puntiagudas y azuladas lenguas. 

Las sombras que aleteaban, poco a pocq 

han bajado a la tierra, 
y, en torno de los fuegos expirantes, 
se arrastran, agarrándose a las breñas. 



[144] 



CANTO TERCERO 



I 

Duerme San Salvador entre rumores. 

Corre a sus pies el río, 
remedando el arrullo de una tórtola 
con su blando y monótono riiido. 

El centinela en el bastión se duerme, 

y, al * verlo allí tranquilo, 
juegan, con su arcabuz y con su adarga, 
los invisibles genios de los indios, 

con los ojos pequeños, y los cuerpos 

desnudos y cobrizos, 
con los pechos y pómulos salientes, 
los labios gruesos y cabellos rígidos: 

engendros microscópicos, que miran - 

al soldado dormido, 
trepan por él, lo palpan, cuchichean, 
y, en grupos, lo recorren con sigilo, 

y danzan, en su torno, de las manos, 
golpeando el suelo con alegre ritmo, 
o, al compás de los ruidos de la noche, 
se mecen, en los aires suspendidos, 

Í145] 



7 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



lanzando esas fugaces carcajadas, 

y esos pequeños gritos, 
que se oyen en las noches silenciosas, 
sin verse quién respira en el vacío. 

/Cómo puede dormir, soñar acaso, 

ese hombre? ¿No habrá visto 
esas manchas de sangre, que aparecen 
del astro solitario sobre el disco? 

Las horas, impregnadas de indolencia, 

al soldado han vencido; 
juegan, con su arcabuz y con su yelmo, 
los invisibles genios de los indios. 

II 

¿Sentís moverse ese cardal cercano, 

y ese roce de cuerpos escondidos, 

que se arrastran, cual suele, entre los juncos, 

arrastrarse callado el cocodrilo? 

¿No veis, entre las ramas, asomarse 
las temerosas caras de los indios, 
embijadas de rojo, y dibujadas 
con trazos verdes, negros y amarillos? 

Las plumas de sus frentes se confunden 
con las hojas del cardo; el remolino 
del viento suave, al agitar las ramas, 
descubre, acá y allá, rostros cobrizos, 

brazos que se abren paso cautelosos, 
entre el tupido bosque de espinillos, 
cuerpos a medio incorporarse. Vedlos. 
Salen al llano, en dirección al río. 



[146] 



TABARÉ 



Aquel es Ybipue, ✓Quién no conoce 
al tubichá, tan fiero como listo, 
que al avestruz alcanza y al venado, 
y apresa, entre las aguas, al carpincho? 

Cayú es aquel, que corre entre las chírcas. 
Se le conoce en el profundo signo 
que le grabó, con hacha, en la cabeza, 
hace algún tiempo, el arachán Siripo. 

¿También tú, Guaycurú? De los cristianos 
tú te dijiste servidor sumiso, 
y ese casco que llevas, y esa adarga, 
de Garay los ganaste en el servicio. 

Tú fuiste el mensajero de tu tribu; 
rompiste, en la rodilla, tu macizo 
arco de ñandubay, y, en tu piragua, 
o a nado, en són de paz, cruzaste el río. 

¿No es esa una mujer? Es T abolía. 
Sabe arrancar la piel al enemigo, 
y ya, más de una de ellas, ha colgado 
en el movible toldo de sus hijos. 

Ella no exprime el fruto del quebracho, 
ni recoge, en la selva, para su indio, 
la miel del guabiyú, ni lleva el toldo, 
ni entona el yaraví de triste ritmo. 

Tiene en el labio el signo del guerrero; 
suena en la lucha su salvaje grito, 
y en el desnudo seno apoya el arco, 
en que viene la muerte a hacer el nido. 



U47] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Yamandú va adelante. El negro brazo 

hacia atrás extendido, 
silencio impone a la jadeante turba, 
con ademán nervioso y expresivo, 

mientras él se incorpora; la cabeza 
saca de entre las matas, y, al tranquilo 
resplandor de la luna, ya cercano, 
observa el silencioso caserío. 

III 

Blanca duerme. La lámpara, en la alcoba 

de la inocente niña, 
su dormida cabeza, en la almohada, 
con trémulas aureolas ilumina. 

Entreabiertos los párpados, 
dejan adivinar en las pupilas, 
como en el lago el brillo de una estrella, 
la lumbre palpitante de la vida. 

Los invisibles labios de un ensueño 
parecen apoyarse en su mejilla, 

y comprimir su boca 
con los pliegues del llanto o la sonrisa. 

Una oración acaso, 
a medio terminar, interrumpida 
por el sueño, ha quedado abandonada 
entre los labios de la hermosa niña, 

que, unos ratos, parece recogerla, 
moverla entre ellos, pura e instintiva, 
y ofrecerla a los ángeles, que nadan 
en el callado ambiente que respira. 



[148] 



TABARÉ 



¿Duerme? ¿O en el vahído indescriptible 
intermedio entre el sueño y la vigilia, 
la realidad y la ilusión se estrechan, 
y en su espíritu flotan confundidas? 

¿Conserva esa conciencia vacilante, 
esa confusa actividad que infiltra 
la voluntad del hombre en los ensueños, 
que en lo obscuro procuran sumergirla? 

IV 

Acaso no dormía. Se incorpora; 
en el espacio la mirada fija; 
separa los cabellos de la frente, 
y escucha inmóvil, temblorosa, lívida. 

Vedla en el borde del revuelto lecho. 

¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira? 
¿Quién derrama, en el alma de la virgen, 
ese terror que asoma a sus pupilas? 

¡Ah! Blanca no ha soñado. 

La ronca gritería 
que llegó hasta su oído se repite, 
crece, arrecia, se acerca; no es mentira. 

Es el malón salvaje, 

derramado en la villa; 
el bramido terrible de la fiera, 
que ataca, y se revuelve, en su agonía. 

¡Indios/ ¡Los indios vienen! 

En medio de la grita, 
se oye clamar. ;Los indios! ¡El charrúa! 
¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! . . . Suena la esquila, 



1149] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



sobre el pajizo techo 

de la humilde capilla, 
con ayes repetidos de rebato, 
estalla un arcabuz, el plomo silba. 

;Ah del valiente hidalgo 1 

¡Los indios en la villa! 
,Dó está ía espada, brazo de la muerte, 
que, en las batallas, Don Gonzalo vibra? 

El salvaje alarido 
con que las tribus su valor excitan, 
suena, cual si los átomos del aire, 
para aullar y gemir, cobraran vida, 

Y vuelan las saetas, 

que sus colmillos en el aire afilan, 
y en ellas, discurriendo por la sombra, 
silba la muerte, como errante víbora. 

Como el penacho ardiente 
del yelmo de un demonio, va encendida, 
su roja cabellera desgarrando 
en los aires, la bola arrojadiza; 

y se quiebran las ramas, 

los árboles oscilan, 
despierta el arcabuz, pero, sin rumbo, 
el plomo vuela, el fogonazo brilla. 

Y el salvaje alarido 
levanta a ios jaguares, que dormían 

y se alejan corriendo, y a los pájaros, 
que huyen despavoridos a las islas. 



[150] 



TABARÉ 



Y el malón se dilata 
como reptil inmenso, que se agita 
en mortal convulsión, y envuelve al pueblo, 
y lo estruja, y lo ahoga en sus anillas. 

¡Ay del pueblo dormido! 

¡Ay de la hermosa niña! 
¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa 
al lado de la fiera que agoniza? 



V 

Mal ajustado el yelmo, 

la cota mal ceñida, 
con la espada desnuda, Don Gonzalo 
ha estrechado a su esposa; a sus rodillas 

se ha abrazado, gimiendo, 
su hermana Blanca. El capitán vacila. 
Ruge el malón afuera. . . ;Gerra España! 
se oye clamar, en medio de la grita. 

¡Gonzalo, no nos dejes 1 
Gonzalo, si te vas, t quién nos auxilia? 
[Santiago! ¡ Cierra España 1 . . . Ruge el indio - 
]Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla! 

De los queridos brazos 
se arranca el capitán, corre a la lidia; 
ha huido Doña Luz, y, junto al lecho, 
Blanca ha caído, como flor marchita. 



1151} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



VI 

Las macanas que agitan los charrúas 

ya están en sangre tmtas, 
y los desnudos cuerpos brotan sangre, 
y fuego las pupilas. 

Rueda el incendio en los pajizos techos, 

como de aladas víboras 
una bandada extensa, que, entre el humo 
y el rojizo fulgor, se arremolina. 

Con retumbante son, en las rodelas 

chocan las mazas indias. 
Mudo está el arcabuz, porque el charrúa 
el cuerpo ciñe a la armadura misma 

del español, y clava 
en él sus dientes, que la rabia irrita; 
y ruedan ambos, en estrecho nudo, 
estremeciendo el suelo en su caída. 

Crecen los alaridos; 
la brega recrudece, y la rojiza 
claridad del incendio, los pintados 
rostros de los salvajes ilumina; 

se refleja en las aguas, 
en fantásticas danzas, y, en la villa, 
las desnudas siluetas de los indios 
por todas partes cruzan fugitivas, 

como sombras extrañas e impalpables 
que los aires vomitan, 
y, a la voz de un conjuro, 

cuajan en las tinieblas sacudidas. 



{152} 



TABARÉ 



¡Ay de la buena hermana 
de la estrella que alumbra las colinas, 
cuando la tarde entona sus rumores, 
al quedarse dormida entre las islas! 

VII 

¿No es Yamandú, el cacique, 
el que huye allá en la sombra? 
Corre, volviendo el rostro abigarrado, 
huye, trepando las cercanas lomas. 

Es él; bien se distinguen 

sus gigantescas formas; 
bien se conoce el matorral de plumas 
que su cabeza, en el combate, adorna. 

Es él. ¿Por qué va huyendo? 
¿Por qué sus compañeros abandona? 
;Teme la muerte, el guaraní cobarde, 
después que él mismo concitó las hordas? 

Nó: el indio ha conquistado 
lo que su ardor provoca; 
él fue una vez a la española villa, 
y vio una virgen. Lo siguió su sombra 

al bosque de los talas, 

a su movible choza; 
hirvió su sangre; la pasión salvaje, 
brutal y ciega, devoró sus horas. 

Miradlo: entre los brazos 

se lleva a la española: 
es Blanca, Blanca, la tranquila hermana 
de la inocente estrella de las lomas; 



[153] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Blanca, cuyos lamentos 

en el aire sofoca 
el último clamor de la batalla, 
que desgarrando los espacios flota: 

ella, que se retuerce, 
y forceja, y se ahoga, 
en ese nudo de viviente hierro, 
que hace crujir sus delicadas formas. 

Lleva tan sólo, de su lecho aun tibio, 

las desceñidas ropas; 
entre los brazos negros del charrúa, 
se ven alas de un nido de palomas; 

y, entre el pecho nervudo 

y la mano callosa, 
la cabeza de Blanca va oprimida, 
inmóvil, encajada entre dos rocas. 

VIII 

Allá, en el horizonte, 
una raya de luz traza la aurora; 
luz incierta y rosada, que franjea 
los ropajes talares de las sombras. 

Los últimos charrúas 
el incendiado pueblo ya abandonan, 
y, en grupos, se dirigen a la selva, 
dando alaridos que el espacio asordan; 

y, sobre el nimbo tenue 
que circunda la curva de las lomas, 
a ratos se proyecta, siempre huyendo, 
la silueta del indio y la española. 



[154} 



TABARÉ 



IX 

Cuando se lo dijeron, 
la planta vaaló de Don Gonzalo; 
perdió el mundo las formas a sus ojos, 
y, para no caer, se asió de un árbol. 

Zumbaron sus oídos, 
con gritos y lamentos prolongados, 
y ese llanto sin lágrimas, que riega 
la raíz del dolor, secó sus párpados. 

El nombre de su hermana, 
como un ruego, brotó de entre sus labios; 
sintió la sombra de su madre exunta 
alzarse suplicante allí a su lado; 

y, tal cual aparecen 
las nubes sobre el fondo de un relámpago, 
de Tabaré, el recuerdo presentóse 
cu ti fondo del alma de Gonzalo. 

Tabaré, a quien el jefe 
buscó siempre en la lucha, sin hallarlo. 
¿Quién, si no él, pensaba, de los indios 
la turba vil, como caudillo, trajo? 

¿Qué otra cosa, en la mente, 
acariciaba aquel salvaje huraño, 
cuando, en las altas horas, por el pueblo 
solía discurrir con sobresalto? 



(155} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



X 

Duró sólo un instante 
del abatido joven el letargo; 
un instante mortal, en que perdiera 
la conciencia del tiempo y del espacio. 

Cuando alzó la mirada, 
vio que sus hombres de armas, a su lado, 
por su intenso dolor sobrecogidos, 
en silencio lo estaban contemplando. 

Los vio, como quien vuelve 
de larga ausencia; los hallaba extraños. 
Meditó, recordó . , . y un grito sordo 
lanzó, al hallar de su dolor el rastro. 

¡Ah, ya os entiendo, amigos! 
El bosque entero arrancaréis de cuajo. 
Lo arrancaréis, ¿verdad? { Oh, en vuestras venas, 
sangre española no discurre en vano! 

¡Mis valientes, mis fieles! 
¿La oís? Os llama sollozando.,, ¡vamos! 
¿Cuándo una dama ha recurrido en balde 
al hidalgo valor de un castellano? 

¡Es mi Blanca! ¡mi hermana! 
¿La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado. 
Y no está muerta... ¡ni siquiera muerta! 
¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos? 

Yo, a mi maldita suerte, 
su inocencia y su vida he vinculado; 
yo la arrojé a las fauces de las fieras 
del salvaje desierto americano. 



[156 ) 



TABARÉ 



¡Y era el ultimo ruego 
de mi madre expirante su cuidado! 
Para ella fue, para mi tierna hermana, 
la última gota del sagrado llanto. 

Yo juro, al que la salve, 
ceder mi vida, mi blasón hidalgo. 
¡Damián! jRamiro! ¡Vamos, Padre Esteban! 
Es tiempo aún, y nos está esperando. 

Corramos a salvarla . > . 
¿Españoles no sois? ¿No sois soldados? 
¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno, 
si el infierno se pone ante mi paso! 



U57J 



CANTO CUARTO 



I 

Saltando breñas, y horadando muros 

de impenetrables ramas, 
de enredaderas que, de tronco a tronco, 
corren, y se retuercen, y entrelazan: 

mburucuyas que, entre follaje ajeno, 

abren sus pasionarias, 
y columpian sus frutos numerosos, 
de piel dorada y corazón de grana; 

rompiendo del cipo las duras hebras, 

y esquivando las blancas 
ramas del ñapindá, que, con sus dientes, 
muerde los troncos, y los pies desgarra; 

cruzando entre laureles y quebrachos, 

ñangapirés y talas, 
cuyo follaje, espeso y verdinegro, 
con el del sauce pálido contrasta; 

sumergido entre chircas y juncales, 

matorrales y 2arzas, 
se pierde a veces, y se ve de nuevo 
reaparecer, huyendo a la distancia, 



{158] 



TABARÉ 



al indio Yamandú, Lleva, en los hombros, 

a la exánime Blanca, 
cuyos brazos, y negra cabellera, 
cuelgan lacios, del indio por la espalda. 

Ya, rompiendo los muros de verdura, 

el salvaje se agacha, 
ya se abre senda con el duro brazo, 
o, entre los troncos derribados, salta. 

Tal el tigre que va a su madriguera, 

en la maleza arrastra, 
colgada de sus fauces sanguinosas, 
la res herida que cayó en sus garras. 

II 

Silencioso está el bosque, el bosque obscuro 

de ceibos y de talas; 
el bosque de las sombras, en que anidan 
las noches más espesas y más largas, 

que convierten en moscas, o en reptiles, 

a los indios que pasan, 
y las alas de piel de los murciélagos 
empapan en la sangre de la iguana. 

Es el bosque de Añang; las tribus huyen 

de sus siniestras ramas; 
tan sólo los payés en él aprenden 
de Añan*giiaz¿ los cantos y palabras. 

Nacen en él los seres invisibles 

que a los indios disparan 
las f lechitas de piedra, que. penetran, 
y enfrían para siempre las entrañas; 



{159} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



los indios que en la tierra no se mueven 

entre sus sombras andan, 
dando alaridos, y encendiendo fuegos, 
y golpeando los troncos con las hachas; 

y se Ies ve subirse a las tormentas, 

que por el aire arrastran, 
y, entre una y otra ráfaga de viento, 
se oyen sus voces, tristes y apagadas. 

Por eso nunca se llegó la tribu 

a ese bosque de talas; 
sobre él no tiene lus el astro grande, 
las lunas, al tocarlo, se desmayan. 

Es un bosque sin cantos y sin nidos; 

sus ceibos y sus talas, 
en el vigor de la vejez, se miran 
ceñudos, sin cambiar una palabra. 

En torno de los troncos, la maleza 

crece tupida y alta, 
y enredaderas duras, y sin nombre, 
en todas direcciones se enmarañan, 

y cuelgan, de la bóveda hasta el suelo, 

y entre el musgo se arrastran, 
y envuelven, en sus hojas verdinegras, 
los troncos secos, que en el suelo abrazan; 

los troncos derrumbados por el rayo, 

que no mató las plantas 
que al árbol vivo estaban adheridas, 
y su negro cadáver acompañan. 



TABARÉ 



III 

Caídos los cabellos, 
como el ala del ave fatigada; 
insensible, sin fuerzas ni conciencia, 
sin miradas los ojos, y sin lágrimas; 

mal cubiertas las formas, 
formas de líneas tímidas y vagas, 
pues los años, artistas de la vida, 
su obra tienen apenas modelada, 

hundida entre la yerba, 
como una gar2a herida, yace Blanca, 
Su cabeza se mueve sobre el pecho, 
colgada de su cuello; frías, lacias, 

sus manos han caído 
sobre el blando regazo en que desmayan. 
Casi ríe su labio; es esa tregua 
que el colmo del dolor presta a las almas. 



Los ceibos se han echado, 
sobre la espalda, el manto de escarlata; 
en idioma extranjero, están las hojas 
conversando entre sí, y en voz muy baja, 

IV 

Un hondo grito de terror y angustia 

Blanca por fin exhala; 
un grito desolado, que se pierde 
en lo impasible de la selva huraña. 



[161] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Al tornar a la vida, recobrando 

una conciencia vaga; 
al volver a sennr que, en sus pupilas, 
las confusas miradas despertaban, 

las derramó en su torno; vio a su lado, 

entre la luz escasa, 
los viejos troncos, la maleza, el bosque, 
y por fin, en la sombra, a sus espaldas, 

con las negras pupilas luminosas 

en lascivia empapadas, 
vio el rostro abigarrado del salvaje, 
que de su presa el despertar aguarda. 

Una estúpida risa lo contrae 
con una mueca bárbara; 
la cabellera rígida y obscura 
sobre el pintado rostro se derrama; 

el cuerpo tiembla, y el jadeante aliento, 

al rozar la garganta, 
forma un sonido, intermitente y áspero, 
que se acelera, y al rugido alcanza. 

El salvaje se ríe; de aquel bosque 

sólo él sabe la entrada; 
él es paye; de Añan-gmzu no teme 
los fuegos, ni los pálidos fantasmas. 

V 

El grito de la virgen se ha extinguido. 

Su cabeza, ocultada 
en los brazos, que oprimen las rodillas, 
todas las líneas de su cuerpo, pálidas, 

[162} 



TABARÉ 



forman un nudo, estrecho y tembloroso, 

que se ve entre la grama, 
al través del cabello, que lo envuelve 
como el ramaje al ave amedrentada; 

nudo ajustado apenas, que la mano 

de un niño desatara; 
que defender no puede, en aquel bosque, 

el tesoro que guarda. 

Siente la virgen, tras de sí, el romperse 

de sacudidas ramas, 
y oprime más sus trémulas rodillas, 
y así un gemido imperceptible lanza. 

¿Qué pasa allí? La niña sólo siente 

dos rugidos que estallan, 
dos cuerpos que a su lado se desploman, 
y un grito sofocado a sus espaldas. 

Después, por ur. instante, sólo escucha 
las hojas que conversan en voz baja . . . 
Alguien también respira junto a ella . . . 
¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla. 

No se atreve a mirar eso ignorado 
que siente allí, muy cerca, como zarpa 
ya dispuesta a caer; sus pensamientos 
comienzan a voltear en ronda vaga; 

sin rumbo se atropellan sus ideas; 
el silencio la atruena; en su mirada 
las sombras se condensan; los rumores 
se alejan en tropel, y, a la distancia, 

{163} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



parecen remedar voces confusas, 
indefinibles gritos o palabras; 
le falta tierra y aire, y se desploma, 
y el nudo de sus brazos se desata. 

Ha creído escuchar, al desplomarse, 
algo como un lamento a sus espaldas, 
y haber visto una sombra conocida 
llegarse hasta su lado, sin tocarla, 

VI 

El indio Yamandú yace en el suelo. 

En los ojos y el alma 
tiene la noche; su salvaje risa 
está en sus labios para siempre helada. 

¿Quién es ese otro, pálido y convulso, 

que entre la yerba se alza, 
después que, entre los dedos, ha estrujado 
de Yamandú el cacique la garganta? 

¿Quién escuchó, en el fondo de la selva 

temida de los talas, 
el grito de la virgen española, 

indefensa y esclava? 

¿Quién si no él? De pie, junto a la niña 

que inmóvil ve a sus plantas, 
como si el soplo de un ensueño frío 
por sus hinchadas venas circulara, 

el indio Tabaré mira el cadáver 
de Yamandú, y a Blanca 
que, cual visión dormida en la maleza, 
el resplandor de su blancura irradia. 



£164] 



TABARÉ 



Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque 
llevado fue por una fuerza extraña, 
y, al despertar de su sopor, en brazos 
de la cruz de la selva solitaria, 

sintió muy Cerca, entre el rumor confuso 

de ramas agitadas, 
el grito de la virgen española, 
de Yamandú bajo la horrible garra. 

Saltó, como mordido por el aire; 

saltó, y en la garganta 
del indio Yamandú clavó las manos, 
que sacudió, con fuerza extraordinaria, 

hasta sentir la muerte entre sus dedos 
crispados por la rabia. 
Dejó el cuerpo del indio estrangulado . . . 
Se alzó . . . miró ♦ . . la virgen allí estaba. 

VII 

E inmóvil, tembloroso, 
el indio mira a Blanca, 
cual si la muerte, asida a sus cabellos, 
su oído, con sus gritos, desgarrara, 

Y sigue el ruido sordo de las hojas, 

que en voz baja se hablan, 
en ese idioma dulce y extranjero 
en que hablan los crepúsculos al alma. 

Y, sobre el lecho de hojas y de espinas, 
la niña desmayada se destaca. 

Y la ilumina el rayo compasivo 
de la primera luz de la mañana. 



Í165} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



VIII 

Tabaré cargó en hombros el cadáver; 

miró de nuevo a Blanca, 
y alejóse, en silencio, 
como temiendo oiría, o despertarla. 

Y seguía, seguía presuroso, 

con el muerto a la espalda, 
volviendo la cabeza, 

entre mortales pavorosas ansias. 

Se detiene por fin; tira el cadáver; 
lo esconde entre las zarzas, 
y sigue huyendo, huyendo 

del sitio en que la niña se encontraba. 



IX 

Como lebrel que, tras perdido rastro, 

ciego y sin rumbo vaga, 
y, de pronto, lo encuentra por el aire, 
y vuelve atrás, jadeando entre las matas, 

el indio cambia de repente el rumbo, 

su camino desanda, 
y corre, hacia la selva que ha dejado, 
entre las breñas que sus pies desgarran. 

Tal cruza el matorral la hembra del tigre, 

y entre las ramas salta, 
dando cortos bramidos, cuando escucha 
a su cachorro herido a la distancia. 

[166} 



TABARÉ 



X 

Sólo el indio lo hubiera percibido 

Ha sonado a su espalda 
un vagido, a* lo lejos, a lo lejos, 
en el bosque de ceibos y de talas. 

Se parece al quejido del venado, 
cuando a Ja madre llama, 
escondido en los verdes matorrales, 
al advertir el vuelo de las águilas. 

Es el débil gemido que la niña, 

a! verse sola, lanza. 
Tabaré llega, y jadeante y mudo, 
se detiene a su lado, sin mirarla. 

Un pánico de muerte se apodera 

de su ser; siente a Blanca 

moverse entre las breñas, como el cisne 

que se revuelca herido en la hojarasca, 

y alguien diría que algo pavoroso 

al salvaje anonada. 
Un soplo helado por sus venas corre, 
y en sus pupilas la visión apaga 

Parece que la mano de la muerte 

a su frente se agarra, 
y la ardorosa piel de su cabeza, 
con lento esfuerzo, de su cráneo arranca. 

Tabaré tiembla: siente que a su lado 

la española se arrastra; 
percibe, en las rodillas, el contacto 

de sus manos heladas, 



[167] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



el roce de su aliento, 
la humedad de sus lágrimas, 
y oye, por fin, su voz, su voz, no hay duda, 
que allí, como un ensueño, se levanta. 

Parece que, a la voz de aquella niña, 

todo ruido se apaga 
en el alma del indio; el mundo todo 
sólo esa voz, para el salvaje, exhala. 

Jamás la fiera dominó a su presa, 

como la virgen pálida 
al hijo del desierto que, temblando, 
sobrecogido escucha sus palabras. 

XI 

— ¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres? 

¿Por qué así me maltratas? 
Yo nunca te hice mal; yo no quería 
que tú de nuestro lado te alejaras. 

¿Qué me quieres, charrúa? ^En mí vengarte 
querrás de las ofensas de mi raza? 

No me hagas mal, perdóname, 
yo no te odié jamás. . . ¿Por qué me odiabas? 

Perdóname, por Dios; por la memoria 

de aquella madre blanca 
que está en el cielo, y desde allí te mira, 
y en el mundo tus pasos acompaña. 

Si no han muerto, me lloran mis hermanos; 
¡oh! llévame a su lado, que me llaman. ♦ . 

Enséñame el camino: 
yo sola iré, las fuerzas no me faltan. 



[168} 



TABARÉ 



Aunque ves que, desnudas y con sangre, 

se resisten mis plantas 
a sostener mi cuerpo, no lo creas, 
aun puedo caminar una jornada. 

Díme sólo, por Dios, cuál es la senda 

que conduce a la playa» . • 
¿No me contestas, Tabaré? ¿Qué tienes? 
¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas? 

¡Ah, me infundes terror! ¿Por qué así tiemblas? 

¿Te ofenden mis palabras? 
Yo me iré sola, si, piadoso y bueno, 
me indicas el camino de mi casa. 

¿O han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste? 
¿Mataste a mi Gonzalo en la batalla? 

¡Sola, sola en el mundo 
tengo yo que morir abandonada! 

Déjame entonces, Tabaré, que rece 

la oración de la noche, pronto acaba 4 . . 

Y moriré en silencio, 
si tengo que morir, si no te apiadas. 

XII 

El indio que, abrazado a un viejo tronco, 

a la niña escuchaba, 
lanza un gemido prolongado, amargo 

como un llanto sin lágrimas. 

Todas a una, al reventar, sollozan 

las fibras de su alma; 
Blanca atribuye a rabia aquel sollozo, 
que un nuevo grito de terror le arranca. 



U69 J 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Al cielo la oración de la inocencia 

temblorosa levanta, 
con las manos unidas> y los ojos 
llenos de luz, de sombras y de lágrimas. 

Cual si quisiera aprovechar los breves 

instantes que le faltan, 
ahoga los sollozos, y de entre ellos 
brota en tropel la fórmula cristiana; 

el rezo que aquel indio en los albores 

escuchcS de su infancia, 
de una mujer tan blanca como aquélla, 
tan transparente,, inmaterial, sagrada. 

— ¡Morir tú ! grita el indio. . . Por el viento 

el sueño negro pasa; 
ha brotado en la sombra, y cruza el bosque, 
y al ñapindá sacude con las alas. 

Ha golpeado la frente del charrúa 
con sus manos heladas . , . 
¿Dónde está** ¿Quién, en medio de la selva, 
con esa voz de mis silencios anda? 

¡Morir! ¡La virgen que salió del sueño 1 

¿Quién llegará a tocarla? 
El indio, entre sus brazos, ahogaría 
al negro yacaré de las barrancas; 

arrancará a los fuegos de las nubes 

sus encendidas alas, 
y mojará, con sangre de su cuerpo, 
el astro de las lomas solitarias' 



[170] 



TABARÉ 



jTú morir! Cuando el indio, con sus manos, 

vuelque todas las aguas 
del Hum y el Uruguay, y allí derrame 
toda la sangre de su obscura raza; 

cuando, en los dientes, Tabaré, el charrúa, 

destroce las escamas 
del yacaré, y al tigre, con los dedos, 
arranque palpitantes las entrañas, 

aun entonces la virgen de los sueños 

será la vida, el alba . . . 
Todas las flores se abrirán para ella, 
y cantarán por ella las calandrias. 

¿Quién, con la voz del sueño de mis noches, 

entre las breñas anda? 
¿Quién vierte en las arterias del charrúa, 
el fuego que calienta las venganzas? 

XIII 

Blanca mira al salvaje, que persigue 

invisibles fantasmas. 
Mucho más de una vida se refleja 
en su pupila aiul iluminada. 

La extrema palidez que, por sus miembros 

convulsos se derrama, 
hace de él una sombra transparente, 
forma sin cuerpo, evocación, fantasma. 

XIV 

En la mente del indio se disipan 

las visiones, y clava, 
con larga intensidad, en la española 
las pupilas ardientes fatigadas. 



[171} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Sus ojos, en los ojos de la niña» 

la mirada descansan; 
una gota de llanto brota en ellos, 
y brilla tristemente en sus pestañas, 

y su voz se transforma, y suena dulce, 

como suenan las auras 
en los bosques del Hum, cuando las sombras 
que durmieron en él se desparraman. 

¿Por qué la virgen hiere con los labios 

al indio Tabaré, 
que ha contado las horas de sus noches 

todas negras correr? 

¡No eres el sueño! ¿Sientes en las venas 

la vida como yo? 
¡Ah! ¿No eres sombra que formó la noche 

que vive en mi dolor? 

Ven, el charrúa posará los labios 

donde pongas el pie . . , 
Vamos con tus hermanos. A las sombras 
yo volveré después. 

No se abrirá dos veces, con la aurora, 

la flor de gttabtyú; 
no mojarán dos lunas, en el río, 

la temblorosa luz, 

y ya el charrúa el sueño que no acaba 

comenzará a dormir, 
porque siente en los huesos mucho frío. . ♦ 

¡el frío de morir! 

[172} 



TABARÉ 



¿Oyes el canto? Ya anda, entre las ramas, 

con su canto el urú: 
el pájaro que anuncia las auroras, 

y llora por la luz. 

¿No lo sientes? Es triste como el indio, 

dulce como el sabia, . . 
No hieras, virgen, al salvaje enfermo, 
que la noche sin lunas va a crusar; 

la noche sin auroras y sin cantos, 

donde corren, sin fin, 
las almas perseguidas, que aspiraron 

la flor del curupí. 

Sólo una vida tiene, una tan sólo, 

el indio para ti; 
tú no dirás su nombre dulcemente. 

Él volverá a morir, 

allá en el bosque donde el astro hermoso 

nunca se ve asomar, 
donde vuelan los pájaros obscuros, 

que no duermen jamás; 

donde duerme la madre del charrúa, 

tan blanca como tú; 
donde los fuegos de su hogar primero 

brillaron con su luz. 

Nadie dirá, con llanto de ternura: 

¡ha muerto Tabaré! 
Nadie verá los huesos, con tristeza, 

de mi cuerpo que fue; 

1173} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



mas la ligera madre del venado 

herido en el chircal, 
sobre los huesos del cacique muerto, 

por el venado herido balará. 

Vamos con tus hermanos. A su selva 

el indio volverá. 
Su raza ha muerto; se apagaron todos 

los fuegos de su hogar. 

Ya siento el sueño negro que no acaba 

en mis huesos correr; 
vamos hasta el hogar de tus hermanos; 

allí te dejaré. 

Tú quedarás, como te vio en los sueños 

el indio Tabaré, 
que va a cruzar entre los negros toldos, 

para nunca volver: 

Pura, como las aguas transparentes 
que duermen en el Hf¿m, 

cuando, -en los aires, enmudece el viento 
del Parana-guazú. 

Vamos con tus hermanos; no me hieras, 

el indio no te odió; 
tú lo has seguido siempre, derramando 

en sus venas dolor; 

Tú te has llevado el sueño de sus noches, 

y el fuego de su hogar, 
las alas de sus flechas, y la fuerza 

de su arco de urunday 

[174] 



TABARÉ 



Vamos con tus hermanos* A su bosque 

el indio volverá, 
a monr con su raza, y con los fuegos 

de su salvaje hogar. 

La voz del indio suena como un canto; 

como suenan las auras 
en los bosques del Hum, cuando las sombras 
que durmieron en él se desparraman. 

Blanca lo escucha, como se oye el eco 

de canción olvidada, 
que, en ráfagas, acude a la memoria, 
sin que la voz acierte a recordarla. 

Pende, en los labios de la absorta niña, 

la tímida palabra 
de la trunca oración, y mira y sigue 
al indio con atónita mirada. 

En sus ojos azules, ha creído 

ver algo que esperaba; 
algo como la estrella de las tardes, 
que, en las riberas, alumbró sus lágrimas; 

punto de luz en que miraba acaso 

aquella madre blanca 
que se acostó a morir bajo los ceibos, 
y, en el dolor de su hijo, despertaba. 

La niña vio la luz en el abismo; 

y alguien, que habló en su alma: 
"ésa es, le dijo, tu soñada lumbre; 
pero ese abismo, sólo Dios lo salva". 



[175} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Todo lo comprendió. Y amó a aquel hombre 

como las tumbas aman; 
como se aman dos fuegos de un sepulcro, 
al confundirse en una sola llama; 

como, de dos deseos imposibles, 

se unen las esperanzas; 
cual se ama, desde el borde del abismo, 
el vértigo que vive en sus entrañas. 



[176] 



CANTO QUINTO 



I 

¿Quién es ese indio pálido, que cruza 

las lomas solitarias, 
y atraviesa el chircal y los bañados, 
y una virgen conduce en las espaldas? 

Camina vacilante, como un ebrio; 

en convulsiones rápidas 
se sacuden sus miembros, y, en sus brazos, 
oscila a veces la preciosa carga* 

Es el indio imposible, el extranjero, 

el salvaje con lágrimas; 
la última gota de una sangre fría, 
que aun no ha bebido la sedienta pampa. 

II 

El sol ha recorrido 

la mitad de su marcha, 
y los viajeros, sin cesar, caminan 
a través de las lomas solitarias. 

Oyen, por todas partes, 
la metálica V02 de la chicharra, 
y al mamangá, que zumba dando vueltas, 
y al camoatí, que hierve entre las ramas; 

{177} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



el trémulo volido 

de la perdiz lejana, 
y, en el quebracho, el golpe vigoroso 
del carpintero, leñador con alas. 

El aire está poblado 

de susurros que pasan; 
como en un velo de cristal envuelto, 
el campo brilla, entre aureolas diáfanas. 

Con intervalos breves, 
del arbusto en las ramas, 
su cantarcillo igual lanza el chingólo, 
prolongando la nota con que acaba; 

y se oye, repetida 

a diversas distancias, 
la misma melodía quejumbrosa, 
que va, viene, contesta, ruega o llama. 

El zorro, entre las chircas, 

la larga cola arrastra, 
huyendo a saltos, y volviendo, a veces, 
el puntiagudo hocico entre las zarzas; 

la pesada cabeza 
inclina el cardo seco; de su blanda 
plumazón se desprenden las semillas, 
como enjambres de estrellas apagadas, 

que vuelan en flotantes remolinos, 
o en el suelo se arrastran; 
se detienen, y emprenden nuevamente 
el camino sin rumbo, atolondradas. 



[178} 



TABARÉ 



Y, con Blanca en los brazos, 
el indio oo descansa; 
camina lento, sin cesar camina, 
dejando atrás las lomas solitarias. 

III 

Cruzan por los bañados 
cubiertos de espadañas, 
sobre las cuales, desarrolla al aire 
el penacho gentil la paja brava; 

allí, los mirasoles 
abren las verdes alas, 
y lanzan estridentes alaridos 
los pesados chayas en las barrancas. 

Tiemblan los amarillos pajonales, 

y brillan las tacuaras, 
y, entre los cardos secos y caídos, 
cruzan la lagartija y las iguanas. 

Quejidos de palomas invisibles, 

y voces de calandrias, 
y notas como golpes sonorosos, 
de los dormidos sauces se desgranan, 

y pueblan el silencio de los aires, 
mezclados con las ráfagas 
de aromas puros, hálito del campo, 
y de perdidas flores ignoradas. 

A grave paso y lento, la cigüeña 

recorre las cañadas, 
o, rozando los juncos al alzarse, 
los abanica con las alas blancas, 

[179} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



y, bogando a compás firme y solemne, 

tranquila se adelanta, 
y se aleja, y se aleja, hasta perderse, 
diluida en el aire y la distancia. 

En las aguas inmóviles 

se reflejan las garzas, 
que dormitan, o cruzan cadenciosas, 
como formas de espuma, entre las cañas; 

los insectos se cuelgan 

en sus hilos de plata, 
o trepan por sus redes, que parecen 
hebras de sol, o cristalinas arpas; 

y con Blanca en los brazos 
sigue el indio su marcha, 
despertando a su paso en la malera 
los venados, que huyendo se levantan, 

y, en la lejana cumbre de la loma, 

a mirarlo se paran, 
proyectando, en el cielo, la silueta 
del cuerpo esbelto y enramadas astas. 

IV 

Y los viajeros siguen. 

Y, sobre ellos, las águilas, 
en inmensos balances, se remontan, 
del transparente espacio soberanas. 

Gritan los teru-teros, 

cuyas alas armadas 
zumban, en vuelo sesgo y atrevido, 
que el aire, en todas direcciones, rasga. 

1180] 



TABARÉ 



O corren por el suelo, 

y huyendo se agazapan, 
abandonando el nido silenciosos, 
para gritar después a la distancia. 

Brillan, entre las flores, 

la pequeña coraza, 
y la armadura azul, y el yelmo de oro 
del picaflor, armado por las auras, 

para librar temblando 

sus rápidas batallas, 
contra los ingenios que invisibles flotan, 
y los ovarios de las flores guardan. 

Y todo, para el indio, 

luce, resuena y pasa, 
como adioses confusos y postreros, 
que se van para siempre, y que se abrazan. 

Él sigue, sigue siempre 
con Blanca en las espaldas; 

nada escucha; su cuerpo ya no tiembla; 

ya las heridas de sus pies no sangran. 

No ha salido del labio del charrúa 

ni una sola palabra; 
el movimiento de su paso es rítmico, 
como el balance de una cuna. Blanca, 

sobre el brazo, en el hombro del salvaje, 

la cabeza descansa; 
las horas cierran sus hinchados párpados. 
La virgen duerme . . . Por sus labios pasa 



U81} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



el aliento a compás, y en ellos deja 

una sonrisa amarga, 
lejana transparencia de un ensueño, 
que se mueve en el fondo de su alma. 

V 

Se ha detenido Tabaré, de un sauce 

bajo las ramas trémulas; 
está inmóvil, absorto; para el indio, 
la frágil niña aniquiló la tierra. 

Sólo siente, en su oído, acompasada, 

la tibia intermitencia 
del aliento de Blanca, que, dormida, 
sobre su hombro, descansa la cabeza. 

Percibe sus latidos melodiosos, 

que el pecho le golpean, 
como el ritmo de un canto sin sonidos 
que, sm tocar su cuerpo, a su alma llega. 

El indio no se mueve; como en éxtasis, 

entre los brazos lleva 
a la virgen que duerme, como el ave 
duerme en el nido que en la rama cuelga. 

VI 

Se acerca el sol a la última colina, 

y Blanca no despierta; 
duerme tranquila. Su jornada, el indio 
de nuevo emprende, cuidadosa y lenta. 

Su pie desnudo, por guardar silencio, 

esquiva la hoja seca, 
su mano, sin esfuerzo, suavemente, 
separa la silvestre enredadera; 



1182] 



TABARÉ 



del lugar en que anida el teru-tero 

con cuidado se aleja, 
por evitar sus gritos, que, de Blanca, 
el dulce sueño interrumpir pudieran. 

Y sigue, y sigue, y cruza, una tras otra, 

las colinas desiertas; 
se pierde en el cardal de las cañadas, 
y aparece, de nuevo, por la cuesta. 

VII 

¿Los veis allá en la loma? El viento fresco 

de la tarde que llega 
despierta a la española que, en su torno, 
derrama la mirada con sorpresa. 

¿Cómo pudo dormir? Un raro ensueño, 

que casi no recuerda, 
acaba de volar, dejando en su alma, 
como el calor del pájaro que vuela. 

Queda en el nido, un rastro de algo triste, 

que a precisar no acierta; 
algo como un acorde, cuyas notas 
siguen vibrando aún, pero dispersas. 

Blanca mira al charrúa. Con el dedo, 

éste a la virgen muestra 
una columna de humo que, a lo lejos, 
sobre la masa de árboles se eleva. 

¡El Uruguay! 

¡San Salvador! 

La niña 

una mirada intensa 
ha clavado en los ojos del charrúa, 
azules y tristísimos. La estrella 



[183] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



brillaba en ellos, pálida, lejana, 

agonizante y trémula, 
la estrella solitaria de las tardes, 
que las colinas últimas pasea. 

El indio miró a Blanca, y, sobre el pecho, 

inclinó la cabeza; 
su mirada era fría y extenuada, 
cual la última que envía entre las breñas 

el inerme venado que allí muere 

sin lanzar una queja, 
lamiéndose la herida dolorosa, 
y ya sin sangre, en su costado abierta. 

La niña, sobre el hombro del charrúa, 

y entre las manos yertas, 
ocultó el rostro, cual si hubiera oído 
una angustiosa inesperada nueva; 

algo como el anuncio de la muerte, 

que ya tarde nos llega, 
de alguien que, al expirar, nos ha llamado, 
y que oímos, tal vez, sin darnos cuenta. 

¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse 

con la mirada aquélla? 
¿Por qué rompió, de pronto, en un solloío, 
y en un llanto de lágrimas acerbas? 

Lloraba a gritos, con la cara hundida 

entre las manos gélidas, 
y, a través de las lágrimas, miraba, 
levantando un momento la cabeza, 



(184] 



TABARÉ 



al indio en cuyos brazos se veía, 

a la corriente inmensa 
del Uruguay, y a la columna de humo 
que se elevaba transparente y lenta. 

VIH 

Tabaré oyó de Blanca los sollozos 

con fría indiferencia; 
mudo, impasible; la mirada estaba 
muerta en sus ojos; todo ausente en ella. 

Estaba en pie, pero insensible, frío, 

frío como la tierra; 
parecía extenuado; mas, de pronto, 
como empujado por ajena fuerza, 

su cuerpo helado descendió la loma, 

con la española a cuestas, 
cuyos largos sollozos resonaban 
en la salvaje soledad desierta. 

Y el grupo aquel, atravesando el llano 

en siniestra carrera, 
como la sombra que en el suelo cruza 
de obscura nube que los vientos llevan, 

se hundió en la sombra del cercano bosque, 

cuyos talas y ceibas 
parecieron cerrarse tras el paso 
del indio y la española. 

Tal se cierran 

las aguas o el sepulcro, en cuyo seno 

se hunden o se despeñan 
la flor que se desprende de su rama, 
y el hombre que resbala de la tierra. 



U85] 



CANTO SEXTO 



I 

El sol va descendiendo lentamente, 

y sus rayos oblicuos, 
como ligeros seres, embozados 
en diáfanos cendales amarillos, 

van y vienen, flotando entre los árboles, 

se bañan en el río, 
se arrastran por el campo o, escondiendo 
el rastro de su vuelo fugitivo, 

van a posarse en el ombú lejano, 

a cuyo lado mismo 
el urunday } envuelto en los vapores, 
duerme en la sombra el sueño vespertino. 

En la nube de bordes inflamados, 

de su agrandado disco 
el sol oculta una mitad; la otra 
alumbra el campo con su triste brillo. 

Al desprenderse entero de las nubes, 

desciende como el ígneo 
escudo de batalla de un arcángel, 
que cruza lentamente lo infinito, 



[186] 



TABARÉ 



dejando tras de sí, por los espacios, 

sobre un campo rojizo, 
trozos inmensos de armaduras de oro, 
y jirones de púrpura encendidos. 

Los rumores del valle se evaporan; 

los vientos han huido 
a echarse fatigados en las islas, 
donde, a poco volar, duermen tranquilos, 

II 

Sólo sobre una loma, separado 

del bosque de espinillos, 
está un ombú, de los que allí parecen 
para medir la soledad nacidos. 

En el tronco del árbol apoyado, 
de pie, mudo y sombrío, 
los brazos sobre el pomo del montante, 
y con los ojos en el suelo fijos, 

Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque 

en vano ha recorrido, 
y ha traspuesto las lomas y barrancas, 
sin hallar de su hermana ni un vestigio; 

que, recién apagadas, las hogueras 
del bosque vio, junto al cadáver frío 
del indio viejo, cual si viera el lecho 
que el tigre acaba de dejar, aun tibio, 

con la noche en el alma y en la frente, 

comprime de su espíritu 
la tempestad siniestra, que se arrastra 
de su ira y su dolor en el abismo. 



(187} 



JUAN ZORRILLA DK SAN MARTÍN 



Algunos hombres de armas lo rodean, 

mudos y pensativos. 
También el Padre Esteban, en sus labios 
asoma, pero queda sin abrirlos, 

urm frase de amor no articulada, 
que, al fin, se desvanece en un suspiro. 
Todos callan; debajo de la cota 
del capitán golpean los latidos. 

III 

Los soldados comprenden 
la pasión de Gonzalo en su silencio. 
El que reina en el mar, cuando las nubes 
anuncian tempestad, no es más siniestro. 

Hay chispas comprimidas, del hidalgo 
en los ojos inmóviles y negros; 
tiene su pecho el palpitar de la onda 
próxima a reventar; hay en sus nervios 

una tensión violenta, 
que sacude su cuerpo por intérvalos, 
con un espasmo rápido, que cruza 

por sus rígidos miembros. 

IV 

¿Quién osará romper con la palabra 

aquel mutismo terco 
del hermano de Blanca, sin que estalle 
la tempestad latente de su pecho? 

Miran todos al monje; solo él sabe 

del 0ima los secretos; 
él vio nacer al capitán; él solo 
supo calmar sus ímpetus extremos. 



C188} 



TABARÉ 



— Gonzalo, amigo, escúchame, 

dijo por fin el viejo misionero; 

<?Por qué entregarte a ese dolor sombrío? 

Aun no es de noche ... al bosque volveremos . . . 

Volveremos, y acaso , . . 
¿Por qué desesperar? Acaso el cielo, 
mi buen Gonzalo, a tu dolor reserva, 
y a tu congoja, el que el humano intento 

no alcanza a vislumbrar, próvido amparo, 

y benigno consuelo. 
Al dolor sobrevive, y a la muerte, 
la esperanza que a Dios pide su aliento. 

Pon la tuya en tu Dios, amigo mío; 

sólo Él es fuerte y bueno. 
Oye, Gonzalo . . . vuelve en ti . . . confía . , . 
no encones tu dolor, cede a mi ruego . . . 

La ira de Gonzalo, 
cual si saliera de un sopor interno, 
estalló, como el rayo, cuando siente, 
desde su nube, la atracción del suelo. 

Sus atónitos ojos 
por el campo vagaron un momento, 
hasta que, al fin, una mirada ardiente 
subifi del alma, hasta apoyarse en ellos, 

y saltar sobre el monje, 
y en él clavarse, con el fuego intenso 
que templaba los nervios del hidalgo, 
para que en ellos estallase el vértigo. 

U891 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



— ¡Vos 1 gritó amenazante, 
al monje devorando con el gesto, 
j vos . . . me venís a hablar de una esperanza 
que sólo vos, matasteis en mi pecho! 

jVos, que, con arte indigna, 
me indujisteis al mal con vuestros ruegos, 
me mostrasteis hermanos en los indios, 
e hijos de Dios en ese infame pueblo! 

¡Y que aun en Dios confíe! 
¿Y a mí me lo decís, ira del cielo! 
;A mí, que lloro al ángel de mi vida, 
perdido por seguir vuestros consejos! 

¡Qué! ^Creéis que mi hermana, 
de mi madre el legado postrimero, 
pasto de la pasión de vuestros indios, 
ha de quedar, en extranjero suelo ? 

¡Oh 1 Yo os juro que antes 
que tal suceda, escucharé en silencio 
que llamen a mi madre prostituta, 
bastardo a mí, y a mi blasón plebeyo. 

¿No sabéis que mi Blanca 
lleva en las venas ésta, que yo llevo, 
sangre de Orgaz, que agravio no tolera, 
ni sobrevive al deshonor? Sabedlo, 

y. . . ¡volvedme mi hermana 1 
Oh, me la volveréis, ¡voto al infierno 1 
¿No decís que aun es tiempo de ir al bosque? 
¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo? 



{190] 



TABARÉ 



¿Qué hacéis? Id a la selva, 
a buscar vuestros indios, sólo enfermos, 
vuestros hijos de Dios desheredados . . . 
Buscadme aquel salvaje prisionero, 

a quien por vos tan sólo, 
por vuestros ruegos, abrigué en mi seno. 
Id al bosque, ¿qué hacéis? ¡Oh! por la sombra 
sagrada de mi madre, yo os prometo 

que ese sayal que os cubre 
no embotará la punta de mi acero. 
¡Hablad! ¡Dadme mi hermana, Padre Esteban! 
¡Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho? 

V 

El anciano callaba; 
miraba a don Gonzalo por momentos, 
y tornaba a doblar, mudo, la frente, 
en serena actirud permaneciendo. 

Callaban los soldados, 
mientras Gonzalo, tembloroso y ciego, 
buscaba en vano, en el humilde fraile, 
provocación o enojo cuando menos. 

— ¡Damián! ¡Garcés! ¡Ramiro! 
gritó por fin, pues lo que yo le ordeno 
no obedece de grado, por la fuerza 
llevadlo al bosque, y retornad, . . ¿Qué es esto? 

¡Qué! ¿No me obedecéis? /También vosotros 
contra mí os conjuráis? Damián: ¿Tú entre ellos? 
¡Bajáis las frentes! ¿Cómplices acaso, 
traidores todos sois? ¿También sois reos? 



[191] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



VI 

Los soldados vacilan 
en dar a aquella orden cumplimiento; 
se miran entre sí, y esquivan todos 
ser designados por mandato expreso. 

El furor del hidalgo 

toma creces al verlos; 
las metálicas piezas de sus armas 
crujen, con sus nerviosos movimientos; 

sobre el callado anciano 

va a lanzarse frenético, 
pero los hombres de armas se interponen, 
todos a una, en ademán resuelto. 



VII 

— ¡Capitán! gritó el uno, 
¡cuidad de no tocarle, por el Cielo! 
¡No le toquéis! clamaron los soldados, 
¡por vuestra vida, capitán, teneos! 

— ¡Ah, turba miserable! 
el hidalgo gritó retrocediendo; 
¿Me amenazáis, ralea de villanos, 
gente soez de corazón de cieno? 

¡Me amenazáis, cobardes! 
Yo os mostraré como se aplasta el cuello 
a la víbora inmunda, que se arrastra 
para morder la planta a un caballero» 



{192} 



TABARÉ 



VIII 

Los soldados esperan, 
con la espada desnuda, y con abierto, 
y ya duro ademán, el de Gonzalo 
temido ataque, que el hidalgo es fiero. 

En su mano, la espada 
se veía temblar, cual si en el hierro 
continuase la vida, y lo animara, 
del corazón y el brazo jdel guerrero. 

El primer rudo golpe 
ha sonado del hierro contra el hierro; 
Gonzalo apoya la nervuda espalda 
en el tronco del árbol, y de nuevo 

alza el armado brazo. 
Se adelanta el anciano a detenerlo, 
cuando clama una voz: 

— ¡Por entre el bosque! 

— ¡Un indio! 

— ¡El indio! 

— ¡Por el bosque! ¡Vedlo! 

— ¡Dónde! grita Gonzalo, 
los encendidos ojos revolviendo. 
— ¡Atraviesa aquel llano! 

— ¡Llega al soto! 
¿Lo veis? ¡Es él! . . . 

— ¡Es Blanca, vive el Cielo! 

[193] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



IX 

Por allá, entre los árboles, 

apareció un momento 
Tabaré, conduciendo a la española, 
y en la espesura se internó de nuevo. 

De Blanca se escuchaban 

los débiles lamentos; 
aun vierte, sobre el hombro del charrúa, 
el llanto aquel que reventó en su pecho. 

El indio va callado, 

sigue, sigue corriendo, 
siempre empujado por la fuerza aquella 
que sacudió sus ateridos miembros. 

Va insensible, agobiado, 
y en dirección al pueblo; 
siempre dejando, de su sangre fría, 
las gotas que aun le quedan, en el suelo. 

Grito de rabia y júbilo 

lanzó Gonzalo al verlo, 
y, como empuja el arco a la saeta, 
de su ciega pasión lo empujó el vértigo. 

Los ruidos de su arnés y de sus armas, 
al chocar con los árboles, se oyeron 
internarse saltando entre las breñas, 
y despertando los dormidos ecos. 

Han seguido al hidalgo 
el monje y los soldados. Allá adentro 
se va apagando el ruido de sus pasos; 
el aire está y los árboles suspensos. . . 

{194} 



TABARÉ 



Un grito sofocado 

resuena a poco tiempo; 
tras él, clamores de dolor y angustia 
turban del bosque el funeral silencio. . . 



X 

i Cayó la flor al río! 
Los temblorosos círculos concéntricos 
balancearon los verdes camalotes, 
y entre los brazos del juncal murieron. 

Las grietas del sepulcro 
engendraron un lirio amarillento. 
Tuvo el perfume de la flor caída, 
su misma extrema palidez. . . ]Han muerto! 

Así el himno cantaban 

los desmayados ecos; 
así lloraba el uruti en las ceibas, 
y se quejaba en el sauzal el viento. 

XI 

Cuando al fondo del soto 
el anciano llegó con los guerreros, 
Tabaré, con el pecho atravesado, 
yacía inmóvil, en su sangre envuelto. 

La espada del hidalgo 
goteaba sangre que regaba el suelo; 
Blanca lanzaba clamorosos gritos . . . 
Tabaré no se oía . . . Del aliento 



U95] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



de su vida quedaba 
un extertor apenas, que sus miembros 
extendidos en tierra recorría, 
y que en breve cesó . . . Pálido, trémulo, 

inmóvil, don Gonzalo, 
que aun oprimía el sanguinoso acero, 
miraba a Blanca, que, poblando el aire 
de gritos de dolor, contra su seno 

estrechaba al charrúa, 
que dulce la miró, pero de nuevo 
tristemente cerró, para no abrirlos, 
los apagados ojos en silencio. 

El indio oyó su nombre, 
al derrumbarse en el instante eterno. 
Blanca, desde la tierra, lo llamaba; 
lo llamaba, por fin, pero de lejos . . . 

Ya Tabaré, a los hombres, 

ese postrer ensueño 
no contará jamás . . • Está callado, 
callado para siempre, como el tiempo, 

como su raza, 

como el desierto, 
como tumba que el muerto ha abandonado: 
¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo! 

XII 

Ahogada por las sombras, 
la tarde va a morir. Vagos lamentos 
vienen, de los lejanos horaontes, 
a estrecharse en el aire entre los ceibos. 



H96] 



TABARÉ 



Espíritus errantes e invisibles, 

desde los cuatro vientos, 
desde el mar y las sierras, han venido 
con la suprema queja del desierto: 

con la voz de los llanos y corrientes, 

de los bosques inmensos, 
de las dulces colinas uruguayas, 
en que una raza dispersó sus huesos; 

voz de un mundo vacío que resuena; 

raro acorde, compuesto 
de lejanos cantares o tumultos, 
de alaridos, y lágrimas, y ruegos. 

El sol entre los árboles 
ha dejado su adiós más lastimero, 
triste como la última mirada 
de una virgen que fuere sonriendo. 

Cuelgan, entre los árboles del bosque, 

largos crespones negros; 
cuelgan, entre los árboles, las sombras, 
que, como aves informes, van cayendo. 

Cuelgan, entre los árboles del bosque, 

tules amarillentos; 
cuelgan, entre los árboles, los últimos 
lampos de luz, como sudarios trémulos. 

La luz y las tinieblas, en los aires, 

batallan un momento; 
extraña y negra forma cobra el bosque . . , 
La noche sin aurora está en su seno. 



1197] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Y, cual se oyen gotear, tras de la lluvia, 
después que cesa el viento, . 

las empapadas ramas de los árboles, 
o los mojados techos, 

brotan del bosque, en que el callado grupo 
está en la densa obscuridad envuelto, 
ya un metálico golpe en la armadura 
del capitán o de un arcabucero, 

ya un sollozo de Blanca, aun abrazada 
de Tabaré con el inmóvil cuerpo, 
o una palabra, trémula y solemne, 
de la oración del monje por los muertos. 



FIN DEL POEMA 



1198] 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



Índice alfabético de algunas voces indígenas 
empleadas en el texto 



AHUÉ. — Árbol indig na. Reyes, en su Geografía 
de la República, dice de él lo sigMiente' "En los sotos e 
isletas desprendidos de los ríos al N. del territorio, se en- 
cuentra un hermoso árbol, frondoso y de alto porte, ma- 
dera blanca y fuerte como el guayabo, cuva maléfica som- 
bra rechaza toda vegetación en sus concornos, y que daña 
instantáneamente al que, por ignorar sus propiedades, se 
cobija en ella, causando un sopor y aniquilamiento que 
generalmente acarrea fatales consecuencias Creemos, por la 
tradición que hemos oído, que los indios le llamaban ahué 
o árbol malo, 

BIGUÁ f/GRACULUS CARBo?). — Ave palmípeda, 
de la subfamilia de los Gtaculidos Es negra, de largas 
alas, y se encuentra muy comúnmente en los ríos, a cuyas 
orillas se agrupa en bandadas Acaso ti^ne analogías con 
el Cormorán: no he encontrado con perfecta exactitud su 
clasificación científica, 

CAICOBÉ ( SENSITIVA). — La voz guaraní quiere 
decir planta que vtve. Es conocida la propiedad que tienen 
sus hojas de plegarse, como movidas de un resorte, al más 
mínimo contacto exterior. 

CAMALOTE (EschokNIA sPeciosa). — Planta 
acuática que se ve comúnmente en las orillas de los ríos, 
arroyos y lagunas sus hojas frescas, grandes v brillantes, 
flotan en la superficie de las aguas, y sus flores son blan- 
cas o moradas. Constituye el verdadero marco de casi 
todos nuestros arroyos, lagunas y ríos. Tomo de la obra 
del doctor don Alejandro Magariños Cervantes, Palmas y 
Ombúes, lo siguiente, que él a su vez transcribe de una 



[201} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



publicación periódica y de un artículo suscrito por un 
tslcño: "'Circunscribiéndome a la planta acuática, dice, pues 
hay otras muchas de diferentes formas, pero de iguales 
condiciones de vegetación, diré del pontederia, vulgo cama- 
fof que se sostiene a flote en virtud de ser los tallos de 
sus hoias en forma de vejiga periforme hueca, y posee 
raices capilares negras por las que extrae del agua las 
substancias de que se alimenta 

"El camalote es, por lo tanto, planta enteramente 
acuática, v necesita bastante agua para su desarrollo, el 
cual no puede tener lugar ^en la orilla que las bajantes 
dejan al descubierto v donde se marchita y muere pronto. 

"En los innumerables recodos de los ríos, donde el 
agua es profunda v tranquila, se desarrolla el camalote 
con profusión,, y forma una masa enrodada de raíces que 
hacen difícil cortarlo para dar paso a las embarcaciones, 
porque el enredo está debajo del agua v no en la superficie 

"En ésta, las plantas se aprietan tanto, por efecto de 
la multiplicación infinita en espacio limitado, que sobre 
sus tallos - boyas contiguos» recoge v sostiene a flote la 
tierra que depositan las tormentas de las Pampas Sobre 
ésta nacen otras diversas plantas, v pronto se forma una 
isla flotante que basta a sostener el peso de venados, tigres 
V otros animales Algunos fugitivos de nuestras luchas ci- 
viles lograron escapar de sus verdugos, navegando río 
abajo sobre esas islas vegetales flotantes. 

"Cuando el río sube y extiende su caudal de agua 
cubriendo las orillas inmediatas al camalote, éste se encuen- 
tra libre del obstáculo que oponen a su marcha las confi- 
guraciones de la costa, v por poco que el viento lo empuje 
hacia el hilo de la corriente, emprende su camino triunfal 
aguas abajo, hasta perderse desmembrándose poco a poco 
en alta mar Los he vistq fuera de sonda al enfrentar el 
Río de la Plata" 

CAMOATÍ — Nombre indígena de los grandes pa- 
nales de miel que construyen con barro entre las ramas 
de los árboles las abejas o avispas silvestres 



(202} 



TABARÉ 



CANELÓN {Myrsine SP.) — Árbol de hoja car- 
nosa de un verde obscuro y que crece muy comúnmente 
entre las piedras y en las riberas de los arroyos y ríos de 
la República O. del Uruguay. 

CARANCHO (PoLLYBORUS VULGARIS). — Ave del 
orden de las Rapaces d turnas, familia de los Falcontdeos, 
acaso la mas común y la más rapaz entre las de su especie 
que existen en la República Es de un color gris obscuro 
y se posa muy comúnmente en el suelo. Los indios le 
llamaban también caracará, sin duda por la analogía foné- 
tica de esa voz con el desapacible graznido del ave. 

CARPINCHO (Hidroquero CAPIBARA). — Ani- 
mal mamífero del orden de los Roedores, familia de los 
Cávtdos Para la descripción de este animal, el mayor y 
más notable que se conoce en el orden de los roedores, 
dejo la palabra a Azara, que fue el primero que lo hizo 
conocer a la ciencia* 'Tos guaraníes, dice, le llaman ca- 
pugua, de donde le vune el nombre español de capibara; 
los indios le designan con el nombre de lakay si es peque- 
ño, y de otschagú si es grande. Habita el Paraguay hasta 
el Río de la Plata, y sobre todo a las orillas de los ríos, 
lagos y corrientes, pero sin alejarse más de cien pasos de 
ellas. Cuando se le asusta, lanza un sonido fuerte y so- 
noro, que podría traducirse por ¡api y no asoma más que 
la nariz. Si el peligro es grande o tiene el animal alguna 
herida, se sumerge y nada muy grandes trechos debajo 
del agua . . . Largos ratos se sienta sobre sus patas poste- 
riores sin moverse . . . Los pequeños siguen a su madre; 
son muy fáciles de domesticar, se les puede dejar libres; 
salen y vuelven; acuden cuando se les llama y se alegran 
cuando se les acariáut". 

El carpincho sale del agua a pacer generalmente al 
caer la tarde; suele andar en manadas, corre y da grandes 
saltos al lanzarse al agua con estrépito dando el fuerte 
grito a que se refiere Azara, 



{203} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



CEIBO o CEIBA (Erithira crista galli). — Ar- 
busto o árbol que, a las veces, alcanza una altura de ocho 
metros; su madera es liviana, porosa y acuosa; sus hermo- 
sísimas flores son de un color rojo muy vivo. 

CIPÓ, — Enredadera muy resistente, con cuyo tejido 
fibroso pueden hacerse cuerdas de tanta consistencia como 
las de cáñamo. 

CURUPl (Sapium AUCAPARIUM). — Árbol me- 
diano, tiene una savia blanca, lechosa y muy venenosa; 
con el extracto de sus hojas se ha sustituido el acónito. 
Los indios del Gran Chaco envenenan todavía con aquella 
savia la punta de sus flechas. 

CHAJÁ <Catjno chavaría). — Ave zancuda, de 
la familia de los Caunos Su nombre en guaraní <yajá)> 
remedo de su graznido, quiere decir /Vamos/ Es de color 
ceniciento y tiene las patas encarnadas. Las articulaciones 
de las alas tienen dos púas o espuelas aceradas cada una; 
la del ala derecha es mayor y más fuerte Es ave de bas- 
tante corpulencia, llega hasta medir más de un metro de 
vuelo. Es muy común en las lagunas, ríos y bañados. 

CHINGOLO (Zonotrichia AUSTRALIS). — Ave 
del orden de los Pásennos o pájaros cantores. He hallado 
al chtngolo clasificado con este mismo nombre en la gran 
obra de Brehm, La Creación; lo manifiesto, porque muy 
comúnmente la fauna sudamericana brilla por su ausencia 
en las obras de historia natural. Así d scribe Audubón, 
transcrito por Brehm, las costumbres del chingólo: "De 
repente se ven todos los cercos y jarales cubiertos de 
aquellos preciosos pájaros; aparecen en bandadas de 30 a 
50, saltan a tierra para buscar su alimento; pero a la 
menor alarma se refugian todos en el más espeso mato- 
rral. Un momento después aparece un pájaro en las altas 
ramas, síguenle un segundo y un tercero, y entonces da 
principio a un agradable concierto. Su vo2 es de una 



C204} 



TABARÉ 



dulzura tan agradable que a veces me extasiaba oyéndolos. 
Por la mañana, sin embargo, lanzan gritos estridentes que 
podrían traducirse por ttoit". 

Ese es, efectivamente, nuestro conocido y pequeño 
chingólo, cuyo canto dulce consta generalmente de cinco 
notas y que, durante las siestas, se oye diseminado en los 
cardales o en los pequeños arbustos. 

GUAYABO (Eugenia cisplatensis). — Árbol 
de mediana estatura, originario del Brasil meridional, Uru- 
guay y República Argentina. Su fruto es comestible y su 
madera oscura. 

GUABIYÜ — Árbol de la familia de las Mirtáceas, 
de hoja carnosa y verdinegra, y de fruto dulce y agradable. 

GUAYACÁN (POLIERIA HYGROMÉTRICA). — Ar- 
busto pequeño, de madera muy dura y resistente y flores 
copiosas y muy blancas, 

HUM. — Nombre que los charrúas daban al Río 
Negro. (V. URUGUAY). — Hu, que se pronuncia con un 
sonido nasal, quiere decir negro, en guaraní. 

JAGUARETÉ. — Compuesto de las voces guaraní- 
ticas ¿agua (perro), reté (cuerpo), quiere, pues, decir, 
cuerpo de perro. Es el tigre americano; según Humboldt, 
es de las mismas dimensiones y fiere2a que el tigre real. 
Su altura hasta la cru2 llegará a 0,80 metros y a 1,45 
desde el hocico hasta la raíz de la cola, que mide 0,68 
metros. Es el más grande y el más fuerte del orden de los 
Félidos, grupo de los Leopardos, y el más temible del 
nuevo continente. El pelaje en la mayoría de los individuos 
es de un amarillo rojizo, si bien predomina el blanco en 
el interior de las orejas, las mandíbulas, la garganta, la 
parte inferior del cuerpo y la interior de las piernas Todo 
su enorme cuerpo está cubierto de manchas, unas veces pe- 
queñas, negras y circulares, y otras grandes en forma de 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



anillos ribeteados de rojo y negro. Muv abundante en 
tiempo de la conquista, hoy el -jaguareté está en vías de 
completa extinción en nuestro país. 

LEOPARDO — (V. JAGUARETÉ). 

MBURUCUYÁ (PASIFLORA CCERULEA ) . — Enreda^ 
dera conocida también con los nombres de pasionaria, pa- 
siflora o flor de la pasión, el pueblo ha hallado en sus 
hermosas flores representados los atributos de la pasión 
del Salvador. Su fruto es comestible, amarillo exteriormente 
y rojo en el interior. 

MACACHÍ ÍÜXALIS ARTICULATA Y LOBATA). — 
Planta de las Tuberáceas. Sus rizomas son comestibles y 
de un gusto dulce 

MAMANGÁ. — ■ (Se le suele decir mangangá; la 
e-timología guaranítica exige, sin embargo, la voz que yo 
he adoptado y que es la que se emplea en el Paraguay 
y Corrientes, donde aún se habla el guaraní ) . Nombre 
indígena de los abejorros, insectos "de la familia de los 
Himenóptcros Tipos gruñones, los llama Landois "Po- 
sados perezosamente en las flores, dice un autor citado 
por Brehm, siempre están zumbando, y parece que no se 
ocupan de otra cosa". La especie más común es negra con 
algunos segmentos del abdomen blancos, hay otras en que 
el escudete v los primeros segmentos del abdomen son 
amarillos y rojos, v también todos amarillos Todas o casi 
todas las variedades de este insecto existen en la República 
Oriental del Uruguay La expresiva voz guaranítica ma- 
man gá significa algo como cosa que zumba dando vueltas; 
describe el insecto. 

MOLLE ÍMOYA ESPINOSA) — Árbol indígena de 
mediana estatura, crece tortuoso, v sus ramas son espino- 
sas, su fruto es comestible, aunque algo resinoso, cualidad 
muy común en los frutos de la flora indígena. 



[206J 



TABARÉ 



MIRASOL. — Ave d?I ordtn de las Zancudas, fami- 
lia de las Pluviales. Tiene analogías con el Pluvial dorado 
y el vanado Es de un color verde o almendra con orlas 
negras, y las largas patas negras; o bien verde claro, con 
las patas amarillas. El pico es largo y sumamente agudo. 
Habita los pantanos 

NUTRIA (Myopotamus coypus). — Es un ani- 
mal del orden de los Roedoras, especie de rata de agua, 
que hace su cueva a orillas de los ríos y arroyos y al pie 
de los barrancos Se le ve, sobre todo al caer la tarde o de 
noche, nadar en las corrientes o correr por las márgenes 
de los arroyos y ríos. 

ÑACURUTÚ (Buho virginianus) — La voz gua- 
ranítica quiere decir* pbado, encogido; algo como actitud 
recelosa q de acecho. Ave de rapiña nocturna, de la fami- 
lia de los Estrígtdot, subfamilia de los Oíidos, correspon- 
diente acaso al gran duque de Europa Se distingue por 
los mechones de plumas en forma de cuernos sobrepuestos 
a las orejas. Los ojos grandes, aplanados, movibles y de un 
color amarillo vivísimo, aumentan en el ñacurutú ese ca- 
rácter fantástico de las aves nocturnas tan ocasionado a 
despertar las curiosas supersticiones del vulgo. 

ÑANDÚ . — Nombre guaran ítko del avestruz ame- 
ricano. 

ÑANDUBAY (Prosopis Algarrobilla Prosopis 
ÑANDUBEY). — Árbol indígena de grandes dimensiones; 
su fruto es agrio y contiene tanino, su madera es de cons- 
trucción, sólida, dura y muy pesada, se usa muy comunmente 
para postes de cercos y como combustible. 

OMBÚ (Pircunia dioica) — Llamado en España 
Belombra. Árbol originario de América (aunque existen 
opiniones en contra), frondoso y elevado Alcan2a una 
altura de 16 a 18 metros, descuella, por consiguiente, 



[207} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



sobre los otros árboles, aunque de ordinario crece aislado 
en el territorio uruguayo, y busca siempre las alturas. Es 
el árbol de nuestras ruinas y de nuestras soledades. Aún 
hoy, cuando éstas desaparecen, el pueblo mide las distan- 
cias y designa los parajes por medio de referencias a an- 
tiguos y conocidos ombúes. 

PAJA BRAVA (COL^OT^ENIA GINERIO ID ES ) — 
Grama que se cría a orillas de los arroyos y ríos, su hoja 
es larga, muy brillante y dentada; en el centro de éstas se 
levanta una caña, en cuya extremidad se forma un pena- 
cho blanco. Se usa para techos de ranchos o pequeñas 
casas de campo y también como adorno de los salones. 

PARANÁ GUAZÚ. — (V URUGUAY ) . 

QUEBRACHO (Quebrachia Lorentzii, Loxop- 
TERYGIUM LORENTZII ) . — Árbol de 10 a 15 metros de 
altura y de un metro de diámetro en el tronco; su madera 
es obscura, pesada y durísima, los indios construían con 
ella sus armas; hov se emplea en construcciones fuertes, 
como durmientes de ferrocarril, masas de rodados, enma- 
derados de casas, tablazón de buques, etc. 

SARANDL — En guaraní quiere decir lugar donde 
hay mucha maleza. Sarán, maleza; di, sitio donde hay mu- 
cho. (Blanco, colorado y negro. Phyllanthus Seloivianus, 
Cephabanthus Sarandi). Arbusto común en las riberas 
Crece en la misma orilla de las corrientes, de modo que 
las aguas bañan de ordinario los troncos. 

TABARÉ. — El nombre de Tabaré se encuentra en 
el Vtaie al Rto de la Plata y Paraguay, de Ulderico Schmí- 
del, aventurero alemán que acompañó al bravo y honesto 
Alvar Núñez en su memorable expedición al Paraguay. 

También Rui Díaz de Guzmán, en su Historia Ar- 
gentina, nos da a conocer ese nombre, aunque en distinca 
acepción que SchmideL 



[208] 



TABARÉ 



Éste dos presenta a un cacique, Tabaré, que hizo sudar 
el hopo, como decía Cervantes, a los bizarros expediciona- 
rios de Alvar Núñez, en las inmediaciones de la Asunción, 
que los indios llamaban Lambaré. 

No es ese, sin embargo, el protagonista de mi poema. 

¿Cuál es, entonces? 

Otro; y para explicaciones basta y sobra con lo dicho. 

Quede sólo sentado que Tabaré es el nombre de un 
cacique que un día existió, y que la voz Tabaré es genuina 
y muy característica de la lengua tupí, Lo cual, unido al 
sonido eufónico de esa voz, me indujo a adoptarla para 
designar con ella a mí protagonista; y, por fin, que la 
palabra Tabaré está compuesta de las voces Taba, pueblo o 
caserío, y ré, después; es decir, el que vive solo, lejos O 
retirado de] pueblo. (Acotaciones de Angelis a k Historia 
de Rui Ríaz). 

; Ojalá que mi Tabaré, olvidado por los historiadores, 
porque no lo vieron, o no quisieron, o no pudieron verlo, 
resulte, sin embargo, más histórico que el Tabaré de Sch- 
midel o de Rui Díaz! 

Mucho pedir es eso; sin embargo, lo diré sin vana 
pretensión: no creo que los cronistas de la conquisa (in- 
cluso el bueno del arcediano Centenera, que tantas cosas 
archicuriosas vio por estos mundos con los ojos de la 
imaginación que dio vida a La Argentina), no creo, digo, 
que los cronistas hayan visto a aquellos indiotes estrafala- 
rios, que tanto que hacer dieron a los heroicos conquista- 
dores, con mayor intensidad que la con que yo he visto a 
mi imposible charrúa de ojos azules. 

Yo creo firmemente que las historias de los poetas 
son, a las veces, más historia que la de los historiadores. 
Los criterios se imponen, es cierto, a la humanidad; pero 
la inspiración se impone a ios criterios, y vaya lo uno por 
lo otra 

¿Qué sitio de k tierra en que pudiera haber nacido 
hubiera dado mayor longevidad al bueno de D. Alonso 

1209] 



9 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



Quijano que el cerebro de Cervantes, sitio privilegiado en 
que nació con su indigestión d^ libros de caballería 7 

¿Tiene, acaso, una vida más real en el criterio de la 
humanidad el rey D. Felipe que el loco de Don Quijote? 

Y puesto que, a pesar de mi aversión a prólogos y 
proemios y otras zarandajas, estoy cayendo, quieras que no, 
en ellos (puesto que no en otra cosa que en un prólogo 
a parte-post se está conviniendo esta nota), vayan algunas 
ideas que están en este momento retobando bajo los pun- 
tos de mi pluma. 

Alguien, cu va opinión me merece respeto, me decía, 
después de conocer el plan de mí poema: ¿Por qué no 
personificar la raza en una mujer? ¿No sería ello más 
fácil, más verosímil y más conducente al propósito fun- 
damental de la obra? 

Nó; debí personificarla en un hombre casi imposible, 
como pude haberla encarnado en una fiera no clasificada 
por los sabios, y que, a pesar de ser fiera, nos inspirara 
compasión, y hasta amor y ternura. 

¿No es hermosa la ternura humana puesta en un 
tigre agonizante? ¿No es posible? Y si se consigue des- 
pertarla, ¿no puede llegar a ser original? 

La fiera raza charrúa, aun para pedir una lágrima de 
compasión, debía presentarse encarnada en Tabaré, y no 
en Ltropeya, la virgen salvaje de nuestra leyenda indígena. 

Era imposible que, al asomarse el poeta al abismo en 
que duerme la estirpe indómita el sutño de la tierra; que, 
ai llamarla a gritos desde el borde lejano, le hubiese con* 
testado desde el fondo una voz de mujer. 

Eso hubiera sido acaso el idilio salvaje, la leyenda 
vestida de plumas de colores. Yo llamaba a la epopeya. 

Quien me ha respondido no lo sé. He escrito la res- 
puesta en estos versos. 

|La epopeya! oigo clamar al tratadista de retórica y 
poética, i La epopeya, con un salvaje obscuro por protago- 
nista, y con un caserío y una selva por teatro! ]La epopeya 
en verso asonantado, y sin octavas reales! 



[210] 



TABARÉ 



i Oh adoradores de las venerables tradiciones de forma! 
Yo, que venero al viejo padre Homero; yo, que no concibo 
el arte sin la belleza de la forma» no creo, sin embargo, 
que esté dogmáticamente establecida la forma de la be- 
lleta. 

Inoculad el espíritu épico en un organismo literario 
hermoso, y habréis realizado la epopeya. 

¿No existen epopeyas dramáticas > ¿No se ha llamado 
epopeya al Quijote, a La vida es sueño o a los 'cantos de 
Ossián? 

La epopeva no es una forma literaria: lo que la ca- 
racteriza es el asente que imprime movimiento e impone 
desenlace a la acción. 

¿Y lo maravilloso?, se me dice. Precisamente, lo ma- 
ravilloso en la epopeya es la desaparición de la voluntad 
humana como agente de la acción, a fin de que ésta sea 
movida por una fuerza superior. 

Y cuando la criatura desaparece, no hay término me- 
dio; tiene que aparecer el Creador. 

La encarnación de sus leyes misteriosas en los sucesos 
humanos se llama creación épica. 

Los antiguos hablaban del Hado. 

¿Por qué se habrá conservado la palabra sin sentido 
"fatalidad" en los diccionarios de las lenguas cristianas? 

No me incumbe indicar cómo están personificados 
estos principios en Tabaré; si él es acreedor a algo más que 
a k indiferencia, la crítica lo dirá. 

Baste con lo dicho, en cuanto al espíritu de la obra. 

En lo que se refiere a la forma, ¿será digna de ser 
tenida en cuenta por la crítica la labor que he condensado, 
no ya en la estructura de la estrofa, pero sí en la de la 
frase, que he procurado £ -ranear al estudio de la lengua 
tupí, procurando des^ntraña^^ --mar y el sentir del indio, 
de la índole del idioma, yutrs^lt^ el medio de hablar 
tupí en castellano? 

Sueño frío, cuerpo qu* fu*, tiempo d" los soles largos, 
luna de fuego, con su claro significado de muerte, cadáver, 



1211] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



verano, estrella, y cien otras que el mismo contexto indi* 
cará, son imágenes bellísimas indudablemente; pero ellas 
no son hijas sólo de la inspiración del poeta, sino de una 
investigación laboriosa de la etimología de las voces gua* 
raníticas con que el indio expresaba esas ideas. 

Mucho habría que decir sobre este punto; pero tam- 
poco me incumbe hacerlo: ahí está la obra. Lo que había 
de decir yo al respecto está o no en el poema; y, en cual- 
quiera de los dos casos, holgaría en esta nota. 

Por la misma razón creo fuera de sa2Ón toda obser- 
vación sobre fauna* flora, filología, costumbres charrúas • . . , 
etc. 

No soy yo quien debe decir si en estas páginas se 
respiran o no las auras de la patria uruguaya; si el poema 
es nacional; si sus árboles son nuestros árboles, sus ru- 
mores son nuestros rumores, sus alboradas y sus siestas 
y sus tardes, las tardes, siestas y alboradas de nuestra tierra 
incomparable; si el pájaro que canta, y la enredadera que 
trepa, y el río que corre, y la loma que despierta o se 
arropa en su neblina, y la estrella que tiembla en su lux, 
son o no nuestras lomas, y nuestras estrellas y nuestros 
cantos. 

]Oh, si lo fueran! 

Creo que he andado, al escribir esta obra, por sendas 
no holladas u holladas poco por plantas humanas. 

No me es dado, sin vana pretensión, aspirar al título 
de creador; me daré por bien servido si consigo el de 
explorador medianamente afortunado. 

TALA (CELTIS SHLLOWIANA). — Árbol acaso el 
más común y característico de los bosques uruguayos: al- 
canza una altura de 8 a 12 metros, y su tronco llega a 
tener hasta medio metro de diámetro, la madera es suma- 
mente fuerte y se usa hoy para postes, cabos de herra- 
mientas, etc, y como buen combustible. Sus frutitas son 
comestibles. 



(212} 



TABARÉ 



5 

TERU-TERO (Vanellus Cayenensis). — Ave del 
orden de las Zancudas, familia de los Hoplópteros. Acaso 
corresponde a la llamada ave fría de espolón. Está carac- 
terizado por un espolón o púa acerada que tiene en la 
articulación de las alas. El terutero es el centinela de los 
campos; a todas horas, sin excluir las de la noche, anuncia 
la más mínima novedad por medio del grito estridente que 
le ha dado nombre. 

URUCÜ (VlXEA ORELLANA). — Planta originaria 
de América. La masa pulposa que envuelve sus semillas 
es de un color encarnado-anaranjado, y tiene olor a vio- 
letas. Es sustancia tintórea que aun hoy emplean los indios 
matacos y chiriguanos para teñirse el cuerpo de un color 
anaranjado vivo. 

URUGUAY. — Grande y hermoso río que limita 
por su parte occidental la República Oriental del Uruguay, 
y en cuyas márgenes y las del Río de la Plata vivió la 
raza charrúa, así como las demás tribus cuyos nombres 
y costumbres figuran en el poema. 

Varias opiniones se han emitido sobre la etimología 
de la voz Uruguay. Quien afirma que quiere decir Cola 
de gallina; quién Rio de lo i caracoles (rivtkre des limacons 
d'eau), o de los moluscos (des ampullaires). 

Mis estudios en ese sentido, me hacen descomponer 
esa vo2 en esta forma uru — ua — t Vrú significa pá- 
jaro, y también un pájaro determinado, especie de ruiseñor 
que figura en el poema; ua significa cueva, antro, conca- 
vidad; i, que tiene en tupí un sonido nasal característico, 
significa, agua o río, según se use sola la voz o combinada 
con otras. 

Uruguay significa, por consiguiente, agua que brota 
de cueva donde hay pájaros, o Río de los pájaros. 

Corra esta opinión ea lo que pueda valer. 

El gran río nace en la falda occidental de la sierra 
general dei Brasil; desemboca en el Río de la Plata, des- 
pués de un curso de doscientas cincuenta leguas en que 



[213] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



recoge el tributo de innumerables afluentes. El mayor y 
más hermoso de todos ellos es el Rto Negro, llamado 
Hum por los charrúas» el cual atraviesa de este a oeste la 
República Oriental v recoge en su largo curso las aguas 
de más de la mitad del territorio, 

A alguna distancia de la desembocadura del Río Ne- 
gro hállase la del arroyo San Salvador, cuyas márgenes 
y las de aquél son el teatro de este poema. 

El río Uruguay en su desembocadura recoge la pro- 
digiosa cantidad de aguas de los ríos Paraná y Paraguay, 
o más bien dicho» todas ellas se juntan para formar una 
gran desembocadura llamada boca del guazú. Esta, conjun- 
tamente con el Plata, era llamada por los indios, Paraná- 
guazu/Qpz quiere decir río como mar {Para, mar» ana, 
adverbio comparativo; guazú, grande ) . 

El Uruguay tiene un curso de doscientas cincuenta 
leguas sin contar el Plata; traza grandes sinuosidades; for- 
ma innumerables islas, es hoy navegable hasta la barra del 
Ptratin, y, con muy poco esfuerzo, no tardaría en serlo 
hasta muy cerca de sus fuentes, que brotan del corazón 
de la America Meridional La circunstancia de correr de 
norte a sud y de atravesar, por consiguiente, distintas 
latitudes y climas, puede dar idea de la importancia del 
gran río que, con el P araná f forman el Eufrates y el Tigris 
americanos, incomparablemente más extensos y más ricos 
que los que hicieron nacer en sus márgenes a las Nínives 
y Babilonias de la antigua opulenta Mesopotamia, 

URUNDAY (Astronium juglaudifolium), — 
Árbol alto y frondoso de las selvas subtropicales donde llega 
a una altura mayor de veinte metros. En el territorio oriental 
del Uruguay donde existe no alcanza esas colosales pro- 
porciones; pero las adquiere muy considerables. Su madera 
es de construcción, muy buena, sumamente sólida y resi- 
nosa; une a su solidez cierta elasticidad, circunstancia que 
hace muy verosímil el supuesto según el cual los mdios 
construían sus arcos de las ramas de este árbol con pre- 
ferencia. 



[214] 



TABARÉ 



YACARÉ, — Reptil del orden de los cocodrilos, 
familia de los Caimanes, En la obra de Brehm, La Creactón, 
le veo con el nombre de chacaré, probablemente por adul- 
teración o arreglo oficioso de la voz tupí yacaré o más 
bien porque el que tradujo al castellano del alemán la 
citada obra era poco versado en achaques guaraní ticos. 
Baste, pues, saber que el yacaré de los guaraníes es el rep- 
til llamado caimán. 



C215] 



APÉNDICE 



EL LIBRETO DE "TABARÉ' 



I 

Cuando llegó a mis manos la carta de Tomás 
Bretón, el insigne músico español que escribió Garín 
y La Dolores, leía yo la página en que Anatole Eran- 
ce nos dice lo siguiente: "No temamos demasiado 
prestar a los artistas de otros tiempos un ideal que 
ellos no tuvieron jamás. No es posible admirar, sin 
un poco de ilusión; y comprender una obra maestra 
es crearla en sí mismo de nuevo . . * Cada nueva ge- 
neración de hombres busca una emoción nueva, ante 
las obras de los viejos creadores". 

El maestro Bretón me hacía saber por su carta, 
fechada en Buenos Aires, que, de muchos años atrás, 
abrigaba el propósito de escribir una ópera, interpre- 
tación musical de mi poema Tabaré; el propósito se 
había convertido para él en obsesión; la música de 
su obra era "un perpetuo ensueño de su oído"; había 
venido a América, a la tierra de Tabaré, con el ob- 
jeto principal de ver si se oía esa música en la na- 
turaleza y en el espíritu popular. En resumen: me 
pedía autorización, y también concurso intelectual, 
para llevar a ejecución su pensamiento. 

Yo le contesté inmediatamente que sí, que era 
suyo todo el caudal de sonidos que pudiera hallarse 



1219) 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



en Tabaré, y que yo, por mí parte, no dudaba de que, 
en esos versos debe de haber algo que suena armo- 
niosamente, pese a los versos. 

Ai manifestar esto último, recordaba yo que el 
mismo Anatole France, cuya página leía, me había 
dado el placer de oírle decir a mis compatriotas, en 
conferencia pública: "Tenéis una epopeya nacional, 
que ha sido traducida en todas las lenguas: el poema 
Tabaré, que data, según creo, de veinte años atrás. 
Ha sido vertido al francés, y he podido entrever su 
invencible encanto. Juan Zorrilla de San Martín es 
hoy, para la América del Sud, lo que Longfellow 
para la del Norte: la voz, la grande voz del río y 
de la llanura. Su obra fue, según la bella expresión 
del mismo poeta, 'amasada con el limo de vuestra 
tierra virgen y hermosa**. 

Si hay en esta transcripción algún pecado de 
vanidad o vanagloria, como lo está diciendo, con ra- 
zón acaso, el que esto lee, sírvame de atenuante, ade- 
más de nuestra común humana flaqueza, lo muy a 
propósito con que hago la reproducción, como se ve- 
rá. No es esto decir que tenga empacho, por otra 
parte, en confesar que no me siento con fuerzas para 
desdeñar el aplauso de mis semejantes; confieso que 
la esperanza de haber realizado algo bello se vigoriza 
en mí tanto más, cuantos más hombres dicen que 
han tenido sensación de belleza en lo que yo he 
hecho. Y esa esperanza no debe sernos vituperada a 
los que la tenemos como único estimulo, de tejas 
abajo; y mucho más si se considera que, ese anhelo 
de vivir en el alma de los demás hombres, es el ma- 
yor homenaje que al hombre tributamos. 

i La grande voz del río y de la llanura! También 
este Anatole France ha oído música, pues, voz de la 



1220] 



TABARÉ 



naturaleza, más o menos lejana, en mi poema. Pues 
bien: yo declaro haberla percibido cuando lo escribí; 
también yo sentí, con mayor o menor intensidad o 
vaguedad, aquello que decía Schiller en su carta a 
Goethe, cuando le describía el proceso anímico de 
su inspiración: "Primero invade mi espíritu una es- 
pecie de disposición musical; la idea concreta viene 
después". 

Esa disposición musical, o lejana armonía, no es 
otra cosa que el despertar, en la memoria, de las ideas 
pasadas o sensaciones dormidas. Éstas se buscan mu- 
tuamente, como los insectos de élitros sonoros, para 
fecundarse; resuena nuestro cerebro como una caja 
armónica fuertemente sacudida; nuestro corazón se 
paraliza un momento, como si recibiera un golpe, y 
reemprende en seguida, con mayor rapidez, su movi- 
miento rítmico. 

Eso es, sin duda, lo que se llama el adveni- 
miento del Numen. Las Musas de los griegos eran 
hijas de la Memoria. 

Lo que viene después, la idea concreta de que 
habla Schiller, no es otra cosa que la intervención 
de la conciencia, que, en compañía de la razón, elige 
las imágenes salidas de las células cerebrales, las 
ordena, las ilumina, y las hace servir de transmisoras 
de emoción entre un alma y otra. 

Acaso es esa la diferencia fundamental entre la 
ciencia y el arte: en la primera no vibra o vibra poco 
el corazón; en la segunda éste domina; pero son un 
acorde. Varias facultades no son diversas almas; la 
verdad vibrante conmueve el corazón del sabio. Y 
dice Novalis que, siendo, como es, la poesía lo real 
absoluto, una cosa será tanto más real cuanto más 
poética. Ese es el núcleo de toda mi filosofía, dice. 



[221] 



JUAN ZORRILLA DB SAN MARTÍN 



Hay música, pues, allí donde existe inspiración, 
incorporación del espíritu humano a la eterna armo- 
nía en que se confunden lo verdadero, lo bueno y lo 
bello. 

Conocidas son las preciosas páginas de Carlyle 
sobre Dante, en que habla de eso, de la sustancia 
musical de que está formado el pensamiento rítmico. 

"Si vuestra composición, dice, es auténticamente 
musical, no solamente en la palabra sino en el co- 
razón y en la sustancia, en los pensamientos y articu- 
laciones, en toda la concepción, entonces será poé- 
tica; mas nó de otra manera. ¡Musical! ¡Cuánto se 
encierra en esta palabra! Un pensamiento musical es 
el que ha penetrado hasta lo más íntimo del corazón 
de las cosas, y puesto al descubierto lo más recóndito 
de sus misterios" . . . 

"Todos los viejos poemas, el de Homero como 
todos los demás, son auténticamente cantos . . . Sólo 
cuando el corazón del hombre es transportado a las 
regiones de la melodía, y el acento mismo de su voz 
llega a convertirse, por la grandeza, profundidad y 
música del pensamiento, en notas musicales, sólo en- 
tonces podemos llamarle poeta" 

II 

Convengamos, pues, en que puede existir algo 
de eso en Tabaré^ si es que éste es un poema real. 
Pero no basta con eso, o mucho me equivoco, para 
que la elección de Bretón merezca ser alentada, sin 
estar un poco sobre aviso. Bien es verdad que mi 
compatriota Alfonso Brocqua, que es un noble ar- 
tista, ha oído esa intrínseca palpitación de vida mu* 



{222} 



TABARÉ 



sical americana en Tabaré, y la ha inoculado en ins- 
piradísima partitura que me encanta; pero el músico 
uruguayo ha hecho con mis versos lo que Schumann, 
pongo por caso, con los de Heine, su compatriota 
alemán: ha traducido en música los versos mismos. 

Y lo que Bretón va a hacer es otra cosa. La 
ópera, género a mi parecer menos intenso que el 
otro, por lo más extenso, no es sólo deleite difuso 
del oído; lo es al par concreto de los ojos y de la 
atención. No basta, para que haya ópera, que se oiga 
música; es preciso ofrecer espectáculo, color, perso- 
najes visibles, fábula interesante, acción dramática. 

¿La hay suficiente en Tabaré? Ese fue el pro- 
blema que yo sometí a la consideración de Bretón 
al contestar su carta, y el que me propuse a mí mis- 
mo: el libreto, el cuadro y desarrollo escénicos de la 
ópera Tabaré; no tanto los versos, por más que siem- 
pre hubiera querido que fueran los míos, ingenuos 
y todo, como son. 

Y eso fue lo que hizo que me encontrara en mi 
poema con personas sonoras, tan nuevas para mí, que 
parecía que mis estrofas habían retoñado con el tiem- 
po; me hallé con cosas puestas allí por otro que no 
era yo propiamente; que se habían puesto a sí mis- 
mas. Y recordé aquello de la predisposición musical, 
generadora de ideas, de que habla Schiller, y lo del 
crítico francés, que nos aconseja no temamos atribuir 
a los artistas un ideal que ellos mismos no tuvieron. 
Y también la frase de Platón: M Los poetas dicen co- 
sas grandes y sabias que no entienden". 



[223] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



III 

La fábula de mi poema, como concebida que 
fue a los veinte años, es infantil; tan infantil como 
su versificación, llena de candores e ingenuidades, 
que hoy no escribiría, por cierto, pero que me pare- 
cen en extremo amables y dignos de indulgencia, 
como si lo fueran de un niño que vivió conmigo, y 
a quien yo quise con predilección. 

Los cinco personajes del quinteto clásico, el te- 
nor, la soprano, etc., etc., se distinguen perfectamen- 
te, me parece, en aquella fábula. Se escuchan también 
en ella los dúos de amor, que son de orden, según 
se ve, por ahora; los concertantes polífonos; los can- 
tos guerreros o crepusculares; los coros de soldados 
y de salvajes, y lo demás. Pero, ¿qué se puede hacer 
con todo eso, que no sea muy vulgar? 

Como pensara en ello, se me aparecieron, re- 
clamando su puesto en el cuadro escénico, los otros 
personajes de Tabaré: los productores de la interna 
melodía que precede a la idea concreta, verdaderos 
cantantes; la voz del río y de la llanura, que dice 
France; la idea que los artistas no tuvieron, pero que 
debemos atribuirles, si hemos de comprenderlos como 
es debido. Esos personajes, que no son de carne y 
hueso, figuran en el poema, sin embargo, y deben 
encontrarse en el libreto. 

Estarán en la ópera, se me dice; sonarán todos 
ellos; pero para eso está la orquesta, con sus riquezas 
de instrumentación, cuerda, metal, madera; hasta rui- 
dos, si se quiere. 

Pues bien: he ahí el problema. Yo creo que nó; 
que no ha de ser en la orquesta, sino en la escena 



(224) 



TABARÉ 



misma, donde esos personajes, el árbol, el grillo, el 
camalote, el lirio, la hoja seca, deben hablar. Con- 
viene, y es preciso para explicar eso, que conozcamos 
algo de la generación o genealogía literaria de Tabaré, 



IV 

Bien recuerdo las influencias que obraban en 
mi espíritu cuando escribía mi agradecido poema. 
Nada me ha causado mayor alegría que el verlas 
descubiertas por la critica magnánima; es esa una 
satisfacción parecida a la que uno experimenta cuan- 
do oye decir que se parece a su padre. Es grato, dígase 
lo que se quiera, ser hijo de algo, de padre conocido, 
de vieja y notoria estirpe. Maurice Barrés, que es a 
quien debe Tabaré el mayor elogio recibido, vio en 
él la estirpe de Dante, Vallure du Dante, dice; Juan 
Valera fue quien advirtió muy bien la influencia del 
barón Munch-Belinghansen, el poeta austríaco que 
escribía con el pseudónimo de Federico Halm; otros 
han creído descubrir otros parentescos. Y para que 
mi pequeña obra no carezca de lo que tienen las 
grandes, no le ha faltado un buen crítico denigrante, 
que se ha dado un trabajo penoso, digno del de Ave- 
llaneda, el matador literario del manco Cervantes, 
para demostrar que todas esas influencias no son otra 
cosa que plagios de tomo y lomo. 

Dice Plutarco: "Se debe ir a buscar la luz al 
hogar ajeno; pero no demorarse mucho en él, sino 
encender lo más pronto posible la propia antorcha". 

Todo es asunto de ver si yo me he demorado 
más de lo regular en las casas ajenas, cuyas puertas 
están abiertas de par en par para todo el mundo. 



{225J 



JUAN ZORRILLA DB SAN MARTÍN 



No son difíciles de percibir, por cierto, las luces 
que me alumbraban, al escribir Tabaré; las de Dante 
se distinguen, claras como un día de sol; las remi- 
niscencias de Shakespeare parecen escritas en mis 
versos con tinta roja o azul; bien fáciles de tocar 
con la mano son las influencias de Homero y Esqui- 
lo, que yo deletreaba con pasión, o adivinaba en tra- 
ducciones deplorables; nada digamos de las de los 
clásicos castellanos, las de Cervantes sobre todo, que 
yo me sabía de memoria. ¿Y quién, que tenga ojos, 
deja de ver, como las vio Valera, no sólo las de mi 
Gustavo Bécquer, geniecillo amable y querido, des- 
pertador de mi adolescencia poética, sino también las 
fortísimas de Goethe y Schiller y Ossian, que hacían 
resonar mi recién nacido corazón, como un escudo, 
con los golpes de sus verbos inauditos, y comenzaban 
a extirpar, en mi vocabulario, los adjetivos afónicos 
de la retórica? ¡Vaya usted a saber las flores de que 
la abeja forma, en su laboratorio, la miel de su vida! 

Entre esas voces que me llamaron, hay una, la 
de Dante, que es la que ahora me viene a cuento, 
porque nos aclara el concepto que dejé pendiente so- 
bre quién ha de hablar en el libreto. Me encuentro 
con un canto de Tabaré, el primero del último libro, 
que está sugerido, todo él, por algunos tercetos de 
la Divina Comedia: por aquellos tan conocidos del 
canto XIII del Infierno, en que el poeta, conducido 
por Virgilio, se encuentra con los condenados por 
suicidas. Están allí convertidos en árboles nudosos, 
de ramas y troncos epilépticos, en los que se posan 
las repugnantes arpías, de mirada humana. Se oyen 
voces y quejidos; pero no se ve a nadie. El Grande 
italiano, a indicación del latino, su maestro y guía, 



[2263 



TABARÉ 



rompe una rama del que cree árbol insensible, y sale 
sangre, y el árbol grita: ¿Por qué me lastimas? ¿No 
tienes instinto alguno de piedad? 

. . .Perché mi scerpi? 

¿Non hai tu spirto di pietá alcuno? 

Y volvamos, con esa impresión despertadora, al 
libreto de Tabaré. Véase si hay en el poema, que sí 
debe de haberlos, algunos de esos árboles dantescos, 
cuerpos vivos arraigados en mi tierra, que sangran, 
que gritan y se quejan, e increpan al que pasa. Si los 
hay, como es posible, esos seres atormentados, mag- 
níficos barítonos, tenores agudos, bajos profundísi- 
mos, deben verse, no sólo oirse, en el cuadro escénico 
de la ópera; debe vérseles hablar con Tabaré, como 
deben verse los lagartos o iguanas, y los ñacurntús o 
lechuzas enormes, con cuernos de plumas y ojos ama- 
rillos como monedas enrojecidas, y humano espíritu; 
y los grillos y las lagartijas; y también las cosas acu- 
rrucadas detrás de los troncos, que espían al indio 
fugitivo, y siguen tras él después que pasa de largo; 
y las hojas caminantes, secas o verdes, secas sobre 
todo, que lo miran y lo interrogan; y las sombras 
llenas de luz de luna, que se ven con toda precisión, 
como pueden verse los ojos de la cabeza que forma 
el sauce llorón que se mira en el arroyo. Yo vi todo 
eso. No sé si lo dije; probablemente nó. Hay tam- 
bién remeros extraños que tripulan el camalote o isla 
flotante, arrastrada por la corriente; y fuegos fatuos 
intencionados como mariposas; y otras muchas cria- 
turas llenas de sonoridades, que sería largo de contar. 

Todos esos personajes lo son del drama; lo son 
tanto o más que Don Gonzalo y que Blanca, y tanto 



{227} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



como el mismo Tabaré, su interlocutor; debe vérse- 
les, no sólo oírseles, si se quiere transformar el poema 
en comedia divina. Si bien se observa, el arte, en 
todas sus manifestaciones, no es otra cosa que una 
condensación, una personificación, mejor dicho; atri- 
buye a las cosas, al Universo, las cualidades de las 
personas; da a éstas la facultad de convertirse en cosas 
sonoras. No puede menos de ser así, desde que el 
arte es expresión. El hombre mismo, la mujer, tras- 
ladados de la naturaleza al arte, son sólo dignos, "la 
victoria más bella de la naturaleza explicándose a sí 
misma", dice Emerson. 

El que indico es, pues, el único camino por 
donde podría llegarse, en mi concepto, a la interpre- 
tación musical de lo verdaderamente hondo, que no 
sé si existe en mi poema, pero que yo tuve la ilusión 
de inocular, sin darme cuenta, en su frágil organismo: 
la de un espíritu épico que ha querido hacerse visible 
en sus formas infantiles; la sustitución de una raza 
por otra en un continente predestinado, y la oblación 
compasiva de la raza vencedora, para aplacar los ma- 
nes de la vencida y muerta. 

O mucho me equivoco, o ese pensamiento es 
épico. Si no lo ha realizado el poeta, no hubiera he- 
cho poco con sugerirlo al que sabe de la otra lengua, 
de la en que cantan las esferas. 

VI 

Creo que me explico, más o menos vagamente, 
sobre lo que sería el libreto que yo hubiera conce- 
bido para una ópera que se llamara Tabaré: el libre- 
tista, como el traductor, y más que éste, tiene que ser 
el poeta del poeta. 



1228] 



TABARÉ 



El cómo y cuándo debieran aparecer y cantar 
los extraños personajes que denuncio, es harina de 
otro costal: asunto de maquinista escénico. 

Yo, por mi parte, recuerdo que, en Las Ranas 
de Aristófanes, las ranas cantan esta estupenda sin- 
fonía: "Somos amadas de las bellas musas que pul- 
san dulces arpas. Y de Pan, el de las patas de cabra, 
que se goza en que los juncos suenen la flauta. Nos 
ama «I dios excelso de la cítara, el padre Apolo, pues 
hacemos crecer, en el agua turbia de nuestras char- 
cas, la caña que es soporte de la lira. Cuando el sol 
fulgura, hallamos placer en saltar entre el junco y 
la pimpinela, y en nadar y cantar al mismo tiempo, 
Y cuando el padre Zeus manda la lluvia, hundidas 
en el fondo del esranque, confundimos nuestras vo- 
ces ágiles con las burbujas hervorosas/' 

Todas esas maravillas (no conozco nada más 
bello) pueden ser dichas por la orquesta, no hay que 
ponerlo en duda; pero es mejor lo sean por las ranas 
personalmente, artistas recomendables en todo sen- 
tido, muy finas de patas, y amables de voz y de ex- 
presión. 

Pero como todo eso no es fácil, antes lo juzgo 
dificilísimo para quien no esté al tanto de los recur- 
sos escénicos, no seré yo quien ponga mano en el 
libreto de Tabaré, así me lo pida el mismo Wagner 
redivivo, cuanto más un artista de carne y hueso. 
Con haberlo sugerido para este caso, y para otros 
análogos, yo he salido con mí intento, que no era 
otro, como se ha visto, que el de comentar la pá- 
gina de Anatole France que leía cuando recibí la 
carta de Bretón, el buen amigo y maestro. 



1229] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTÍN 



VII 

No puedo disimular el placer que me causa el 
pensar en que mi obra pueda seguir retoñando en 
emociones nuevas para nuevas generaciones; mi ale- 
gría se parece a la que debe experimentar el labra- 
dor, cuando, de noche, desde su cama, oye caer la 
lluvia sobre la tierra en que echó semillas; acaso la 
del muerto que> desde su eternidad, siente germinar, 
en el tiempo, la simiente de buenas inspiraciones 
que dejó en la vida. Porque, como dice France, cada 
nueva generación busca y encuentra una emoción 
nueva en las obras viejas; pero es sólo en las que 
tienen simiente viva de emoción, en las que fueron 
ingenuas y sinceras, así sean tan balbucientes como 
Tabaré. Esto explica la sugestión misteriosa de cier- 
tas palabras simpücísimas, vulgares muchas veces, 
que, como ráfagas de viento, sale de las pronuncia- 
das por los genios. Éstos nos describen las cosas con 
un adjetivo que parece incoloro; nos narran los su- 
cesos con verbos al parecer insípidos; nos conmueven 
con una tontería. Uno quiere hacer otro tanto, y no 
da en el clavo, fracasa* Es que uno no cree, como 
ellos, en sí mismo. 

Creer en nuestro propio pensamiento, dice Emer- 
son; juzgar que lo que es verdad para nosotros, en 
nuestro propio corazón, es verdad para todos los hom- 
bres, eso es genio. Repudiamos, sin embargo, dice 
después, con ligereza, nuestras ideas porque son nues- 
tras. En cada obra de genio reconocemos nuestros 
propios pensamientos desdeñados: vuelven a nosotros 
con cierta majestad prestada. 

En eso, pues, en el secreto que ciertas obras 
tienen dentro, de origen misterioso, se distinguen las 



{230) 



TABARÉ 



vivas de las muertas o de artificio; no en el verso, 
en la frase, en la estructura. Sólo las primeras nacen, 
crecen y se reproducen según su especie, que es lo 
que se llama vivir; las otras, las de artificio, duran 
lo que la moda, lo que el colorete en la cara de un 
difunto más o menos inmóvil; se las lleva el viento, 
secas o podridas, en cuanto pasa la estación. 

¿Cómo no había yo de decir a Bretón que su 
que hiciera, en buena hora, su ópera Tabaré, pues 
ello me permitía forjarme la ilusión de que mi obra, 
que ya puede considerarse vieja, acaso tiene vida den- 
tro, puesto que persiste y engendra seres de su es- 
pecie? 

No deseo otra cosa, y lo tengo a gran ventura. 
De aquí para delante de Dios, como dice Sancho, 
autorizo a los músicos presentes y futuros, a hacer 
salir de su jaula, cuya llave dejo aquí, todas las cria- 
turas melodiosas, pájaros y espíritus, que puedan 
estar encerradas en mis versos. Que salgan, y canten 
su himno al sol. Y que den gloria a Dios, y lleven 
a los hombres la paz y la alegría de las conciencias 
puras. 



Juan Zorrilla de San 



Martín. 



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